“VENDEDORA DE TAMALES JUSTICIERA” DE TEPITO: ROSA GARCÍA ENV3N3NÓ A MÁS DE 12 EXTORSIONADORES…

En el corazón de Tepito, donde las patrullas entran con miedo y los negocios cierran cuando cae el sol, una mujer de 47 años convirtió su puesto de tamales en la sentencia de muerte más silenciosa que el barrio Bravo haya conocido. Rosa García no disparó balas ni blandió cuchillos. Usó masa de maíz, salsa verde y una sustancia tan letal que bastaban 2 mg para detener un corazón.
Durante 5 meses, 12 hombres de la Unión Tepito cayeron uno tras otro y nadie sospechó que la venganza llegaba envuelta en hojas de maíz. Cuando las autoridades finalmente descubrieron la verdad, México entero se preguntó lo mismo. ¿Era una asesina serial o la única justicia que Tepito conocería jamás? Rosa María García Méndez llegó a la Ciudad de México con 19 años.
una maleta de cartón y la receta de tamales de su abuela oaxaqueña guardada en la memoria. Eso fue en 1992, cuando Tepito todavía permitía que la gente honesta se ganara la vida sin pagar tributo a nadie. Tres décadas después, esa misma mujer seguía levantándose a las 4 de la mañana para preparar la masa, pero el barrio ya no era el mismo, tampoco ella.
Los vecinos de Eje Un norte la conocían como doña Rosita, la tamalera que nunca fallaba. Su puesto se instalaba puntual a las 6:30 frente a un edificio de departamentos desgastados justo en la esquina con Tenochtitlán. Vendía entre 180 y 200 tamales cada día, rajas con queso, mole con pollo, verdes con carne de puerco. 15 pesos la pieza.
Hacía cuentas mentales mientras envolvía las hojas de maíz. 2800 pesos diarios y tenía suerte, menos los 500 que pagaba cada viernes por derecho de piso. Rosa había aprendido a sobrevivir en Tepito con tres reglas simples: pagar a tiempo, no hacer preguntas y mantener la cabeza baja.
Durante 28 años cumplió esas reglas sin falta. preparaba sus tamales en un departamento de dos recámaras en la calle Toltecas, cuarto piso de un edificio sin elevador. Las paredes conservaban fotos de sus dos hijos cuando eran niños, antes de que ambos decidieran probar suerte en Querétaro. En esas fotografías también aparecía Armando, su esposo, el mecánico de manos, siempre manchadas de aceite, que la acompañó durante 29 años.
Pero en septiembre de 2020, cuando las autoridades finalmente tocaron a su puerta, ya no había fotos familiares en las paredes, solo quedaba un cuaderno escondido en la alacena con 12 nombres cuidadosamente tachados con tinta roja. Lo que nadie sabía es que Rosa García había estudiado tres semestres de enfermería en la Eneo UNAM entre 1992 y 1993.
tuvo que abandonar la carrera cuando quedó embarazada de su primer hijo. Pero hay cosas que una mente disciplinada no olvida. En una clase de farmacología básica, una profesora mencionó las toxinas vegetales. Habló del risino, una planta ornamental de semillas letales. Explicó cómo la risina, una proteína extraída de esas semillas, podía detener la síntesis de proteínas en las células humanas.
Dosis letal, entre 1 y 2 mg por kilogramo de peso corporal. Síntomas: náuseas, vómito, diarrea hemorrágica, falla multiorgánica, muerte en 24 a 48 horas. Rosa tomó apuntes ese día. Los guardó en una carpeta que sobrevivió tres mudanzas y casi 30 años de olvido. En Tepito, la gente no pregunta de dónde vienes ni qué estudiaste.
Solo importa si pagas tu renta, si puedes defenderte y si sabes cuándo cerrar la boca. Rosa García cumplía con los tres requisitos. vendía tamales, saludaba a los godines que cruzaban el barrio rumbo a sus oficinas, bromeaba con los albañiles que desayunaban en su puesto antes de subirse a las obras. era invisible de la manera correcta, ni demasiado amigable, ni demasiado distante.
Nadie habría apostado un solo peso a que esa mujer, de manos arrugadas y delantal, manchado de masa, terminaría en los encabezados nacionales. Nadie imaginó que sus tamales, esos mismos que habían alimentado a tres generaciones de tepiteños, se convertirían en el arma más silenciosa que el barrio Bravo había visto jamás. Pero todo eso vendría después.
Primero tendría que llegar el jueves 17 de octubre de 2019, el día en que tres hombres en motocicletas y Talica llegarían al taller mecánico de la calle Matamoros y vaciarían dos cargadores de AK47 contra el hombre equivocado. Primero tendría que morir Armando. Armando Soto no era un héroe ni un santo.
Era un mecánico de 53 años que olía permanentemente a aceite quemado y que cobraba más barato que los talleres formales porque trabajaba solo, sin empleados ni permisos del SAT. Tenía un taller de 4 por 6 met en la calle Matamoros, cinco cuadras al norte del puesto de Rosa. Arreglaba transmisiones, cambiaba balatas, soldaba escapes, ganaba lo suficiente para pagar la renta del departamento y ahorrar de a poco para el sueño que compartía con Rosa.
Abrir un local formal de tamales en la colonia Morelos con mesas de verdad y un letrero que dijera tamales rosita. Sehabían conocido en 1991 en el Tianguis de la Lagunilla, cuando Rosa apenas llevaba meses en la ciudad y Armando reparaba radiadores en un puesto ambulante. Él le compró tres tamales y regresó al día siguiente por otros tres.
A la tercera semana ya no compraba tamales, solo buscaba excusas para quedarse conversando. Se casaron se meses después en el registro civil de Cuautemok, sin fiesta ni vestido blanco, porque ninguno de los dos tenía familia en la ciudad ni dinero para gastar en ceremonias. Construyeron su vida con las manos rosa preparando tamales desde antes del amanecer, armando, desarmando motores hasta que la luz naturalaba, tuvieron dos hijos varones que crecieron entre el vapor de las ollas y el olor a gasolina. Cuando los muchachos
cumplieron 25 y 28 años, ambos decidieron irse a Querétaro buscando trabajos que no los obligaran a pagar derecho de piso. Rosa lloró en silencio, pero no los detuvo. Sabía que Tepito ya no era lugar para construir futuros. Lo que sí le dolió fue que sus hijos se fueran sin conocer el negocio que ella y Armando planeaban abrir.
“Cuando tengamos el local van a venir a visitarnos”, le decía Armando cada vez que contaban los billetes ahorrados. “Van a traer a los nietos y les vamos a dar tamales gratis.” Rosa sonreía y doblaba los billetes dentro de una lata de galletas que escondían detrás de la estufa. Cada mediodía sin falta, Armando caminaba las cinco cuadras desde su taller hasta el puesto de rosa.
Llegaba con las manos limpias, se las lavaba con jabón sote antes de salir y Rosa ya le tenía apartado un tamal de rajas con queso, siempre el más grande de la olla. Se sentaba en la banqueta, comía despacio, tomaba café negro de un vaso térmico que traía de casa. A veces no hablaban, solo compartían esos 15 minutos de rutina que los mantenía unidos después de casi 30 años juntos.
El 16 de octubre de 2019, un miércoles, Armando llegó al puesto con una propuesta. “El domingo vamos a Oaxaca”, le dijo mientras desenvolvía su tamal. “Ya compré los boletos de autobús. Vamos a visitar tu pueblo para el día de muertos.” Rosa se limpió las manos en el delantal y lo miró sin entender.
¿De dónde sacaste para los boletos?, preguntó. Armando sonrió. Arreglé tres coches esta semana. Todos pagaron en efectivo. Fue la última conversación tranquila que tuvieron. Al día siguiente, jueves 17 de octubre, Armando regresó al taller después de comer con Rosa. Eran la 1:15 de la tarde. Tres hombres en dos motocicletas.
Italica 150 llegaron por la calle Matamoros a toda velocidad. El que iba en la segunda moto llevaba un rifle de asalto AK47 colgado del hombro. No preguntaron nombres, no verificaron nada, simplemente abrieron fuego. Nueve disparos, siete impactos. Armando Soto cayó entre un gato hidráulico y una caja de herramientas.
murió antes de tocar el suelo. Los vecinos escucharon los disparos, pero nadie salió a la calle hasta que las motocicletas desaparecieron. Alguien llamó al 911. Una patrulla de la Secretaría de Seguridad Ciudadana llegó 20 minutos después. Para entonces, un vecino ya había avisado a Rosa. Ella llegó corriendo sin cerrar el puesto, sin recoger nada.
encontró la calle acordonada con cinta amarilla y el cuerpo de Armando cubierto con una lona naranja delú. Un policía le impidió acercarse. Rosa forcejeó, gritó, intentó levantar la lona. Finalmente la dejaron pasar. Se arrodilló junto al cuerpo y tomó la mano de Armando por debajo de la lona.
Todavía estaba tibia, pero ya no había pulso. No lloró, no gritó, solo se quedó ahí. de rodilla sobre el concreto manchado, apretando esa mano que ya no la apretaba de vuelta. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.
La carpeta de investigación FGq C ui CD B847 10 2019. se abrió esa misma tarde en la fiscalía de Cuautemoc. Un agente del Ministerio Público tomó declaración a Rosa en una sala sin ventanas que olía a café frío y papel viejo. Le preguntó si Armando tenía enemigos, si debía dinero, si estaba metido en algo turbio.
Rosa respondió que no a todo. Su esposo arreglaba coches nada más. No se metía con nadie. pagaba su derecho de piso, como todos en Tepito, y se iba a su casa antes de que oscureciera. El agente tecleó en una computadora sin mirarla a los ojos. Le explicó que el dictamen del Semefo confirmaría la causa de muerte, pero que eso era lo de menos.
Lo difícil era encontrar testigos. En Tepito nadie ve nada, señora, usted sabe cómo es. Rosa preguntó si iban a revisar cámaras de seguridad. El agente soltó una risa seca. Cámaras. Aquí no hay cámaras. Y si las hay, nunca sirven. Le dijeron que regresara en 72 horas para firmar papeles, que llevara acta de defunción, identificación, comprobante de domicilio, que tuviera paciencia porque estos casos tardaban.
Rosa salió de lafiscalía con un papel membretado que no decía nada útil y con la certeza de que nadie iba a mover un dedo por Armando. El velorio se realizó en la funeraria Galloso, Tepito, sobre eje uno norte, a dos cuadras del puesto de tamales. Rosa pagó el paquete más barato. Ataú de madera prensada, sala de velación por 24 horas, traslado al crematorio. Sus dos hijos llegaron desde Querétaro en autobús nocturno.
Abrazaron a su madre en silencio porque no había palabras que sirvieran. Solo 12 personas asistieron al velorio. Los vecinos tenían miedo. En Tepito, acercarse a las víctimas de ejecuciones es una forma de firmar tu propia sentencia. La gente mandaba condolencias por WhatsApp, pero no cruzaba la puerta de la funeraria. Rosa lo entendió.
No guardó rencor. Así funcionaban las cosas. Sus hijos le suplicaron que se fuera con ellos a Querétaro. Ya no tienes nada que hacer aquí, mamá. Vente con nosotros. Allá puedes vender tamales sin pagar piso. Rosa negó con la cabeza. Esta es mi casa. Aquí conocí a su padre. Aquí vivimos 30 años. No me voy a ir porque unos desgraciados me quieran correr.
Los muchachos regresaron a Querétaro sin convencerla. Rosa cerró el puesto durante 5co días. Se quedó en el departamento mirando las paredes, sin prender la televisión, sin cocinar, sin llorar. Solo pensaba. pensaba en los nueve disparos, en las siete balas que atravesaron el cuerpo de Armando, en cómo los sicarios se habían subido a sus motos y se habían ido como si nada, porque en Tepito matar a alguien era tan fácil como comprar tortillas.
El quinto día volvió a la fiscalía. El mismo agente del Ministerio Público la recibió con fastidio, apenas disimulado. Le informó que la investigación no había avanzado, no había testigos, no había evidencias. Las motocicletas no tenían placas registradas. Los casquillos levantados en la escena no coincidían con ninguna base de datos.
Señora, aquí todos son iguales. No hay forma de saber quién fue. Estos casos se quedan en el aire. Rosa apretó los puños sobre su regazo. Preguntó si no iban a hacer nada. El agente se recargó en su silla y suspiró. Mire, si quiere justicia, mejor rece. Aquí no llega la ley y si alguien le dice que sí, le está mintiendo.
Rosa salió de la fiscalía con los ojos secos y la mandíbula apretada. Caminó de regreso a Tepito sin prisa, esquivando baches y vendedores ambulantes. Pasó frente al taller de Armando. La cortina metálica estaba cerrada con candado. El concreto todavía tenía manchas oscuras que nadie había lavado. Alguien había dejado una veladora apagada junto a la puerta.
10 días después del crimen, Rosa reabrió su puesto de tamales. Llegó a las 6:30 de la mañana. Como siempre. montó su estructura de metal, encendió el anafre, destapó la olla. El vapor subió hacia el cielo gris de Tepito. Los primeros clientes llegaron a las 7. Albañiles con hambre, godines con prisa.
Compraron sus tamales, pagaron sus 15 pesos, se fueron. A las 11 de la mañana llegó el chino, el cobrador de La Unión Tepito. Era un tipo flaco de 29 años, con tatuajes en los brazos y una gorra de los Dodgers. Se acercó al puesto con las manos en los bolsillos. “Lamento lo de tu viejo, Rosita”, dijo sin mirarla a los ojos.
“Pero el negocio sigue, ya sabes.” Rosa sacó 500 pesos de la caja de metal donde guardaba las monedas y se los entregó. El chino contó los billetes, los dobló y los metió en su bolsillo trasero. Luego señaló los tamales. Dame tres de rajas, tengo hambre. Rosa envolvió tres tamales en servilletas y se los dio. El chino pagó con un billete de 100 pes.
“Quédate con el cambio”, dijo mientras desenvolvía uno y le daba una mordida. masticó despacio, satisfecho. Siguen igual de buenos, Rosita, no los hagas diferentes. Se rió de su propio chiste y se alejó caminando, todavía comiendo. Rosa lo vio irse, lo vio masticar su comida, lo vio reírse y en ese momento supo exactamente qué tenía que hacer.
Esa noche Rosa no durmió. Se quedó sentada en la mesa de la cocina con una taza de café que no se tomó. mirando el lugar donde Armando solía sentarse a cenar. La silla estaba vacía, la seguiría estando por el resto de su vida. Pero Rosa ya no pensaba en el vacío, pensaba en los hombres que lo habían creado.
Al día siguiente buscó a doña Licha, una vendedora de jugos de 68 años que tenía su puesto a tres cuadras de distancia. Las dos se conocían desde hacía 20 años. Compartían proveedores, se cuidaban los puestos cuando una tenía que ir al baño, se prestaban cambio cuando faltaban monedas. Doña Licha había estado en el velorio de Armando.
Fue una de las 12 personas que se atrevió a cruzar la puerta. Rosa la visitó al mediodía cuando el sol pegaba duro y los clientes escaseaban. Compró un vaso de jugo de naranja que no tenía intención de beber. se quedó parada junto al puesto, removiendo el hielo con un popote. “Licha, necesito saberquiénes fueron”, dijo en voz baja.
Doña Licha dejó de cortar naranjas y miró alrededor antes de responder. “Rosa, mejor no preguntes, no te va a servir de nada. Dime quiénes fueron.” Doña Licha suspiró, bajó la voz hasta convertirla en un murmullo. Fueron los chilangos, gente del betito, sicarios nuevos. Andan cobrando plazas para el cartel. Se confundieron de persona.
Tu Armando no tenía nada que ver, pero su taller está en zona caliente. Creyeron que trabajaba para la competencia. Rosa apretó el vaso de plástico hasta deformarlo. ¿Cómo se llaman? Rosa. ¿En serio? No. ¿Cómo se llaman? Doña Licha cerró los ojos un momento, luego dijo tres apodos. El flaco, el cholo, el Kevin se juntan en el billar de la Peralbillo en la calle Violeta.
Pero escúchame bien, son gente pesada. Si preguntas de más, te van a Rosa no la dejó terminar. Le agradeció, dejó el jugo sin tocar y se fue. Esa misma tarde caminó hasta un cibercafé en la lagunilla. Pagó 20 pesos por media hora de internet. se sentó frente a una computadora vieja que tardaba un siglo en cargar cada página. Buscó en Google risina toxina vegetal.
Leyó artículos de Wikipedia, foros de jardinería, blogs de biología. Imprimió cuatro páginas con información básica sobre la extracción de resina a partir de semillas de risino. Pagó 3 pes por cada impresión. Dobló las hojas y las guardó en su bolsa. Al día siguiente fue al mercado de Sonora en la colonia Mercedinó entre puestos de hierbas, veladoras y amuletos hasta encontrar un local que vendía semillas para jardinería.
Preguntó por semillas de risino. El vendedor, un señor de unos 60 años con delantal verde, le mostró dos bolsas de 1 kil cada una. Son para plantas ornamentales, señora. Crecen bien en maceta, pero hay que tener cuidado porque son tóxicas. Tóxicas. ¿Cómo? V. Las semillas son venenosas. Si un niño se las come, se puede morir.
Pero si solo las siembra no pasa nada. Rosa compró las dos bolsas, pagó 180 pesos. El vendedor las metió en una bolsa de plástico negro y se las entregó. “Cuídelas del sol y la humedad”, le dijo. Rosa asintió y se fue. Durante las siguientes tres semanas, Rosa trabajó de noche en su cocina. Cerraba las ventanas, corría las cortinas, ponía un trapo húmedo debajo de la puerta para que no saliera el olor.
Usaba guantes de látex que compraba en la farmacia del ahorro. Seguía las instrucciones que había impreso, improvisando lo que no entendía. Molía las semillas en un mortero de piedra hasta convertirlas en pasta. Las mezclaba con agua, las dejaba reposar, filtraba el líquido con una manta de cielo, repetía el proceso varias veces hasta obtener un polvo blanquecino que guardaba en un frasco de vidrio pequeño.
No sabía si estaba haciendo las cosas bien. No tenía forma de medir la pureza ni la concentración, pero recordaba lo que su profesora había dicho 30 años atrás. La risina inhibía la síntesis de proteínas. bastaban 2 mg por kilo de peso para matar a un adulto. Para probar si funcionaba, Rosa mezcló una pizca del polvo con carne cruda.
Dejó la carne en la azotea del edificio, escondida detrás de un tinaco. A la mañana siguiente encontró dos ratas muertas junto al plato. No las tocó, las dejó ahí y regresó a su departamento. Sabía que funcionaba. Entonces sacó un cuaderno viejo de la escuela de sus hijos, arrancó las hojas usadas y empezó a escribir en las limpias.
Primero anotó los tres nombres que doña Licha le había dado, el flaco, el Cholo, el Kevin. Luego agregó otros nombres que conocía de memoria. El chino, el cobrador que le había comprado tamales el día que reabrió el puesto. El [ __ ] el nuevo cobrador que había empezado a visitarla esa semana. más agresivo que el anterior, anotó direcciones aproximadas, horarios, rutinas, dónde comían, dónde dormían, con quién andaban.
información que había reunido en años de vender tamales en Tepito, escuchando conversaciones, viendo quién entraba y salía de las vecindades. También escribió su código, una regla que no iba a romper, solo los que estaban en la lista, solo los que cobraban derecho de piso o los que habían matado a Armando, nadie más.
Los clientes normales seguirían comiendo sus tamales sin peligro. Ella no era una asesina indiscriminada, era alguien cobrando una deuda. Para marcar los tamales especiales, Rosa compró hilo rojo en una mercería. Cada tamal envenenado llevaría un pedazo de hilo atado en la punta de la hoja de maíz.
Un detalle invisible para cualquiera que no supiera qué buscar. Rosa guardó el cuaderno en la lacena. Detrás de las latas de frijoles. Guardó el frasco con risina en el mismo lugar. apagó la luz de la cocina y se fue a dormir. Por primera vez en semanas durmió toda la noche. El sábado 9 de noviembre de 2019, el chino llegó al puesto de rosa a las 8:30 de la mañana.
Llevaba la misma gorra de los Dodgers y una sudadera gris con las mangasremangadas. Traía prisa. Dame dos de rajas, Rosita. Hoy vengo con hambre. Rosa ya tenía todo listo. Había preparado tres tamales especiales esa madrugada con una dosis de 15 mg de risina mezclada en la masa. Cada uno llevaba un pedazo de hilo rojo atado en la punta de la hoja, invisible entre los pliegues.
“Llévate tres”, le dijo Rosa mientras los envolvía en servilletas. “Eres buen cliente”. El chino sonrió. pagó con un billete de 100 pesos y le dijo que se quedara con el cambio. Desenvolvió uno de los tamales ahí mismo y le dio una mordida grande. “Están perfectos como siempre”, dijo con la boca llena. Guardó los otros dos en la bolsa de su sudadera y se fue caminando hacia la colonia Morelos.
Rosa lo vio alejarse. No sintió nada, ni culpa, ni miedo, ni satisfacción. Solo esperó. El chino llegó a su casa cerca de las 2 de la tarde. Vivía con su madre y dos hermanos menores en un departamento de la calle Mina. Se comió los otros dos tamales frente al televisor mientras veía un partido de fútbol.
A las 6 de la tarde empezaron los síntomas. Primero fue náusea, luego vómito. A las 8 diarrea con sangre. Su madre llamó a una ambulancia, pero tardó más de una hora en llegar. Lo llevaron al hospital Valbuena. Los médicos pensaron en intoxicación alimentaria severa. Le pusieron suero, le dieron medicamentos para el dolor, pero la risina ya había empezado a destruir sus células desde adentro.
A las 4:20 de la madrugada del domingo 10 de noviembre, el corazón de El Chino se detuvo. Causa oficial de muerte, falla multiorgánica por intoxicación alimentaria de origen desconocido. El cuerpo fue enviado al semefo para autopsia de rutina. El médico forense anotó posible intoxicación por alimentos en mal estado y firmó el acta.
No ordenó análisis toxicológicos específicos. La risina es invisible en las pruebas estándar. Se necesita buscarla específicamente y nadie tenía razón para hacerlo. La familia del chino organizó un velorio rápido. Lo enterraron en el Panteón de Dolores dos días después. En Tepito circuló el rumor de que se había muerto por comer algo echado a perder.
Nadie sospechó nada más. La Unión Tepito ni siquiera investigó. Un cobrador muerto era fácil de reemplazar. Rosa se enteró de la muerte el lunes por la mañana. Una clienta del puesto comentó mientras compraba tamales. Ya supiste que se murió el chino? Dicen que se intoxicó con algo. Rosa solo asintió y siguió sirviendo.
Esa noche, en la privacidad de su departamento, Rosa sacó el cuaderno de la alacena, abrió la página donde había escrito los nombres, tomó una pluma roja y tachó el primero, el chino. Luego prendió una veladora frente a la foto de Armando que guardaba en la sala. Se quedó ahí 10 minutos mirando la flama. Uno dijo en voz baja.
Al día siguiente llegó el [ __ ] el nuevo cobrador. Tenía 35 años, brazos gruesos y una cicatriz que le cruzaba la ceja izquierda. Era más agresivo que el chino. No pedía el derecho de piso, lo exigía y había subido la cuota de 500 a 800 pesos semanales. Llegó al puesto con dos ayudantes. Uno se hacía llamar Trompas, el otro culiche.
El [ __ ] se plantó frente a Rosa con los brazos cruzados. Rosita, las cosas cambiaron. Ahora son 800 a la semana. Si no puedes pagar, mejor cierra. Rosa no discutió, sacó 800 pesos de su caja y se los entregó. El [ __ ] contó los billetes con calma y los guardó. Luego miró los tamales. Dame unos, tengo hambre. Rosa preguntó cuántos quería.
Tres para mí, dos para cada uno de estos. Señaló a trompas y a Culiche. Rosa preparó nueve tamales. Seis de ellos llevaban hilo rojo en la punta. El [ __ ] y sus ayudantes se sentaron en la banqueta a comer. Devoraron los tamales en menos de 10 minutos. El [ __ ] eructó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le dijo a Rosa, “Están buenos. La próxima semana quiero más.
” Los tres se fueron riendo. Rosa esperó. El [ __ ] murió el domingo 8 de diciembre en su casa de la calle Aztecas. Convulsiones. Su familia no alcanzó a llamar a la ambulancia. Trompas fue hospitalizado el mismo día con síntomas similares. Entró en coma el lunes y murió el martes 10 de diciembre. Kuliche también fue hospitalizado.
Sobrevivió pero quedó con daño hepático permanente. Tres muertes en menos de un mes. Todas relacionadas con la Unión Tepito, todas con síntomas de intoxicación severa. Alguien en la fiscalía de Cuautemoc empezó a notar el patrón. En la segunda semana de diciembre, la Fiscalía General de Justicia de la Ciudad de México creó un grupo especial para investigar las muertes.
No porque les importaran los muertos, todos eran criminales conocidos, sino porque el patrón era demasiado obvio para ignorarlo. Seis miembros de la Unión Tepito muertos en 5CO semanas. Todos con síntomas gastrointestinales severos. Todos dentro del mismo territorio. La agente Minerva Castillo fue asignada al caso. Especialista en delitos contra lasalud.
Había trabajado antes en casos de envenenamiento por drogas adulteradas y alimentos contaminados. Revisó los expedientes de las seis víctimas. Leyó los reportes del semefo. Algo no cuadraba. Las autopsias hablaban de intoxicaciones alimentarias, pero nadie más en Tepito estaba muriendo. Si hubiera sido comida contaminada en un mercado o un puesto callejero, habría decenas de afectados.
Aquí solo morían criminales. Castillo ordenó exumar el cuerpo del chino. Los forenses tomaron nuevas muestras de tejido hepático y las enviaron a análisis toxicológicos avanzados. Tardaron una semana en obtener resultados. Cuando llegaron, Castillo supo que estaba frente a algo distinto, trazas de risina.
Mientras tanto, Rosa seguía trabajando. Su puesto abría puntual cada mañana. Vendía entre 180 y 200 tamales diarios. La vida en Tepito continuaba como si nada hubiera pasado. Los clientes compraban, pagaban, se iban. Nadie sospechaba que la señora de 47 años que envolvía tamales con manos arrugadas estaba ejecutando una venganza metódica. Rosa había investigado más.
Necesitaba encontrar a los tres hombres que doña Licha le había mencionado. El flaco, el Cholo, el Kevin, los que habían matado a Armando. Preguntó con discreción, escuchó conversaciones, siguió pistas. Don Memo, el vendedor de tortas que tenía su puesto frente al billar de la Peralbillo, le dio la información que necesitaba.
Rosa compraba tortas en su puesto dos o tres veces por semana, siempre las mismas, jamón con queso. Un día le preguntó de manera casual, “Don Memo, esos muchachos que andan por el billar, ¿qué les gusta comer?” Don Memo era un hombre de 60 años que había sobrevivido en Tepito, aprendiendo a no preguntar.
Pero Rosa le caía bien. Había sido cliente suya durante años, le respondió sin pensarlo mucho. Vienen seguido por aquí, compran tamales, les gustan los de mole. Rosa asintió y siguió comiendo su torta. El 23 de noviembre, un sábado, Rosa cerró su puesto más temprano de lo normal. Eran las 6 de la tarde.
Guardó sus cosas en dos bolsas de tela y caminó hacia la calle Violeta en la colonia Peralvillo. El billar estaba en una esquina con las ventanas cubiertas de carteles descoloridos y una puerta de metal verde. Rosa se quedó en la banqueta de enfrente junto al puesto de Don Memo. A las 7:15 salieron dos hombres. Uno era alto y delgado, con un tatuaje de una calavera en el cuello.
El otro era más bajo, con el cabello rapado y una chamarra de mezclilla. Rosa los reconoció por las descripciones que había escuchado. El flaco y el cholo se acercó a ellos con una sonrisa. Buenas noches. Me sobraron tamales del día. Los vendo a 10 pesos en lugar de 15. Los dos hombres la miraron con desconfianza, pero el hambre pudo más.
El flaco compró dos de mole, el cholo también. Rosa les entregó cuatro tamales envueltos en servilletas. Todos llevaban hilo rojo en la punta. Los dos hombres se fueron caminando hacia la colonia Guerrero, comiendo mientras avanzaban. Rosa los vio desaparecer en la oscuridad. Luego recogió sus cosas y regresó a Tepito. El flaco murió el 24 de noviembre en su casa de la colonia Guerrero.
Falla renal aguda. El cholo fue hospitalizado el mismo día con hemorragia gastrointestinal. Los médicos intentaron estabilizarlo, pero no pudieron detener el sangrado interno. Murió el 26 de noviembre en el Hospital Rubén Leñero. En su cuaderno, Rosa tachó dos nombres más. La Unión Tepito empezó a sospechar que algo estaba pasando.
Ocho miembros muertos en seis semanas, todos con síntomas similares. El líder de la célula, conocido como El Betito, ordenó una investigación interna. Pensó que había un traidor. Ejecutó a dos de sus propios hombres por sospecha, sin conexión real con las muertes. Nadie miraba hacia los puestos de comida. Nadie sospechaba de una tamalera viuda.
Minerva Castillo, por su parte, ya tenía la confirmación de risina en tres de las víctimas exumadas. Presentó sus hallazgos a su superior en la fiscalía. Tenemos un envenenador serial operando en Tepito. Está usando risina, una toxina vegetal altamente letal. Las víctimas son todas de la Unión Tepito. Necesitamos identificar el vector de contagio.
Su superior le dio luz verde para ampliar la investigación. Castillo ordenó entrevistar a las familias de las víctimas. Preguntó qué habían comido, dónde habían estado, con quién se habían reunido. La mayoría de las familias se negó a cooperar. En Tepito, hablar con la policía es una sentencia de muerte, pero Culiche, el ayudante del [ __ ] que había sobrevivido, todavía estaba hospitalizado.
No podía huir, no podía negarse. Castillo llegó al hospital Rubén Leñero el 28 de diciembre. Entró a la habitación donde Culiche estaba conectado a monitores y sueros. El hombre tenía 32 años, la piel amarillenta por la falla hepática y los ojos hundidos. Castillo sacó una grabadora.
Necesitoque me digas qué comiste el día que te enfermaste. Culiche la miró con desconfianza. ¿Por qué? Porque lo que comiste te envenenó. Y si no me dices qué fue, vamos a seguir encontrando muertos. Culiche cerró los ojos, pensó un momento, luego dijo, “Tamales, comimos tamales. ¿De dónde?” “De un puesto.” Eje uno norte. Una señora que vende ahí le dicen doña Rosita.
Minerva Castillo anotó el nombre en su libreta. Subrayó dos veces. El 15 de diciembre de 2019, la Unión Tepito organizó una posada navideña en una bodega de la calle Granaditas. Era tradición. Cada año el líder de la célula reunía a sus operadores para una fiesta cerrada. Música, alcohol, comida. una forma de mantener la lealtad y celebrar otro año de control territorial.
Este año el Betito decidió contratar a Rosa para que llevara tamales. Un sicario llegó al puesto de Rosa el 13 de diciembre. Le dijo que necesitaban 80 tamales para el domingo, mitad de rajas, mitad de mole. Rosa preguntó cuánto le pagarían. El sicario le ofreció 15,500es. Rosa aceptó. Preparó los tamales la noche del sábado 14.
60 fueron normales, 20 llevaban risina con una dosis menor que las anteriores, 8 mg por tamal en lugar de 15. Rosa quería que más personas comieran antes de que aparecieran los síntomas. Envolvió los 20 tamales especiales con hojas de maíz más oscuras compradas en un mercado diferente. Era su forma de identificarlos. El domingo a las 5 de la tarde, Rosa llegó a la bodega de la calle Granaditas con dos ollas de peltre cubiertas con trapos. El lugar estaba lleno.
Había música de banda sonando a todo volumen. Hombres con pistolas en la cintura bebían cerveza y conversaban en grupos. Rosa colocó las ollas en una mesa larga junto a refrescos y platos desechables. Distribuyó los tamales con cuidado. Los 60 normales los puso en bandejas de unicel. cerca de la entrada. Los 20 especiales los colocó en una charola más pequeña, cerca de la mesa principal, donde estaban sentados los sicarios de mayor rango.
Nadie supervisó lo que hacía. Para ellos, Rosa era solo la señora de los tamales, invisible. Rosa cobró sus 100 pesos y se fue antes de las 6. No miró atrás. La fiesta continuó hasta pasada la medianoche. Los hombres comieron. bebieron, rieron. Seis de ellos tomaron tamales de la charola pequeña. Uno de ellos era el Kevin, el sicario que había disparado contra Armando en octubre.
Otro era el gordo Tapia, jefe de plaza de Tepito Norte. Los otros cuatro eran operadores de rango medio. Los síntomas empezaron en la madrugada. El primero en sentirse mal fue el Kevin. Vomitó en el baño de la bodega cerca de las 3 de la mañana. Pensó que había sido el alcohol. Se fue a su casa tambaleándose.
A las 10 de la mañana del lunes ya estaba en el hospital general de Valbuena. Murió esa misma noche. El gordo tapia colapsó en su casa el martes por la mañana. Su familia lo llevó a un hospital privado en la colonia Roma, pero no pudieron salvarlo. Murió el miércoles 18 de diciembre. Los otros cuatro sicarios murieron entre el martes y el jueves, todos con los mismos síntomas: vómito, diarrea con sangre, falla multiorgánica.
La Unión Tepito entró en pánico. El Betito ordenó ejecutar a tres personas más por sospecha de traición. Pensaba que alguien dentro de la organización estaba envenenando a sus hombres. No se le ocurrió mirar hacia afuera. No se le ocurrió pensar en una tamalera. Minerva Castillo recibió los reportes de las nuevas muertes el 19 de diciembre.
Ya tenía el nombre de Rosa García en su libreta. Ya sabía que vendía tamales en eje uno norte, pero necesitaba pruebas antes de obtener una orden de aprensión. Ordenó vigilancia discreta del puesto. Dos agentes de la policía de investigación se apostaron en un edificio frente al puesto de Rosa. La vigilaron durante una semana.
Anotaron sus horarios, sus clientes, sus rutinas. Vieron cómo preparaba los tamales, cómo los envolvía, cómo los vendía. No vieron nada sospechoso. El 26 de diciembre, Castillo solicitó una orden de cateo al juez de control. Presentó los análisis toxicológicos. Presentó el testimonio de Culiche. presentó la lista de víctimas, todas relacionadas con la Unión Tepito, todas con trazas de risina.
El juez firmó la orden. El 28 de diciembre, Castillo visitó el mercado de Sonora. Preguntó en varios puestos si alguien había vendido semillas de risino en los últimos meses. Un vendedor con delantal verde recordó a una señora de unos 40 y tantos años que había comprado 2 kg en noviembre. Descripción: Cabello oscuro, recogido en cola, complexión media. Hablaba bajito.
Castillo le mostró una foto de Rosa García que habían obtenido de su credencial del INE. El vendedor asintió. Sí, es ella. ya tenían todo lo necesario. La madrugada del 30 de diciembre de 2019, seis patrullas de la policía de investigación y dos unidades de la Guardia Nacional llegaron al edificio de la calle Toltecas.
Subieron las escaleras hasta el cuarto piso. Tocaron la puerta del departamento 402. Adentro, Rosa estaba despierta. Había escuchado las sirenas. Sabía que habían venido por ella. abrió la puerta sin que tuvieran que romperla. Minerva Castillo entró primero, mostró la orden de Cateo. Rosa María García Méndez, tenemos una orden de apreensón en su contra por homicidio calificado.
Tiene derecho a guardar silencio. Rosa no dijo nada, solo asintió. Los agentes registraron el departamento. En la alacena encontraron un frasco de vidrio con 30 g de polvo blanco. Encontraron dos bolsas con semillas de risino. Encontraron un cuaderno con 12 nombres, todos tachados con tinta roja. Encontraron los artículos impresos sobre toxicología.
Encontraron el hilo rojo. Castillo tomó el cuaderno y lo ojeó. Leyó los nombres. Todos eran víctimas confirmadas. miró a Rosa, que estaba sentada en una silla de la cocina con las manos sobre la mesa. ¿Por qué lo hizo, señora García? Rosa levantó la mirada, sus ojos estaban secos. Ya terminé.
Hice lo que tenía que hacer. La esposaron y la sacaron del edificio. Afuera, los vecinos se asomaban por las ventanas. Algunos grababan con sus celulares. Rosa caminó con la cabeza en alto, sin resistirse, sin llorar. La subieron a una patrulla y la llevaron al Centro de Justicia de Cuautemoc. El interrogatorio comenzó a las 9 de la mañana del 30 de diciembre en una sala sin ventanas del Centro de Justicia.
Minerva Castillo se sentó frente a Rosa con una grabadora entre ambas. Un agente del Ministerio Público estaba presente como testigo. Rosa no pidió abogado. Dijo que no tenía dinero para pagar uno y que no le importaba. Le asignaron un defensor de oficio que llegó media hora tarde con una carpeta vacía y cara de no haber dormido.
Castillo encendió la grabadora, dijo la fecha, la hora, los nombres de los presentes. Luego miró a Rosa. Señora García, vamos a hablar con claridad. Encontramos risina en su domicilio. Encontramos un cuaderno con los nombres de 12 personas muertas. Encontramos evidencia de que usted compró semillas de risino en el mercado de Sonora.
¿Tiene algo que decir? Rosa se quedó callada un momento. Luego habló con voz tranquila. Mataron a mi esposo. Nadie hizo nada. Ni la policía, ni la fiscalía, ni Dios. Eso justifica envenenar a 12 personas. No justifico nada. Solo hice lo que tenía que hacer. Castillo abrió el cuaderno y lo puso sobre la mesa. Estos son los nombres que usted escribió.
El chino, el flaco, el cholo, el Kevin. Todos muertos entre noviembre y diciembre. ¿Cómo supo quiénes eran? Pregunté. La gente habla si sabes escuchar. Y decidió matarlos. Rosa la miró directo a los ojos. Decidí que pagaran. Castillo tomó notas en su libreta. ¿Cómo obtuvo la risina? La saqué de las semillas, leí cómo hacerlo.
No es tan difícil. ¿Dónde aprendió sobre la risina? En la escuela de enfermería hace 30 años. Una maestra nos habló de las toxinas vegetales y recordó eso después de tres décadas. Rosa asintió. Uno recuerda lo que necesita recordar. Castillo se recargó en su silla. Señora García, ¿no pensó en las familias de esas personas? Ellos también tenían madres, hermanos, hijos.
Rosa apretó los labios, su expresión no cambió. Ellos tampoco pensaron en Armando. Hubo un silencio largo. El defensor de oficio no había dicho una sola palabra. Estaba ahí solo para cumplir con el protocolo. Castillo continuó. ¿Por qué uso tamales? ¿Por qué no una pistola o un cuchillo? Rosa respondió sin dudar.
Las pistolas hacen ruido, los tamales no y todos comen. Esa frase quedó grabada. Sería usada después en el juicio como evidencia de premeditación. El interrogatorio duró 4 horas. Rosa confesó todo. Explicó cómo había extraído la risina, cómo había marcado los tamales con hilo rojo, cómo había identificado a sus víctimas, cómo había planeado cada entrega.
No mostró arrepentimiento, no pidió perdón, solo contó los hechos como si estuviera dando una receta. Al final, Castillo apagó la grabadora. Va a pasar el resto de su vida en prisión, señora García. Vale la pena. Rosa se quedó callada un momento, luego dijo, Armando sigue muerto. Yo estoy aquí. Ellos también están muertos.
No sé si eso es valer la pena, pero ya está hecho. La llevaron al reclusorio preventivo femenil de Santa Marta a Catitla. La clasificaron como reo de alta peligrosidad por la naturaleza del delito. Le asignaron una celda en el módulo de casos especiales, lejos de la población general. La noticia explotó en los medios al día siguiente.
Tamalera justiciera de Tepito envenenó a 12 criminales con risina. Los encabezados variaban, pero todos decían lo mismo. Rosa García se convirtió en tendencia nacional en menos de 24 horas. Las opiniones se dividieron. En redes sociales, miles de personas la defendían. Hizo lo que el gobierno no hace. Decían, “Si la policía no sirve, la gente tiene que defenderse.” Otros lacondenaban.
Es una asesina serial. No importa a quién mató. 12 muertos. Son 12 muertos. Familias de las víctimas exigieron justicia, aunque varias nunca se presentaron públicamente por miedo a represalias de la Unión Tepito. Solo tres familias dieron la cara. Una de ellas, la madre del chino, dio una entrevista llorando.
Mi hijo no era un santo, pero era mi hijo. Esa señora no tenía derecho a quitármelo. En Tepito, la reacción fue más compleja. Los vecinos que conocían a Rosa no sabían qué pensar. Doña Licha, la vendedora de jugos, cerró su puesto durante dos días. Cuando volvió a abrir, no quiso hablar con nadie sobre el tema.
Don Memo, el de las tortas, solo dijo, “Rosita era buena gente. Lo que hizo no está bien, pero entiendo por qué lo hizo. El puesto de rosa quedó vacío durante una semana. Nadie quería ocupar ese espacio. Finalmente, don Memo movió sus cosas y empezó a vender. Ahí cambió el letrero. Ahora decía Tortas y tamales Don Memo. Pero los clientes seguían preguntando por los tamales de doña Rosita.
El proceso judicial comenzó en julio de 2020. La fiscalía presentó cargos formales contra Rosa María García Méndez, 12 homicidios calificados con premeditación, alevosía y ventaja, un cargo adicional de tentativa de homicidio por culiche, el sobreviviente y posesión ilegal de sustancia tóxica. El caso fue asignado al juez de control del reclusorio Oriente.
Por la presión mediática y la gravedad de los cargos se ordenó juicio oral acelerado. El defensor de oficio intentó construir una estrategia basada en estado de emoción violenta. Argumentó que Rosa había actuado bajo un trauma psicológico severo tras el asesinato de su esposo y que la falta de respuesta institucional la había llevado a un punto de quiebre.
No podía alegar legítima defensa porque las víctimas no representaban una amenaza inmediata al momento de los envenenamientos, pero esperaba que el estado emocional sirviera como atenuante. La fiscalía, encabezada por Minerva Castillo, construyó un caso sólido. Presentó el cuaderno con los 12 nombres tachados como prueba de premeditación sistemática.
Presentó los análisis toxicológicos que confirmaban risina en ocho de las 12 víctimas. Los otros cuatro cuerpos habían sido cremados antes de que se iniciara la investigación, pero los síntomas reportados coincidían. Presentó también el testimonio de Culiche, el único sobreviviente. Lo llevaron al tribunal en silla de ruedas con la piel todavía amarillenta por el daño hepático.
Identificó a Rosa sin dudarlo. Ella nos dio los tamales. Comimos ahí mismo en su puesto. Al día siguiente estaba muriéndome. El vendedor del mercado de Sonora también declaró. confirmó que Rosa había comprado 2 kilos de semillas de risino en noviembre de 2019. Mostró su registro de ventas donde anotaba las transacciones grandes.
Le dije que eran tóxicas. Ella dijo que las quería para plantas. Doña Licha fue citada como testigo. Llegó al tribunal con miedo visible. Confirmó que Rosa le había preguntado sobre los sicarios que mataron a Armando. Solo le di nombres. No sabía lo que iba a hacer. Don Memo también declaró. Dijo que Rosa le preguntó qué comían los muchachos del billar. Pensé que solo tenía curiosidad.
Nunca imaginé esto. El punto más fuerte de la fiscalía fue la confesión grabada de Rosa. Reprodujeron el audio completo en la sala. La voz de Rosa sonó clara y firme. Las pistolas hacen ruido, los tamales no y todos comen. El defensor intentó argumentar que Rosa había sido coaccionada durante el interrogatorio, pero no había evidencia de eso.
Rosa había hablado voluntariamente, había confesado sin presión. Durante las audiencias, Rosa permaneció callada la mayor parte del tiempo. Se sentaba en el banquillo de los acusados con la misma expresión contenida que había mantenido desde su arresto. Usaba el uniforme Beige del reclusorio. No mostraba emoción visible, pero el día que la subieron al estrado para declarar, algo cambió.
El fiscal le preguntó si se arrepentía de lo que había hecho. Rosa tomó el micrófono, miró hacia el público, donde estaban sentadas algunas familias de las víctimas. Luego habló con voz firme. Me arrepiento de que tuvieran que morir, pero Armando sigue muerto y nadie pagó por eso. La policía me dijo que rezara. Me dijeron que la ley no llega a Tepito.
Entonces, ¿qué esperaban que hicieran? Quedarme en mi casa llorando, vender tamales como si nada mientras los que mataron a mi esposo seguían paseándose por el barrio. Hubo murmullos en la sala. El juez pidió silencio. El fiscal continuó. Entonces, ¿justifica sus acciones? Rosa negó con la cabeza. No justifico nada. Solo digo lo que pasó.
Bendita males 28 años. Nunca le hice daño a nadie hasta que me obligaron. Nadie la obligó a matar a 12 personas. Rosa lo miró directo a los ojos. Mataron a Armando. Eso me obligó. El defensor intentó hacer un contrainterrogatorio,pero no tenía mucho que trabajar. Preguntó sobre el asesinato de Armando. Rosa narró los hechos.
¿Cómo llegó al taller? ¿Cómo encontró el cuerpo? ¿Có la policía no hizo nada? Preguntó si había intentado otras vías legales. Rosa respondió que sí. que había ido a la fiscalía tres veces, que le dijeron que el caso se quedaría en el aire y no confió en que el sistema eventualmente funcionara. Rosa soltó una risa amarga. Confiar. Llevamos 30 años en Tepito.
El sistema nunca ha funcionado ahí. El defensor no insistió más. Los alegatos finales se presentaron en septiembre. La fiscalía pidió 300 años de prisión, 25 años por cada homicidio calificado. El defensor pidió 20 años, argumentando atenuantes por estado emocional y falta de antecedentes penales. El juez tomó una semana para deliberar.
El 18 de septiembre de 2020, la sala del tribunal estaba llena. Reporteros, familias de víctimas, curiosos, activistas, todos esperaban la sentencia. Rosa entró esposada, escoltada por dos guardias, se sentó en el banquillo y esperó. El juez leyó el veredicto. Culpable de 12 homicidios calificados, culpable de tentativa de homicidio, culpable de posesión ilegal de sustancia tóxica.
Sentencia 180 años de prisión, 15 años por cada homicidio, con atenuantes aplicados por estado emocional comprobado y ausencia de antecedentes sin posibilidad de libertad condicional. Centro de reclusión, Cerezo femenil de Santa Marta, Acatitla. Rosa no reaccionó, solo asintió ligeramente cuando le pusieron las esposas de nuevo la sacaron de la sala.
Los flashes de las cámaras la siguieron hasta la salida. Afuera del tribunal, un grupo pequeño de personas gritaba consignas: “¡Rosa libre! Justicia para los olvidados!” Otros gritaban lo contrario. “Asesina, que pague.” Rosa no escuchó nada, solo subió a la camioneta blindada que la llevaría de regreso al reclusorio. Nunca saldría de ahí.
El cerezo femenil de Santa Marta Catitla se convirtió en el hogar permanente de Rosa García. La clasificaron en el módulo de casos especiales donde recluían a mujeres con delitos graves o mediáticos. Compartía el piso con secuestradoras, narcotraficantes y una mujer que había asesinado a su familia completa.
Todas eran tratadas igual. Números, uniformes beige, rutinas inflexibles. Rosa se adaptó rápido. 30 años vendiendo tamales en Tepito le habían enseñado a sobrevivir en ambientes hostiles. No se quejaba, no lloraba, cumplía con las reglas. Despertaba a las 6 de la mañana cuando sonaba la chicharra. Hacía su cama con esquinas perfectas, barría su celda, formaba en fila para el desayuno.
Las otras internas la conocían por las noticias, algunas la respetaban. “Hiciste lo que tenías que hacer”, le decían. Otras la evitaban. Pensaban que estaba loca. ¿Quién en su sano juicio envenena a 12 personas con tamales? A Rosa no le importaba lo que pensaran. La asignaron a trabajar en la cocina del reclusorio. Era irónico y lo sabía.
Preparaba comida para 300, pelaba papas, cortaba verduras, revolvía ollas gigantes de arroz y frijoles. Las autoridades nunca la dejaban cerca de los condimentos. Era una medida de seguridad obvia, pero las otras cocineras le pedían consejos. Doña Rosa, ¿cómo le hago para que los frijoles queden suaves? Doña Rosa, ¿cuánta sal le he hecho al caldo? Rosa respondía con paciencia.
Enseñaba sin esperar nada a cambio. Un día, una interna joven se le acercó en el comedor. Tenía 22 años. Estaba presa por robo. Le preguntó si era cierto que sabía hacer tamales. Rosa asintió. La muchacha le pidió que le enseñara. Mi abuela los hacía, pero murió antes de enseñarme.
Cuando salga de aquí, quiero poner un puesto. Rosa aceptó. Durante los siguientes meses, le enseñó todo lo que sabía. Cómo preparar la masa? ¿Cómo limpiar las hojas de maíz? ¿Cómo calcular las porciones? ¿Cómo envolver para que no se saliera el relleno? La muchacha tomaba notas en un cuaderno que le prestaba la maestra de la escuela del reclusorio. Otras internas se unieron.
Pronto había cinco mujeres aprendiendo a hacer tamales en la cocina del cerezo. Las guardias lo permitían porque mantenía a las internas ocupadas. Rosa se convirtió en una especie de maestra de cocina informal, pero nunca volvió a hacer tamales para ella misma. Los hijos de Rosa la visitaban cada dos meses.
Viajaban desde Querétaro en autobús. Llegaban al reclusorio un sábado por la mañana. Pasaban 3 horas en la sala de visitas y se regresaban antes del anochecer. Las visitas eran difíciles. Se sentaban frente a Rosa con una mesa de metal entre ellos y una guardia vigilando a 2 metros de distancia. Hablaban de cosas sin importancia, del trabajo, del clima, de los vecinos en Querétaro.
Nunca mencionaban a Armando, nunca preguntaban por el caso. Era un acuerdo tácito. Pero en una visita, 6 meses después del juicio, el hijo mayor rompió el silencio. Mamá, ¿valió lapena? Rosa lo miró sin expresión. Luego miró sus propias manos sobre la mesa. Manos que habían preparado miles de tamales. Manos que habían envenenado a 12 hombres.
Manos que nunca volverían a tocar una olla fuera de la prisión. Tu padre está muerto, yo estoy aquí. Los que lo mataron también están muertos. No sé si eso es valer la pena. El hijo menor, el de 25 años, preguntó algo que llevaba meses queriendo preguntar. ¿Volverías a hacerlo, Rosa? tardó en responder. Miró hacia la ventana con barrotes de la sala de visitas.
Afuera había un patio donde las internas hacían ejercicio. Más allá solo muros de concreto y alambre de púas. No lo sé, pero no me arrepiento. Sus hijos no volvieron a hacer esas preguntas. En Tepito, la vida continuó como siempre. La Unión Tepito sufrió un golpe fuerte con la muerte de 12 operadores en 5 meses, pero la organización no colapsó.
Reclutaron gente nueva, ajustaron territorios, siguieron cobrando derecho de piso. La muerte de El Gordo Tapia y la ejecución posterior del Betito, por causas no relacionadas con Rosa, sino por conflictos internos, generaron un vacío de poder temporal. El CJNG intentó aprovechar la debilidad para tomar plazas en Tepito. Hubo enfrentamientos, 30 muertos en 6 meses, pero eventualmente la Unión se reorganizó y mantuvo el control.
Tepito siguió siendo Tepito. El puesto donde Rosa vendía tamales durante 28 años ahora era de Don Memo. Él vendía tortas y tamales. Los clientes viejos seguían llegando. Algunos preguntaban por doña Rosita. Don Memo les decía, “Está en el reclusorio, pero los tamales que hago son con su receta.” Era mentira. Don Memo nunca aprendió la receta de Rosa, pero los clientes querían creer que algo de ella seguía ahí.
En ese puesto, en esa esquina de Eje1 Norte, la Fiscalía General de Justicia emitió un comunicado después del juicio. Reconocieron que la investigación del asesinato de Armando Soto había sido deficiente. Prometieron reforzar la presencia policial en Tepito. Prometieron dar seguimiento a las carpetas de investigación abandonadas.
Prometieron muchas cosas, no cumplieron ninguna. Tepito siguió siendo una zona donde la ley no entraba y los muertos se contaban por docenas cada año. La diferencia era que ahora había una historia más que contar, la historia de la tamalera, que envenenó a 12 criminales y terminó con 180 años de sentencia.
En las calles, Rosa García se convirtió en leyenda. Algunos la llamaban justiciera, otros la llamaban asesina. Nadie podía estar de acuerdo, pero todos recordaban su nombre. La rutina en el cerezo se volvió predecible. Rosa despertaba, trabajaba, comía, dormía. Los días eran todos iguales. No había variaciones, no había sorpresas, solo el paso lento del tiempo en un espacio cerrado donde el futuro no existía.
Pero las noches eran diferentes. Las noches, cuando las luces se apagaban y el silencio llenaba las celdas, Rosa se quedaba despierta mirando el techo. Guardaba una foto de Armando debajo de su almohada. Era la única posesión personal que le permitían tener. Una foto vieja tomada en la lagunilla 20 años atrás.
Armando sonreía con las manos en los bolsillos. Rosa al lado, más joven, también sonriendo. No sacaba la foto durante el día, solo de noche, cuando nadie la veía. A veces susurraba cosas que nadie escuchaba. Ya no puedo guardarte el tamal más grande, ya no puedo hacer nada. Luego guardaba la foto de nuevo y cerraba los ojos. No lloraba.
Nunca lloraba, pero el peso en su pecho nunca se iba. Dos años después del juicio, en 2022, una periodista solicitó permiso para entrevistar a Rosa. El reclusorio aprobó la solicitud después de meses de trámites. La entrevista se realizó en una sala pequeña con una cámara de seguridad grabando todo.
La periodista era joven de unos 30 años con grabadora y cuaderno de notas. Le preguntó a Rosa cómo se sentía después de 2 años en prisión. Rosa respondió que se sentía igual que siempre. Le preguntó si extrañaba su vida anterior. Rosa dijo que sí, pero que esa vida ya no existía de todas formas. Le preguntó si creía que había logrado algo con lo que hizo.
Rosa se quedó callada un momento largo, luego respondió, “No logré nada. Armando sigue muerto. Yo estoy aquí. Los que lo mataron también están muertos, pero Tepito sigue igual. La unión sigue operando, nada cambió. Entonces, ¿fue en vano? No sé si fue en vano, solo sé que ya está hecho. La periodista publicó la entrevista en un medio digital, generó miles de comentarios.
Algunos decían que Rosa era un símbolo de la falla del Estado. Otros decían que era una criminal que merecía estar en prisión. Nadie estaba de acuerdo, pero todos tenían una opinión. En el reclusorio, Rosa siguió con su rutina. Siguió enseñando a hacer tamales. Siguió pelando papas. Siguió durmiendo con la foto de Armando debajo de la almohada.
Los años pasaron. En 2024, 4 añosdespués de su sentencia, Rosa cumplió 51 años. No hubo celebración, no hubo pastel, solo otro día igual a todos los demás. Sus hijos la visitaron ese fin de semana. Le llevaron una carta que habían escrito juntos. Decía que la querían, que entendían por qué hizo lo que hizo, que esperaban que encontrara paz.
Rosa leyó la carta sin expresión, la dobló y la guardó en el bolsillo de su uniforme. “Gracias”, dijo. “Nada más afuera del reclusorio, México seguía siendo México. Tepito seguía siendo Tepito. La violencia no había bajado. Los homicidios no habían disminuido. Las carpetas de investigación seguían acumulándose sin resolver.
Rosa García era solo un nombre más en una lista interminable de tragedias mexicanas, pero había algo que nadie podía negar. Durante 5 meses, en un barrio donde la ley no existía, una tamalera de 47 años había hecho lo que las autoridades no pudieron o no quisieron hacer. Había cobrado una deuda. No importaba si estaba bien o mal.
No importaba si era justicia o venganza. Lo único que importaba era que había sucedido y nadie en Tepito lo olvidaría jamás. En 2024, Rosa García Méndez lleva 4 años en el cerezo femenil de Santa Marta a Catitla. Tiene 51 años. Su cabello, que antes era completamente negro, ahora tiene hebras grises.
Las arrugas alrededor de sus ojos se han profundizado. Sus manos, que alguna vez fueron rápidas envolviendo tamales, ahora se mueven más lentas pelando verduras en la cocina del reclusorio. Nunca saldrá de prisión. Su sentencia de 180 años garantiza que morirá dentro de esos muros. No tiene posibilidad de libertad condicional, no tiene esperanza de indulto, solo tiene tiempo y mucho de él.
Las otras internas la respetan, no por miedo, sino porque ven en ella algo que muchas de ellas no tienen. Claridad. Rosa no se miente a sí misma. No se dice que era una heroína ni que era una víctima. Solo se dice que hizo lo que creyó necesario y que ahora paga las consecuencias. De vez en cuando llegan internas nuevas que han escuchado su historia, le preguntan si es cierto, si realmente envenenó a 12 hombres con tamales.
Rosa asiente sin dar detalles. No le gusta hablar del tema, no porque sienta vergüenza, sino porque ya no hay nada que decir. Sus hijos siguen visitándola cada dos meses. Ya no le preguntan si valió la pena. Ya no le preguntan si se arrepiente, solo hablan de cosas cotidianas. El hijo mayor se casó, el menor tuvo un hijo.
Rosa tiene un nieto que nunca ha visto fuera de fotografías. El niño tiene 2 años. En las fotos sonríe abrazando un peluche. Rosa guarda esas fotos junto a la foto de Armando. Las mira antes de dormir. Piensa en cómo sería su vida si nada de esto hubiera pasado. Si Armando siguiera vivo, si hubieran abierto su local de tamales en la colonia Morelos, si sus nietos pudieran visitarla en una casa en lugar de un reclusorio.
Pero esos pensamientos no duran mucho. Rosa aprendió hace tiempo que pensar en lo que pudo ser solo hace más difícil lo que es. En Tepito, el nombre de Rosa García se convirtió en parte del folklore local. Los vendedores ambulantes cuentan su historia a los turistas que se atreven a entrar al barrio.
Algunos la presentan como una heroína que desafió a los criminales. Otros la presentan como una advertencia de lo que pasa cuando la desesperación supera a la razón. El puesto donde Rosa vendió tamales durante 28 años sigue operando. Don Memo murió en 2023 de un infarto. Su hijo tomó el negocio. Ahora vende quesadillas y tamales. El letrero cambió otra vez.
Dice Quesadillas, el gero. Ya nadie pregunta por doña Rosita. Los clientes nuevos ni siquiera saben quién era. La Fiscalía General de Justicia cerró oficialmente la investigación del asesinato de Armando Soto en 2021. La carpeta quedó marcada como sin resolver por falta de evidencias. Los tres sicarios que lo mataron, el flaco, el Cholo y el Kevin, ya estaban muertos para entonces.
No hubo más arrestos, no hubo más indagaciones. La Unión Tepito sigue controlando el barrio. Hay nuevos líderes, nuevos sicarios, nuevos cobradores. El ciclo no se rompió. Los puestos ambulantes siguen pagando derecho de piso. Los talleres mecánicos siguen trabajando con miedo. Las ejecuciones siguen sucediendo. Nada cambió. Rosa lo sabía, siempre lo supo.
Nunca pensó que sus acciones iban a transformar Tepito ni a desmantelar a la Unión. Solo quería cobrar una deuda personal. Y lo hizo. 12 nombres en un cuaderno. 12 vidas que terminaron comiendo sus tamales. Ahora, en su celda del cerezo, Rosa piensa en eso. A veces piensa en el chino comiendo su tamal en el puesto, en el [ __ ] riéndose después de cobrar el derecho de piso, en los sicarios de la posada disfrutando la comida que ella preparó.
No siente satisfacción, tampoco siente remordimiento, solo siente vacío. Hace tr meses, una compañera de celda le preguntó, “Doña Rosa, ¿usted cree en Dios?” Rosa respondió, “Creía.” “Ya nosé.” La compañera insistió, “¿Cree que Dios la va a perdonar?” Rosa se quedó callada. Luego dijo, “No sé si Dios perdona, pero yo no busco perdón.
Busqué justicia. No la encontré en los tribunales, la busqué a mi manera. Ahora estoy aquí. Es la única explicación que tiene, la única que puede dar. La historia de Rosa García Méndez es la historia de muchas personas en México. Personas que pierden a sus seres queridos y nunca ven justicia. Personas que se enfrentan a un sistema que no funciona.
Autoridades que no responden, a criminales que operan sin consecuencias. La diferencia es que Rosa decidió actuar y pagó el precio más alto posible. Pasará el resto de su vida en prisión. Sus hijos crecerán sin ella. Su nieto nunca la conocerá fuera de una sala de visitas. Armando seguirá muerto. Tepito seguirá siendo Tepito.
Pero durante 5 meses, entre octubre de 2019 y marzo de 2020, una tamalera de 47 años logró algo que el Estado mexicano no pudo hacer que 12 criminales pagaran por sus acciones. No fue justicia, no fue heroísmo, fue venganza fría, calculada, letal. Y ahora Rosa García vive con eso. Cada día, cada noche, cada despertar en una celda de 2 por 3 m con una foto de Armando debajo de la almohada, con las manos que alguna vez prepararon tamales para alimentar a Tepito, ahora pelando papas para alimentar a 300 reclusas.
La pregunta que nadie puede responder es simple, ¿fue una asesina serial o fue la única forma de justicia que Tepito conoció? Rosa no tiene la respuesta, solo tiene su celda, su rutina y el peso de 12 nombres tachados en un cuaderno que ahora está guardado en una bodega de evidencias de la fiscalía.
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