“TORTILLERA JUSTICIERA” DE ECATEPEC: GUADALUPE MORALES ENV3N3NÓ A MÁS DE 13 SICARIOS DEL CJNG… –

Eccatepec, Estado de México. Junio de 2019. Una abuelita de 68 años es detenida frente a su puesto de tortillas mientras paramédicos de Cruz Roja intentan reanimar a un hombre que convulsiona en pleno pavimento. El cargo, envenenar a 13 sicarios del cártel Jalisco Nueva Generación. Su arma tortillas hechas a mano con una receta que aprendió de su abuela curandera.
Tres meses antes, una bala perdida le arrebató a su nieta de 12 años durante una persecución entre criminales. La fiscalía archivó el caso sin detenidos. Guadalupe Morales decidió entonces que si el Estado no haría justicia, ella sí lo haría. Esta es la historia de la [ __ ] que convirtió su oficio en sentencia de muerte.
Guadalupe Morales Vázquez llevaba 42 años amasando tortillas en el mismo puesto de lámina oxidada ubicado en avenida central esquina con Morelos en la colonia San Cristóbal de Ecatepec. A sus años, sus manos arrugadas conocían el punto exacto de la masa, la temperatura ideal del comal, el momento justo para voltear cada tortilla antes de que se quemara.
Desde las 4 de la mañana hasta las 7 de la noche, 6 días a la semana, Lupita alimentaba a generaciones completas de trabajadores, estudiantes y familias humildes que poblaban uno de los municipios más peligrosos del Estado de México. Nacida en Actopán, Hidalgo, en 1951. Lupita migró a Ecatepec en 1977 junto a su esposo Rigoberto, buscando mejores oportunidades en la zona conurbada de la Ciudad de México.
Instalaron el puesto con un crédito de 1500 pesos que tardaron 3 años en pagar. Rigoberto trabajaba como albañil en obras de la autopista México Pachuca mientras Lupita levantaba el negocio desde cero. Tuvieron tres hijos. Carlos y Rosa emigraron a Estados Unidos en busca del sueño americano, mientras Patricia se quedó trabajando como cajera en una bodega aurrerá cercana.
En 2008, Rigoberto falleció por complicaciones de diabetes. Lupita quedó viuda, pero nunca dejó de trabajar. El puesto era su vida, su identidad, su razón de levantarse cada madrugada. Los vecinos la conocían como la abuela de todos, porque durante décadas regaló tortillas calientes a niños sin recursos.
Mantuvo una libreta de cuentas fiadas con deudas de 20 años que jamás cobró y fue testigo silencioso de cómo Ecatepec se transformaba de un pueblo obrero en un territorio marcado por la violencia del crimen organizado. Pero lo que nadie sabía era que Lupita guardaba un secreto heredado de su infancia. Su abuela materna, una curandera zapoteca que vivió entre 180 y 1980, le enseñó los secretos de la herbolaria tradicional mexicana.
Remedios para el empacho, tés para el mal de ojo, pomadas para dolores musculares y también en páginas escritas con tinta café y marcadas con una cruz negra, las recetas de plantas que quitaban la vida. El que siembra vientos cosecha tempestades”, decía una frase que su abuela escribió a mano en una fotografía desgastada que Lupita cargaba en su cartera desde hacía décadas.
Lupita vivía en una casa de interés social de dos recámaras junto a su hija Patricia y su nieta Dulce María, una niña de 12 años que estudiaba en la secundaria técnica número 89, ubicada a seis cuadras del puesto. Dulce era la luz de los ojos de Lupita. Cada mañana a las 7 en punto, la niña pasaba por el puesto rumbo a la escuela con su uniforme impecable y su mochila del club América. “Buenos días, Abué.
¿Me apartas gorditas de frijol para la tarde?”, decía con una sonrisa que iluminaba la calle todavía oscura. Lupita le daba un beso en la frente y 20 pesos para su lunch. “Para que comas bien, mi reina”, respondía siempre. Por las tardes, después de clases, Dulce regresaba y se sentaba en la banquita de madera del puesto a hacer tarea mientras ayudaba a contar tortillas y atender a clientes.
Los sábados aprendía a preparar tortillas de colores usando remolacha para las rosas, espinaca para las verdes y jamaica para las moradas, que vendían en día de muertos y fiestas patronales. El sueño de Lupita era ahorrar 80.000 pesos para inscribir a Dulce en la preparatoria del Centro de Estudios Científicos y Tecnológicos del Instituto Politécnico Nacional.
“Vas a ser enfermera, mija hija”, la primera profesionista de la familia Morales le decía con orgullo mientras amasaba la masa del día. Pero Ecatepec no era un lugar para sueños tranquilos. Con 1,600,000 habitantes, el municipio registraba uno de los índices de criminalidad más altos del país.
Feminicidios, secuestros, extorsiones y enfrentamientos entre células del cártel Jalisco, nueva generación y remanentes de la familia michoacana eran parte del paisaje cotidiano. La zona norte estaba dividida territorialmente y Avenida Central funcionaba como corredor comercial, donde los sicarios cobraban cuotas semanales a cada negocio.
Las carnicerías pagaban 800 pesos, las tortillerías 500, las tiendas de abarrotes 300. Lupita pagaba religiosamente cada viernes.Sicarios jóvenes de entre 15 y 25 años llegaban en motocicletas Italica con placas sobrepuestas. Tatuajes en brazos y cuellos, miradas frías y pistolas fajadas en la cintura.
Aquí está su cuota, joven decía Lupita entregando los billetes sin protestar. No quiero problemas, así están las cosas. Dulce, curiosa como toda niña, un día preguntó, “Awe. ¿Por qué les das dinero a esos muchachos?” Lupita acarició su cabello negro y respondió con tristeza, “Porque así nos dejan trabajar en paz, mi amor.
Algún día esto va a cambiar.” Pero el cambio que llegó no fue el que Lupita esperaba. Y cuando llegó fue con el sonido de ráfagas de cuerno de chivo y el grito desgarrador de una abuela sosteniendo el cuerpo sin vida de su nieta en medio de la calle. 12 de marzo de 2019. 6:45 de la tarde.
Dulce María salió de casa de su amiga Fernanda después de terminar un trabajo escolar de ciencias naturales sobre la fotosíntesis. Caminó tres cuadras por la colonia Jardines de Morelos, rumbo a avenida Central, para tomar la combi que la llevaría de regreso a su casa. El cielo todavía conservaba algo de luz. La calle Jacarandas estaba llena de vecinos regresando del trabajo, niños jugando fútbol en banquetas, señoras cerrando puestos de fritangas.
A 800 m del puesto de Lupita, en ese mismo instante, una suburba negra blindada con placas sobrepuestas aceleraba a 90 km porh, persiguiendo a un joven de 19 años apodado, el Tlacuache, integrante de la Unión Tepito, que había invadido territorio del cártel Jalisco Nueva Generación, vendiendo cristal en la colonia Shalostock.
Dos motocicletas Yamaha escoltaban la camioneta. Los sicarios disparaban ráfagas de AK47 hacia el fugitivo que corría desesperado entre los autos estacionados. La Suburban rebasó una combi escolar a toda velocidad, casi volcándola contra un poste de luz. Los niños dentro gritaron aterrorizados. Las motocicletas dispararon sin control.
El tlacuache intentó esconderse detrás de un puesto de tacos, pero las balas destrozaron las láminas del techo y quebraron los vidrios de tres casas vecinas. La gente se tiró al suelo. Madres cubrieron a sus hijos con sus cuerpos. Don Memo, dueño de una tlapalería, alcanzó a jalar hacia adentro a dos ancianos que caminaban por la banqueta.
Dulce María estaba en la acera equivocada. Cargaba su mochila del América en la espalda y su cuaderno de ciencias abierto en las manos, repasando las notas que había tomado esa tarde. Una bala perdida calibre 7.62 impactó en su espalda a la altura del pulmón izquierdo. La niña cayó de rodillas sin entender qué había pasado. Su cuaderno se deslizó por el pavimento mostrando su caligrafía perfecta.
La fotosíntesis es el proceso mediante el cual las plantas. Una segunda bala rebotada en un poste metálico impactó en su cráneo. Don Memo marcó al 911 gritando con voz quebrada. Las sirenas se escucharon a lo lejos, pero Ecatepec es enorme y el tráfico vespertino convierte cada emergencia en una carrera contra el tiempo.
Lupita, que estaba limpiando el comal de su puesto, preparándose para cerrar, escuchó las ambulancias acercarse por avenida Central. Algo en su pecho se rompió. Una madre siempre sabe cuando algo malo le pasa a sus hijos. Una abuela también. Corrió descalza por el pavimento caliente, empujando gente, esquivando autos, siguiendo el sonido de las sirenas.
Cuando llegó a la calle Jacarandas, encontró un cordón de curiosos, patrullas de la policía municipal con luces encendidas, paramédicos de Cruz Roja desplegando equipo. Y en medio del círculo, tirada sobre el asfalto, con un charco rojizo expandiéndose debajo de su cuerpo, estaba Dulce María. Lupita atravesó el cordón humano empujando a un policía que intentó detenerla.
Se arrodilló junto a su nieta y la tomó en brazos. La mochila del América estaba tirada a 2 m. El cuaderno de ciencias abierto mostraba dibujos de hojas y cloroplastos hechos con plumones de colores. Las manos de dulce todavía estaban tibias, pero sus ojos ya no enfocaban. “Awe. Me duele”, susurró con voz ahogada. Lupita la apretó contra su pecho, meciéndola como cuando era bebé.
Ya viene la ambulancia, mi amor. Aguanta, mi reina, por favor, aguanta. Dulce cerró los ojos. Su respiración se detuvo 4 minutos antes de que llegara la segunda ambulancia que traía equipo de reanimación avanzada. La niña de 12 años, que soñaba con ser enfermera, murió en los brazos de su abuela en medio de una calle de Ecatepec.
Los paramédicos intentaron reanimarla durante 15 minutos con presiones torácicas, ventilación asistida, adrenalina intravenosa. Nada funcionó. A las 7:17 de la noche, el médico de la Cruz Roja certificó el fallecimiento. Lupita no lloró. Se quedó sentada en el pavimento, sosteniendo el cuerpo sin vida de dulce con la mirada perdida en el cielo que empezaba a oscurecer.
Los sicarios no se habían detenido. Uno de ellos bajó de su motocicleta, caminóhasta donde el tlacuache se escondía detrás de un contenedor de basura y le disparó tres veces en la cabeza a quemarropa. Luego huyeron dejando 17 casquillos esparcidos por toda la calle. 17 testigos vieron todo. Cero declaraciones se presentaron ante el Ministerio Público.
El miedo necatepec no necesita explicación. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo. 14 de marzo de 2019, dos días después del asesinato de Dulce María, Lupita llegó a las oficinas de la Fiscalía Regional de Ecatepec, ubicadas en Avenida Central.
Un edificio de tres pisos con fachada gris y ventanas protegidas con rejas metálicas. Esperó 4 horas sentada en una silla de plástico roto junto a otras 20 personas que también buscaban justicia. Madres de desaparecidos, esposas de ejecutados, hijos de secuestrados, todos con la misma expresión de dolor contenido y esperanza agonizante.
Cuando finalmente la atendieron, el agente del Ministerio Público era un hombre de unos 40 años con ojeras profundas y una torre de expedientes apilados sobre su escritorio que casi tocaba el techo. La oficina olía a café rancio y papel viejo. El ventilador giraba haciendo un ruido metálico insoportable.
El agente revisó la carpeta de investigación número emx/fsc/st/ui-1c/d/080034/03-2019. Mientras Lupita esperaba con las manos entrelazadas sobre su regazo. “Señora Morales”, dijo el agente sin levantar la vista de los papeles. Entiendo su dolor, de verdad lo entiendo, pero sin testigos que declaren formalmente, no podemos hacer nada.
Y usted sabe cómo están las cosas aquí en Ecatepec. La gente tiene miedo. Los testigos se retractan o desaparecen. Las cámaras de seguridad siempre están descompuestas o apuntando hacia otro lado cuando pasa algo. Tenemos 17 personas que estuvieron presentes según el parte policial, pero ninguna quiere declarar. Lupita apretó los puños. Mi nieta tenía 12 años.
Iba caminando de regreso a su casa con su mochila de la escuela. No era delincuente, no estaba metida en nada. y me dice que no pueden hacer nada. El agente suspiró con cansancio. Señora, créame que quisiera darle otra respuesta, pero este caso está clasificado como homicidio culposo en contexto de enfrentamiento entre grupos delictivos.
Su nieta fue víctima colateral. Los responsables huyeron. No tenemos placas de los vehículos porque eran sobrepuestas. No tenemos identificación de los tiradores porque usaban pasamontañas. No tenemos casquillos. útiles porque fueron recogidos por los propios sicarios y sin testigos protegidos que declaren esto se va a quedar en el archivo muerto.
Lupita sintió que algo se quebraba dentro de su pecho. No era tristeza, era algo más oscuro, más profundo, más peligroso. Entonces, mi nieta murió y nadie va a pagar. El agente cerró la carpeta y la miró directamente a los ojos por primera vez. Señora Morales, le voy a ser franco. En Ecatepec tenemos un promedio de 120 homicidios al mes. 120.
30% quedan sin resolver. Los recursos no alcanzan. El personal no alcanza. La policía de investigación está saturada. Y cuando logramos detener a alguien, los jueces lo sueltan por fallas en el proceso. Así es el sistema. Lupita se levantó sin decir nada más. Caminó hacia la salida con pasos lentos, como si cada uno le costara un esfuerzo sobrehumano.
Pasó junto a las otras madres que seguían esperando su turno, todas con la misma expresión de derrota anticipada. Al salir del edificio, el sol de marzo le pegó en la cara. La ciudad seguía funcionando como si nada. Combis repletas de pasajeros, vendedores ambulantes gritando ofertas, niños corriendo hacia las escuelas.
La vida continuaba para todos, menos para ella. 48 horas después del entierro de dulce, una manta apareció colgada en el puente peatonal de Avenida Central con Vía Morelos, tela blanca con letras negras pintadas con aerosol. Así les pasa a los que se meten con el Sejeng y su plaza. ATT la letra. La letra era el apodo de Óscar Iván Gutiérrez Montes, líder de la célula del cártel Jalisco Nueva Generación que controlaba ocho colonias de Ecatepec, incluyendo Shallostock, Jardines de Morelos, San Cristóbal y las Américas.
ex soldado desertor del ejército mexicano desde 2009 comandaba a más de 40 sicarios y operaba desde una casa de seguridad en calle Pinos número 47. Los comerciantes de la zona bajaron la cabeza y siguieron pagando sus cuotas. Los vecinos evitaron mirar la manta directamente. La policía municipal pasó tres veces frente al puente, pero nunca la quitó.
Permaneció colgada durante una semana hasta que el viento la desgarró y cayó al pavimento donde fue pisoteada por miles de zapatos hasta convertirse en trapo sucio. Lupita pasó debajo de esa manta cada día rumbo a su puesto. La leyó completa cada vez memorizó cada letra y cada vez que la leía algo dentrode ella se endurecía un poco más.
16 de marzo de 2019. Panteón municipal San Lorenzo, Tetxtac. Dulce María fue enterrada en un ataúd blanco infantil con manijas doradas. La vistieron con su uniforme escolar porque así lo pidió Lupita, que la entierren como lo que era. Una niña que iba a la escuela, que hacía su tarea, que soñaba con ser enfermera.
Una corona de flores blancas con un listón morado llevaba la inscripción. Descansa en paz, mi ángel. tu abuela Lupita. 200 personas asistieron al funeral. Vecinos del barrio, compañeros de secundaria con sus uniformes, maestros llorando en silencio, comerciantes de avenida central que cerraron sus negocios por dos horas para acompañar a la familia.
Todos sabían quién había matado a Dulce. Todos sabían que los responsables seguían operando libremente en las mismas calles donde la niña había crecido. Nadie decía nada. El miedo en Ecatepec tiene raíces más profundas que cualquier árbol del cementerio. Lupita no lloró durante la ceremonia.
Su rostro era una máscara de piedra, ojos secos, mandíbula apretada, manos entrelazadas sobre su regazo. Patricia, su hija, soyosaba desconsolada junto a ella. Los hermanos de Lupita, que vivían en Estados Unidos, no pudieron viajar por problemas migratorios. El padre Anselmo de la Iglesia de San Cristóbal ofició un responso breve.
Dios recibe en su reino a los inocentes que parten antes de tiempo. Dulce María está ahora libre de este mundo de dolor y violencia. Cuando el ataúd a la fosa, Patricia se derrumbó gritando. Dos vecinas tuvieron que sostenerla para que no se tirara dentro del hoyo. Lupita se quedó parada al borde, mirando fijamente la caja blanca que contenía el cuerpo de su nieta.
Durante el responso, mientras el padre hablaba sobre el perdón y la misericordia divina, Lupita miró la fotografía de dulce colocada sobre el ataúdurró algo que nadie más escuchó. Te lo juro por Dios y por tu mamá que esto no se queda así, mi niña. Te lo juro. Esa noche, después de que todos se fueron, después de que Patricia se quedó dormida, sedada por los tranquilizantes que le recetó el médico del centro de salud, Lupita entró al closet que había pertenecido a su madre fallecida.
Movió cajas de zapatos viejos, ropa que ya nadie usaba, bolsas de plástico llenas de fotografías descoloridas. Al fondo, debajo de tres cobijas comidas por la polilla, encontró una caja de lata oxidada del tamaño de una caja de zapatos. La abrió sentada en el piso de su recámara con la puerta cerrada.
Adentro había cuadernos escritos a mano por su abuela curandera, que había fallecido en 1998 a los 108 años de edad. Las páginas amarillentas olían a humedad y hierbas secas. estaban organizadas por temas, remedios para el empacho, tes para calmar nervios, pomadas para dolores de huesos, aguas para limpias espirituales.
Lupita pasó las hojas lentamente hasta llegar a la última sección marcada con una cruz negra dibujada con tinta café. El título decía Plantas que quitan la vida. Su abuela había escrito con letra temblorosa pero legible. Risino, risinus comunis, higuerilla. Las semillas molidas matan en dos días.
Ocho semillas bastan adulto. Síntomas. Vómito violento, sangre en esceses, dolor de vientre insoportable. Parece cólera o intoxicación natural. Nadie sospecha. Mis ancestros zapotecos lo usaban contra los conquistadores que violaban a nuestras mujeres. Otra página hablaba del Tolo H. Daturas Tramonium, hierba del [ __ ] causa locura antes de matar.
Los españoles le temían más que a las flechas. Una tercera mencionaba la Adelfa, Nerio o Leander. Flor bonita pero veneno fuerte, hervida en agua, detiene el corazón en horas. Los antiguos la ponían en el agua de los enemigos. Lupita leyó cada página tres veces. Memorizó cantidades, tiempos de preparación, síntomas, formas de administración.
Su abuela había sido curandera, pero también había sido guardiana de conocimientos prohibidos que se transmitían de generación en generación desde tiempos prehispánicos. 21 de marzo, 5 días después del funeral, Lupita reabrió su puesto de tortillas. Los vecinos se sorprendieron de verla de vuelta tan pronto.
“Doña Lupita no quiere tomarse más tiempo”, le preguntó don Chepe el carnicero. Ella negó con la cabeza mientras encendía el comal. “El trabajo me ayuda a no pensar y además necesito el dinero para pagar el terreno del panteón.” Pero sus manos ya no temblaban como antes. Su mirada estaba vacía de una forma que inquietaba a quienes la conocían desde hacía décadas.
Esa misma tarde, Lupita tomó el metro hasta la terminal Pantitlán y de ahí un microbús hacia el centro histórico de la Ciudad de México. Bajó en la calle República de Colombia y caminó hasta el mercado de Sonora, famoso por vender plantas medicinales, amuletos, hierbas de todo tipo. Recorrió los pasillos estrechos entre puestos repletos de raíces secas, flores deshidratadas,semillas en costales de yute.
encontró lo que buscaba en un local atendido por una anciana oaxaqueña que mascaba chicle de copal. “Señora, ¿tiene semillas de risino?” La anciana la miró con ojos entrecerrados. “Higuerilla, sí tengo. ¿Para qué las necesita?” Lupita había preparado la respuesta. “Mi comadre tiene problemas de estreñimiento muy fuertes.
Me dijeron que el aceite de risino ayuda.” La anciana asintió. El aceite sí se usa para eso, pero tiene que saber prepararlo bien porque las semillas son tóxicas si se comen directas. Lupita compró 2 kg de semillas por 300 pesos. Nadie le pidió identificación, nadie preguntó nada más. Lupita convirtió la pequeña cocina de su casa en un laboratorio silencioso.
Trabajaba de madrugada entre las 2 y las 5 de la mañana cuando Patricia dormía profundamente en la habitación contigua. Colocó las semillas de risino sobre un plato hondo y comenzó a triturarlas con el molcajete de piedra volcánica que había heredado de su madre. El sonido rítmico del tejolote contra la piedra era lo único que rompía el silencio de la noche.
Siguió las instrucciones del cuaderno de su abuela al pie de la letra. Trituró hasta obtener un polvo fino color café claro. Luego hirvió ese polvo en una olla pequeña con cal disuelta en agua, la misma cal que usaba para nixtamalizar el maíz de sus tortillas. La mezcla despedía un olor amargo que Lupita neutralizaba quemando incienso de copal.
Redujo el líquido durante dos horas a fuego lento hasta obtener una pasta espesa y concentrada. Según los cálculos de su abuela, esa concentración era 10 veces más potente que el veneno natural de las semillas. Para ocultar el sabor amargo, mezcló la pasta con especias comunes, comino tostado molido, chile guajillo en polvo, una pizca de sal.
El resultado era una sustancia que podía incorporarse a la masa de tortillas sin alterar significativamente el sabor. 8 g de esa preparación, mezclados en 1 kg de masa, eran suficientes para matar a dos personas adultas. Los síntomas aparecerían entre 6 y 24 horas después del consumo. Dolor abdominal intenso, vómitos incontrolables, diarrea con sangre, falla renal, convulsiones, muerte.
Lupita guardó la preparación en un frasco de vidrio con tapa hermética escondido al fondo del refrigerador detrás de los envases de salsa y frijoles. Etiquetó el frasco como adobo para carnitas para evitar sospechas. Luego desarrolló un sistema de sus tortillas. Compró canastas de mimbre idénticas en el mercado de San Cristóbal. Una la forró con un trapo de cocina blanco, la otra con un trapo a cuadros rojos y blancos.
Las tortillas normales irían en la canasta con trapo blanco, las tortillas envenenadas en la canasta con trapo a cuadros rojos. Durante dos semanas, Lupita observó. Llegaba a su puesto a las 4 de la mañana como siempre. Encendía el comal, preparaba la masa del día, atendía a sus clientes habituales, pero ahora prestaba atención obsesiva a cada rostro joven que pasaba en motocicleta, a cada tatuaje que asomaba bajo las mangas de las camisas, a cada conversación que escuchaba cuando los sicarios se detenían a comprar.
42 años operando el mismo puesto, le habían dado un conocimiento enciclopédico del barrio. Sabía quiénes eran locales y quiénes eran foráneos. Conocía las caras, los nombres, los apodos. Identificó a su primer objetivo el 28 de marzo. Brian Uriel Sánchez, 22 años, apodado el Greñas por su cabello largo y descuidado.
Sicario Raso del CJNG, encargado de cobrar las cuotas de protección en los comercios de avenida central. Lupita lo había visto cientos de veces durante los últimos 3 años. Siempre llegaba en su motocicleta Itálica Negra. Siempre llevaba puesta una camiseta sin mangas que dejaba ver un tatuaje en su antebrazo derecho, las letras Z the en con una calavera debajo.
Pero lo más importante era que Lupita lo había visto el 12 de marzo. Estaba en su puesto cuando escuchó las ráfagas de cuerno de chivo a ocho cuadras de distancia. Corrió hacia el lugar y en el camino vio pasar las dos motocicletas Yamaha huyendo a toda velocidad por avenida central. El greñas conducía una de ellas.
Lupita recordaba perfectamente su rostro detrás del pasamontañas a medio subir, el tatuaje visible en su brazo, la forma en que aceleró haciendo rugir el motor mientras su compañero guardaba el AK47 entre sus piernas. El 28 de marzo a las 10:30 de la mañana, el Greñas llegó al puesto como cualquier otro día. Doña Lupita, me da un kilo de tortillas y cinco gorditas de chicharrón con queso.
Y que estén calientitas, ¿eh? Lupita sonrió con la misma amabilidad de siempre. Ahorita mismo, mijo, para llevar. El greñas revisaba su celular distraído. Sí, doña, tengo hambre. Y hoy va a estar pesado el jale. Lupita se giró hacia sus canastas. Su mano derecha fue directamente hacia la canasta con trapo a cuadros rojos.
Tomó exactamente 1 kil de tortillas envenenadas, todavíatibias del comal. Las pesó en su báscula mecánica para confirmar el peso exacto. Luego preparó cinco gorditas usando masa del mismo lote envenenado, rellenándolas con chicharrón prensado y queso Oaxaca derretido. Las envolvió cuidadosamente en papel aluminio para mantener el calor. Son 80 pesos, joven.
El greñas sacó un billete de 100 pesos arrugado de su bolsillo. Quédese con el cambio, doña. Usted siempre nos atiende bien. Lupita tomó el billete y lo guardó en su mandil. Gracias, mijo, que le vaya bien. El greñas guardó la bolsa en el compartimento bajo el asiento de su itálica y se alejó acelerando. Lupita lo vio desaparecer entre el tráfico de avenida central, limpió sus manos en su mandil, regresó al comal y siguió atendiendo a sus otros clientes como si nada hubiera pasado.
Pero dentro de su cabeza, una voz tranquila susurró uno. El Greñas llegó a la casa de seguridad de calle Pinos número 47, cerca de las 6:30 de la tarde. Era una construcción de dos pisos con fachada de block sin pintar, rejas metálicas en todas las ventanas y una puerta de metal reforzada. Adentro vivían ocho sicarios que operaban bajo las órdenes directas de el comandante rojo.
Había colchones tirados en el suelo, televisión de pantalla grande sintonizada en un canal de fútbol, cajas de cerveza apiladas en la cocina, armas guardadas en un closet con candado. El Greñas entró cargando su bolsa de tortillas y gorditas, traje cena, perros. De la doña Lupita, las mejores tortillas de Ecatepec. Sus compañeros estaban jugando FIFA en la PlayStation. Pásale, cabrón.
Ahorita hacemos tacos con lo que haya en el refri. El Greñas devoró cuatro gorditas él solo mientras veía el partido en la televisión. Usó las tortillas para preparar tacos improvisados con jamón, queso y salsa Valentina que encontró en el refrigerador. Están perronas estas tortillas. La vieja sí sabe hacer su chamba.
A las 10 de la noche, el greñas sintió el primer calambre en el estómago. Pensó que era por comer demasiado rápido. Media hora después, el dolor se intensificó hasta volverse insoportable. Corrió al baño y vomitó violentamente. Las arcadas eran tan fuertes que le dolían las costillas. Cuando terminó, se quedó sentado en el piso del baño respirando con dificultad.
“Pinche comida de la calle”, murmuró limpiándose la boca con papel. A las 11:30 de la noche comenzó la diarrea. Cada 15 minutos tenía que correr al baño. Sus compañeros se burlaban desde la sala. Gey, seguro comiste algo echado a perder. Tómate un té de manzanilla y ya. Pero el té no ayudó.
A medianoche, el greñas notó que sus esces tenían sangre, mucha sangre. El dolor abdominal era tan intenso que no podía mantenerse de pie. se acostó en su colchón en posición fetal, sudando frío, temblando. A las 3 de la mañana empezaron las convulsiones. Su cuerpo se sacudía sin control. Espuma blanca salía de su boca.
Uno de sus compañeros, el Chucki, lo encontró tirado junto a su colchón con los ojos en blanco. [ __ ] este cabrón se está muriendo. Llamaron al Dr. Chui, un médico que había perdido su cédula por negligencia, pero seguía atendiendo de manera clandestina a sicarios, narcotraficantes y cualquiera que pagara en efectivo sin hacer preguntas. El Dr.
Chuy llegó 40 minutos después con su maletín negro desgastado. Revisó a Elgreñas tomándole el pulso, revisando sus pupilas con una linterna de bolsillo palpando su abdomen hinchado. Este muchacho tiene una intoxicación severa. Necesita un hospital, suero intravenoso, diálisis probablemente. Yo no puedo hacer nada aquí con lo que traigo. El Chui negó con la cabeza.
No podemos llevarlo a un hospital, doc, usted sabe cómo es esto. Haga lo que pueda. El doctor Chui intentó hidratarlo con suero oral, le inyectó un antihemético para controlar los vómitos, le dio analgésicos para el dolor. Nada funcionó. A las 5 de la mañana del 29 de marzo, Brian Uriel Sánchez, alias el Greñas, murió en el piso de la casa de seguridad.
Su cuerpo había colapsado por falla renal aguda y shock hipobolémico causado por la pérdida masiva de líquidos. El Dr. Chui firmó un certificado de defunción falso indicando intoxicación alimentaria aguda por bacteria no identificada. La familia de Elgreñas, que vivía en la colonia Aragón en Nesawalcoyutlle fue notificada esa misma mañana.
Su madre exigió ver el cuerpo, pero el comandante rojo se negó. Señora, su hijo se intoxicó con comida en mal estado. Ya está muy descompuesto. Es mejor que lo recordemos cómo era. La cremaron ese mismo día en un horno clandestino que operaba en Chimaluacán. Las cenizas fueron entregadas a la madre en una urna de cerámica barata comprada en un Copel.
Lupita se enteró de la muerte tres días después. Doña Chole, una vecina que vendía elotes en la esquina, le contó mientras compraba tortillas. Oiga, doña Lupita, ya supo que se murió uno de esos muchachos que andan en lasmotos. El greñas, el que siempre pasaba por aquí. Dice que se intoxicó con comida de la calle. Lupita siguió amasando sin levantar la vista.
Qué tristeza tan joven. Dios tenga misericordia de su alma. Esa noche, sola en su cocina después de que Patricia se durmió, Lupita sacó un cuaderno nuevo que había comprado en una papelería. lo escondía bajo su colchón dentro de una bolsa de plástico. Abrió la primera página y dibujó una pequeña cruz negra con pluma de tinta.
Debajo escribió El Greñas, 28 de marzo de 2019. cerró el cuaderno, lo guardó de nuevo, apagó la luz y se acostó mirando el techo oscuro. Por primera vez en 16 días durmió 4 horas seguidas sin despertarse gritando. En su último pensamiento consciente, antes de quedarse dormida, susurró hacia la fotografía de dulce que tenía en su buró.
Por ti, mi niña, para que descanses. Entre abril y mayo de 2019, seis sicarios más murieron con síntomas idénticos. Lupita había perfeccionado su método hasta convertirlo en una operación de precisión quirúrgica. Observaba, identificaba, esperaba el momento exacto, servía las tortillas envenenadas, registraba en su cuaderno. Cada muerte parecía un caso aislado de intoxicación alimentaria.
o infección gastrointestinal aguda. Nadie conectaba los puntos porque las víctimas morían en diferentes lugares y en diferentes momentos. El 5 de abril murió Kevin Alexis Ramírez, apodado El Kevin, de 19 años. Lupita lo envenenó el 3 de abril cuando llegó a comprar 2 kilos de tortillas para la banda.
Kevin estaba preso en el cerezo de Nesawalcoyotle portación de arma de fuego, pero ese día había salido con permiso especial para asistir a la boda de su hermana. Compró las tortillas rumbo al salón de fiestas, las compartió con otros cinco invitados durante el convivio. Kevin fue el único que comió más de 10 tortillas porque estaba hambriento después de meses comiendo la comida horrible del penal.
regresó al cerezo esa misma noche. A las 4 de la mañana despertó con dolores abdominales terribles. Los custodios lo encontraron vomitando sangre en el piso de su celda. Lo llevaron a la enfermería del penal, donde una doctora de guardia intentó estabilizarlo con suero intravenoso. Cuando vio que el cuadro empeoraba, pidió autorización para trasladarlo al hospital general.
La autorización tardó 3 horas en llegar. Para entonces, Kevin ya había entrado en shock séptico. Murió en la ambulancia camino al hospital. El certificado de defunción indicó peritonitis bacteriana fulminante. El 14 de abril, Lupita envenenó a dos primos que operaban juntos, Jonathan Uriel López, el Bryan de 23 años, y Jesús Alberto Méndez, el Jesus, de 21 años.
Llegaron juntos al puesto en una motocicleta doble conducida por el Brians. Doña, denos 3 kg. Hoy hay fiesta en la casa y va a llegar un chingo de raza. Lupita les vendió 3 kg de tortillas envenenadas y 10 gorditas de frijol con queso. La fiesta era en realidad una reunión de célula en una casa de seguridad en la colonia Shalostock.
20 sicarios celebraban el cumpleaños de uno de sus compañeros. Había una hielera llena de cervezas, un estéreo tocando corridos de movimiento alterado, dos prostitutas contratadas para amenizar. Las tortillas de Lupita se usaron para hacer tacos de bistec que prepararon en una parrilla improvisada en el patio.
Los primos comieron más que nadie porque habían llegado sin desayunar. A las 11 de la noche, ambos empezaron a sentirse mal. Vómitos simultáneos en el mismo baño. Sus compañeros pensaron que era el alcohol mezclado con la carne. Párenle a la peda, morros. Ya están bien pedos. Pero no era alcohol.
A la 1 de la mañana, los dos estaban tirados en el piso convulsionando. Esta vez uno de los sicarios sí los llevó al Hospital General José María Rodríguez. Los dejó en la entrada de urgencias y huyó para no dar explicaciones a las autoridades. Los médicos intentaron salvarlos durante 6 horas. Lavado gástrico, carbón activado, hemodiálisis de emergencia.
El Jesus murió primero a las 4 de la mañana. El Brians aguantó hasta las 7. Cuando los doctores preguntaron a la familia qué habían comido, la madre de ell Bryant dijo que su hijo le había comentado por teléfono que iban a cenar tacos en la fiesta. Los médicos anotaron en el expediente intoxicación alimentaria masiva por bacteria no identificada, posiblemente salmonela o e coli.
La familia exigió los cuerpos sin autopsia completa. Los cremaron dos días después en el mismo horno clandestino donde habían incinerado a Elgreñas. El 22 de abril fue el turno de Marvin de Jesús Salazar, 25 años apodado el Marvin. Era uno de los sicarios más veteranos de la célula con 4 años operando en Ecatepec. Lupita lo recordaba perfectamente porque el Marvin había estado presente cuando los sicarios colgaron la manta amenazante en el puente peatonal después de la muerte de Dulce. Ella lo vio subirse a loshombros de otro sicario para amarrar la
lona con alambre. El Marvin compró 2 kg de tortillas y ocho gorditas de chicharrón el 20 de abril. Doña, sus tortillas están bien [ __ ] Mi jefa me pidió que le lleve para hacer enchiladas. Lupita le dio las tortillas envenenadas y le regaló dos gorditas extra. Para el camino, mi hijo, con cariño.
El Marvin se fue sonriendo en su motocicleta. Esa noche cenó enchiladas verdes preparadas por su madre en su casa de la colonia Gustavo Bas. Comió 10 enchiladas porque estaban deliciosas. Al día siguiente despertó sintiéndose mal, pero fue a trabajar de todas formas. A las 3 de la tarde tuvo que regresar a su casa porque el dolor abdominal era insoportable.
se encerró en su cuarto, negándose a ir al hospital. Es solo un empacho, jefa. Se me va a pasar. No se le pasó. A las 11 de la noche, su madre escuchó un golpe fuerte. Entró al baño y encontró a su hijo muerto en el piso, rodeado de vómito y sangre. La Cruz Roja confirmó el fallecimiento. El médico forense que fue a levantar el cuerpo, determinó que era un caso de muerte natural por causas gastrointestinales.
Nadie ordenó autopsia. El Marvin fue enterrado dos días después en el panteón municipal de Ecatepec. El 3 de mayo, Lupita envenenó a dos sicarios más en una sola operación, el Brian y el Jonás, ambos de 24 años. Llegaron al puesto a las 11 de la mañana en una camioneta Nissan gris con vidrios polarizados. Doña, nos surgen 5 kg.
Vamos a hacer una carnita asada en la casa y la raza ya va en camino. Lupita preparó 5 kg exactos de tortillas envenenadas, las empacó en bolsas de papel traza y les cobró 350 pesos. La carnita asada era en una casa de seguridad diferente ubicada en la colonia Las Américas. 12 sicarios reunidos para planear los operativos de la siguiente semana.
El comandante Rojo no asistió porque estaba en Guadalajara reuniéndose con jefes regionales del CJNG. El Chucky quedó a cargo. Asaron 3 kg de arrachera y 2 kg de costillas de cerdo. Las tortillas de Lupita se acabaron rápido porque todos estaban hambrientos. El Brian comió 14 tortillas, el Jonás comió 12.
A las 8 de la noche, ambos empezaron con los síntomas. Esta vez, sus compañeros ya estaban preocupados porque era la séptima muerte en seis semanas. ¿Qué [ __ ] está pasando? Ya van un chingo de muertos con los mismos síntomas, dijo el Chucki mientras veía a sus dos compañeros retorcerse de dolor. Decidió que esta vez sí los llevaría al hospital sin importar las consecuencias.
Lo subieron a la camioneta Nissan y manejaron a toda velocidad hacia el hospital general de Catepec. Entraron gritando a urgencias, “¡Ayuda! ¡Se están muriendo!” Las enfermeras los atendieron inmediatamente. Los médicos trabajaron toda la noche tratando de salvarlos, pero el veneno ya había causado daño irreversible en sus riñones y su hígado.
El Brian murió a las 3 de la mañana, el Jonás a las 5. Los doctores estaban desconcertados. Es el mismo cuadro clínico que hemos visto en otros casos recientes. Falla orgánica múltiple por intoxicación severa. Pero no podemos identificar el agente tóxico. Un médico joven sugirió hacer análisis toxicológicos completos. El hospital no tenía el equipo necesario.
Tendrían que enviar muestras de sangre y tejido al laboratorio central de la Fiscalía General del Estado de México. Eso tomaría semanas y requería una orden judicial. Nadie hizo el trámite. Los cuerpos fueron entregados a las familias. Los cremaron al día siguiente. En la casa de seguridad de calle Pinos, el comandante rojo convocó una reunión de emergencia.
Era el 15 de mayo. Acababa de regresar de Guadalajara y estaba furioso. Ya van siete muertos en dos pinches meses, todos con los mismos síntomas. ¿Qué chingados está pasando? Los sicarios que quedaban estaban nerviosos. Nadie tenía respuestas, jefe. Todos operaban en la misma zona y todos comían en los mismos lugares dijo el Chucky.
Revisen las cámaras, todas las que tengamos de los negocios que paguen cuota. Quiero saber dónde comían estos cabrones antes de morirse. Durante tres días, el Chucky y otros dos sicarios revisaron grabaciones de las cámaras de seguridad que tenían instaladas en comercios de avenida central. Eran cámaras que ellos mismos habían obligado a los dueños a poner como parte del servicio de protección.
Servían para vigilar territorio, identificar rivales, monitorear la zona. Encontraron un patrón. En cinco de las siete muertes, las víctimas aparecían comprando en el puesto de tortillas de doña Lupita pocas horas antes de enfermarse. El Greñas, el Kevin, el Marvin, el Brian y el Jonás, todos habían sido captados en video acercándose al puesto, comprando, recibiendo bolsas de papel, alejándose en sus motos o camionetas.
Jefe, fíjese, el Greñas, el Kevin, los primos, todos le compraban a la viejita esa. El comandante rojo entrecerró los ojos. La [ __ ] ¿en serio creen queuna [ __ ] viejita de 70 años está matando a mis soldados? El flaco, un sicario de 24 años que había estudiado 2 años de ingeniería antes de desertar, habló con voz calmada. A lo mejor es casualidad, jefe.
O a lo mejor alguien está usando su puesto para chingarnos. Tal vez le están poniendo algo a las tortillas sin que ella se dé cuenta. El comandante rojo pensó durante varios minutos fumando un cigarrillo marboro tras otro. Manden al Cholo y al Piñas que vayan a comprarle. Si se enferman, ya sabemos.
Si no pasa nada, seguimos buscando. El Cholo y el Piñas eran sicarios nuevos transferidos desde Toluca hacía tres semanas. No habían participado en ninguna operación local todavía. No tenían los tatuajes característicos de la célula de Ecatepec. Nadie en el barrio los conocía. El 20 de mayo, el Cholo y el Piñas llegaron al puesto de Lupita en una motocicleta Yamaha Azurs que nadie había visto antes. Doña, denos 2 kilos de tortillas.
Lupita los observó cuidadosamente mientras pesaba la masa. No reconocía sus caras, no tenían los tatuajes familiares. Sus motos eran diferentes. Su forma de hablar era diferente. Decidió en ese momento que no les daría tortillas envenenadas. Tomó 2 kg de la canasta con trapo blanco, las tortillas normales, se las entregó. Son 120 pesos, jóvenes.
El Cholo pagó con un billete de 200. Gracias, doña. Se fueron. 48 horas después, ambos regresaron a la Casa de Seguridad completamente sanos. El cholo reportó al comandante rojo. Jefe, estamos bien. Comimos las tortillas y no nos pasó nada. La vieja está limpia. El comandante aplastó su cigarrillo en un cenicero de vidrio. Falsa alarma.
Entonces, es otra cosa. Tal vez los están envenenando en otro lado o tal vez algún [ __ ] está vendiendo droga contaminada. El error fatal del comandante fue bajar la guardia. 10 de junio de 2019, el comandante Rojo organizó lo que llamó Junta de Plaza, una reunión mensual donde convocaba a todos sus sicarios de confianza para repartir las ganancias de las extorsiones, planear nuevas zonas de control y celebrar.
Era una tradición que mantenía desde que tomó el liderazgo de la célula en 2016. La reunión sería en su casa de seguridad principal de calle Pinos número 47. Colonia Las Américas invitó a 15 sicarios veteranos. Entre ellos estaban varios que habían participado en la persecución que terminó con la muerte de Dulce María. El comandante estaba de buen humor.
La racha de muertes se detuvo. Perros, ya pasó un mes sin que se nos muera nadie. Parece que ya se nos acabó la mala suerte. Las risas llenaron la sala, destaparon cervezas, pusieron música de los tucanes de Tijuana. celebraban haber sobrevivido. A las 4 de la tarde, el comandante le dio instrucciones a Elchui.
Ve y trae comida para todos. Carnitas, tacos, refrescos, lo que encuentres. Y trae un chingo de tortillas que sean de la doña Lupita. Sus tortillas están perronas y además ya confirmamos que está limpia. No tiene nada que ver con las muertes. El Chucki asintió. Tomó las llaves de la suburba negra blindada y salió hacia avenida central.
Llegó al puesto de Lupita a las 4:45 de la tarde. Lupita estaba limpiando el comal, preparándose para las últimas ventas del día. Cuando vio la suburban negra estacionarse frente a su puesto, su corazón se detuvo por un segundo. Reconoció el vehículo. Reconoció al hombre que bajó. El Chucki tenía un tatuaje distintivo en el cuello, un Cristo cargando un rifle AK47 con las letras CJNG cu letras escritas en tipografía gótica.
Lupita lo había visto el 12 de marzo. Él conducía una de las motocicletas durante la persecución. Él disparaba el cuerno de chivo mientras su compañero manejaba. Lupita sintió que las piernas le temblaban, pero controló su respiración. Buenas tardes, joven. ¿Qué se le ofrece? El Chucki sacó un fajo de billetes de su bolsillo.
Doña, ¿me puede preparar 10 kg de tortillas para llevar y 20 gorditas de chicharrón? Es para una reunión ahorita en la noche. Lupita calculó rápidamente en su cabeza. 10 kg, 20 gorditas, una reunión. Esto era lo que había estado esperando, la oportunidad de terminar todo de una vez. Claro que sí, joven. ¿Para qué hora las necesita? El Chucky revisó su reloj.
Ahorita es para una cena como a las 8, pero puedo esperar si necesita tiempo para hacerlas. Lupita negó con la cabeza. Démelo 20 minutos. Las voy a hacer fresquecitas para que lleguen calientitas a su reunión. El Chucky asintió y se quedó esperando recargado en la suburban fumando un cigarrillo. Lupita entró a su cocina trasera.
el pequeño cuarto de 2 por 2 m donde preparaba la masa cada madrugada. Sus manos temblaban mientras sacaba el frasco de vidrio escondido al fondo del refrigerador. El frasco etiquetado como adobo para carnitas. Quedaba suficiente veneno concentrado para lo que necesitaba hacer. Preparó 10 kg de masa incorporando triple dosis de risina.
Cada tortilla de ese elotellevaba suficiente veneno para matar a dos personas. amasó con manos expertas mientras escuchaba a El Chucky hablar por teléfono afuera. Sí, jefe, ya casi están. Voy a pasar por las carnitas y llego en una hora. Lupita trabajó rápido, formó las tortillas a mano, las pasó por el comal apenas 30 segundos de cada lado para que quedaran suaves. Las apiló en montones de 50.
preparó las 20 gorditas con la misma masa envenenada, rellenándolas con chicharrón prensado y queso que mantenía en su refrigerador. Envolvió todo en papeles trasa, amarró las bolsas con hilo de algodón. A las 5:15 de la tarde salió cargando los paquetes. El Chucki apagó su cigarrillo y tomó las bolsas.
¿Cuánto es, doña? Lupita hizo el cálculo en voz alta. 10 kg a 45 pesos. El kilo son 450. Las gorditas son 50es en total son 500es completos. El Chucki le dio un billete de 500 recién sacado del banco. Gracias, doña, sus tortillas siempre son las mejores. Cargó todo a la suburban, acomodando las bolsas en el asiento trasero con cuidado para que no se aplastaran.
Arrancó el motor y se alejó. Lupita se quedó parada frente a su puesto, viéndola suburban desaparecer entre el tráfico de avenida central. Cerró los ojos, pensó en dulce. Ya viene, mi niña, ya falta poco. 8 de la noche, casa de seguridad de calle Pinos, número 47, 15 sicarios reunidos en la sala principal.
Había sillas de plástico formando un círculo, cajas de cerveza corona y tecate apiladas contra la pared, un estéreo tocando corridos de Gerardo Ortiz. Sobre la mesa de centro había armas, cuernos de chivo, pistolas FN57, granadas de fragmentación, cargadores extras. Era una exhibición de poder que el comandante rojo disfrutaba mostrar.
El Chucki llegó con las bolsas de comida. Había pasado por la taquería El Gerüero en Avenida Central y compró 5 kg de carnitas recién hechas, maciza, surtida, cuerito. También traía dos bolsas de chicharrón prensado, cuatro botellas de refresco de 2 L, salsa verde y roja en envases de plástico y las tortillas de doña Lupita.
10 kg todavía tibios, perfectamente empacados. Llegó la cena, perros. El comandante rojo levantó su cerveza. Arriba el CJNG, cabrones. Esta plaza es nuestra y del que no le guste. Los 15 sicarios levantaron sus cervezas al mismo tiempo. Arriba. El sonido de las botellas chocando llenó la sala. Destaparon las bolsas de carnitas.
El olor a carne de puerco, grasosa y especias llenó la casa. Sacaron las tortillas de sus envoltas. Estaban perfectas, suaves, flexibles, con ese olor característico a maíz nixtamalizado. Cada quien se preparó sus tacos según su preferencia. El comandante se hizo ocho tacos enormes de maciza con salsa verde y cebolla picada.
El Chucki devoró seis tortillas enrolladas con carnitas y chicharrón. Los sicarios más jóvenes competían por quién podía comer más. A ver quién se traga 15 tacos sin parar. Las tortillas desaparecieron rápido. Las gorditas de chicharrón se acabaron en 15 minutos. Para las 9 de la noche ya habían consumido los 10 kg completos de tortillas envenenadas.
La reunión continuó. El comandante repartió dinero en efectivo, fajos de billetes de 500 y 200 pesos en bolsas de plástico. Esta semana cobramos 80,000 de las tiendas, 50,000 de los mercados, 30,000 de los bares. Son 160,000. Les toca 12,000 a cada uno. El resto es para gastos de la casa y para mandar arriba.
Los sicarios guardaron su dinero, siguieron bebiendo, planearon las extorsiones de la próxima semana, discutieron qué negocios nuevos podían incorporar al cobro de cuotas. A las 11 de la noche, el flaco se levantó pálido. [ __ ] me siento mal. Caminó rápido hacia el baño. Los demás siguieron conversando sin prestarle atención. 5 minutos después escucharon vómitos violentos.
[ __ ] flaco, no aguanta nada el cabrón. Se rieron. Pero a las 11:30 tres sicarios más tenían los mismos síntomas: dolor abdominal, náuseas, sudor frío. El comandante rojo dejó de reír. ¿Qué [ __ ] La carne estaba echada a perder. Pero él también empezaba a sentir calambres en el estómago. A medianoche, ocho sicarios estaban retorciéndose en el piso.
Vómitos con sangre, diarrea incontrolable. Los baños estaban ocupados. Algunos vomitaban en cubetas de plástico. Otros salían al patio a vomitar en el jardín. El pánico comenzó a instalarse. Llamen al Dr. Chui, llamen a quien sea. El Chucki, que también estaba enfermo, pero todavía podía moverse, marcó al médico clandestino. “Doc, necesitamos que venga urgente.
Hay varios compañeros muy graves.” El doctor Chui preguntó los síntomas. Cuando escuchó la descripción, su voz cambió. Eso no es comida en mal estado, eso es intoxicación severa. Llamen a una ambulancia, yo no puedo manejar algo así. Pero nadie quería llamar a las autoridades. Una casa llena de sicarios, armas, drogas, dinero en efectivo.
Sería arrestos masivos. El comandante intentó dar órdenes, pero estaba demasiadodébil. A las 12:30 de la madrugada, el piñas murió primero. Convulsionó durante 2 minutos tirado en el piso de la sala. Espuma blanca salió de su boca. Sus ojos se pusieron en blanco. Dejó de respirar. El Chui aterrorizado, intentó reanimarlo con compresiones torácicas que había visto en películas. No funcionó.
Este cabrón está muerto. Está muerto. El pánico se convirtió en caos. Los sicarios, que todavía podían moverse intentaron salir de la casa, pero estaban demasiado débiles. Cuatro más murieron entre la 1 y las 2 de la mañana. El comandante rojo, tirado en el piso de su propia sala con el abdomen hinchado y vómito en su camisa, finalmente admitió lo obvio.
Nos envenenaron. Alguien nos envenenó. 2 de la mañana del 11 de junio. El Cholo, uno de los pocos sicarios que no había comido tortillas porque prefería solo la carne, tomó la decisión de llamar al 911. Estaba aterrorizado viendo a sus compañeros morir uno tras otro. Hay gente muriendo. Envíen ambulancias. Calle Pinos 47, colonia las Américas.
La operadora preguntó qué tipo de emergencia era. El cholo gritó desesperado, “¡No sé, están vomitando sangre, todos están muriendo.” La llamada activó protocolos de emergencia. Tres ambulancias de la Cruz Roja fueron despachadas. Al mismo tiempo, la operadora notificó a la Guardia Nacional porque la dirección estaba marcada como zona de alta peligrosidad.
Patrullas de la Policía de Investigación del Estado de México también fueron alertadas. En menos de 20 minutos, calle Pinos estaba llena de vehículos de emergencia con luces rojas y azules, iluminando las fachadas de las casas. Los paramédicos entraron a la casa y encontraron una escena de pesadilla.
Seis cuerpos sin vida tirados en diferentes cuartos. Cinco hombres agonizando con convulsiones, tres más apenas conscientes, armas por todas partes. En la cocina, paquetes de cristal metanfetamina envueltos en plástico. Sobre la mesa del comedor, fajos de billetes apilados. Era evidentemente una casa de seguridad del crimen organizado.
Los paramédicos trabajaron rápido intentando estabilizar a los sobrevivientes, colocaron vías intravenosas, administraron suero, intentaron controlar los vómitos, pero tres de los cinco agonizantes murieron antes de poder ser trasladados. Los dos que quedaban vivos, incluyendo a el comandante rojo, fueron subidos a ambulancias y trasladados al hospital general de Ecatepec, bajo custodia de la Guardia Nacional.
El comandante sobrevivió, pero apenas. Su cuerpo había resistido porque era más grande y corpulento que los demás. Los médicos trabajaron toda la madrugada para salvarle la vida. falla renal aguda, daño hepático severo, shock hipobolémico, requirió diálisis de emergencia. Cuando finalmente se estabilizó, quedó consciente, pero devastado.
Sus riñones habían sufrido daño permanente. Necesitaría diálisis de por vida. De vuelta en la Casa de Seguridad, los agentes de la Policía de Investigación aseguraron la escena. Encontraron más de 800,000 pes en efectivo, 2 kg de cristal. 1 kil de cocaína, 16 armas de fuego, municiones, granadas. También encontraron los restos de la cena, platos sucios con restos de carnitas, bolsas de papel estrasa vacías y varias tortillas a medio comer todavía tibias en canastas de plástico.
Un médico forense de la Cruz Roja reportó a la fiscalía. Todos presentan síntomas de intoxicación severa. No es comida en mal estado, parece envenenamiento deliberado. Un investigador de la PDI revisó las bolsas de papel donde habían venido las tortillas. Una de ellas tenía un sello de tinta azul apenas visible. Tortillería Lupita, Av Central.
Los investigadores recogieron muestras de las tortillas restantes, los platos, los restos de comida. Todo fue etiquetado como evidencia y enviado al laboratorio toxicológico de la Fiscalía General del Estado de México. Los análisis preliminares detectaron altas concentraciones de risina, un alcaloide tóxico derivado de las semillas de risino.
Era uno de los venenos naturales más potentes conocidos, sin antídoto específico, mortal en dosis pequeñas. Para el amanecer del 11 de junio, los investigadores ya tenían un sospechoso claro, la dueña del puesto de tortillas identificado en las bolsas. Cruzaron el nombre con registros del padrón municipal.
Guadalupe Morales Vázquez, 68 años, viuda, residente de la colonia San Cristóbal, operadora de un puesto de tortillas en avenida central esquina con Morelos desde 1977, sin antecedentes penales, sin historial de violencia. Pero cuando los investigadores revisaron casos recientes de muertes por intoxicación en Ecatepec, encontraron el patrón.
Siete hombres entre marzo y mayo, todos con síntomas idénticos, todos vinculados al crimen organizado. Todos habían comprado comida en la misma zona de avenida central. Las cámaras de seguridad que el CJNG había instalado en los comercios se convirtieron enevidencia en su contra. Las grabaciones mostraban a las víctimas comprando en el puesto de Lupita.
15 de junio, 6 de la mañana, Lupita abrió su puesto como siempre, encendió el comal, comenzó a preparar la masa del día. No sabía que la estaban buscando. No sabía que la evidencia forense ya había confirmado que las tortillas contenían veneno. No sabía que tres patrullas de la policía de investigación y una camioneta de la Fiscalía General estaban en camino.
A las 8:30 de la mañana, los vehículos llegaron. Se estacionaron bloqueando avenida Central. Seis agentes con chalecos antibalas y armas largas bajaron. El agente a cargo caminó hacia el puesto. Lupita estaba amasando con las manos cubiertas de harina. ¿Usted es Guadalupe Morales Vázquez? Lupita no levantó la vista. Sí, señor.
Gusta unas tortillitas. Queda detenida por homicidio múltiple calificado. Lupita dejó de amasar. Se limpió las manos en su mandil floreado lentamente. No mostró sorpresa. No intentó huir. ¿Me permite despedirme de mi puesto? El agente asintió. Lupita tocó el comal caliente con la palma de su mano derecha sin importarle la quemadura.
Besó la fotografía de Dulce pegada en la pared de lámina del puesto con cinta adhesiva. Ya descansa, mi niña. Ya pagaron. La esposaron. La subieron a la camioneta de la fiscalía. Los vecinos se aglomeraron en la calle. Algunos lloraban, otros grababan con sus celulares. Una señora gritó, “¡Esa es doña Lupita! No puede ser!” Lupita miró por la ventana de la camioneta mientras se alejaban.
Miró su puesto por última vez, 42 años de su vida en ese pedazo de lámina y metal. El cateo de la casa de Lupita reveló toda la evidencia necesaria. Cuadernos de herbolaria de su abuela con recetas de venenos, frascos con extractos vegetales. El cuaderno negro con 13 cruces y nombres con fechas, 2 kg de semillas de risino sin procesar, la fotografía de dulce con veladora encendida.
El proceso judicial duró 2 años. La Fiscalía del Estado de México la acusó de 13 homicidios calificados con premeditación, alevosía y ventaja. Su defensa argumentó trastorno de estrés postraumático severo, legítima defensa diferida ante el fallo del Estado, inimputabilidad por alteración mental temporal. Los peritajes psiquiátricos fueron contradictorios.
La acusada muestra disociación emocional compatible con duelo patológico. Sin embargo, su capacidad de discernimiento estaba presente. Sabía exactamente lo que hacía. No presenta rasgos psicopáticos. actuó motivada por venganza selectiva. El juicio se convirtió en debate nacional sobre justicia, venganza y el colapso del sistema judicial mexicano.
En marzo de 2021, el juez dictó sentencia. Guadalupe Morales Vázquez, habiendo sido encontrada culpable de 13 homicidios calificados, se le condena a 55 años de prisión sin posibilidad de reducción de pena. Si bien el dolor de la acusada es comprensible, ninguna tragedia justifica tomar la justicia por mano propia y arrebatar 13 vidas humanas, independientemente de las actividades criminales de las víctimas.
Lupita miró al juez, lo volvería a hacer. Fue trasladada al Centro Femenil de Readaptación Social Tepán en la Ciudad de México. A sus años sigue cumpliendo condena. Su salida estimada es 2074. No vivirá para verla. El comandante rojo sobrevivió con daño renal permanente. Requiere diálisis de por vida. Fue sentenciado a 80 años en Sereso Santiaguito de Almoloya.
Su salida estimada es 2099. La célula del CJNG Catepec fue desarticulada durante la investigación. Más de 20 sicarios detenidos. La fiscalía los vinculó con 47 homicidios, 12 secuestros y más de 200 extorsiones. El control territorial colapsó durante 6 meses. La violencia aumentó temporalmente. Nuevas células ocuparon el territorio.
El ciclo continuó. El puesto de Lupita permanece cerrado. Vecinos pintaron un mural rostro de Dulce María con alas. Debajo, Dulce María Morales, 2007. No olvidamos. Las lluvias lo desgastan, los vecinos lo restauran. El caso generó debate nacional. Heroína popular o asesina serial. Organizaciones de derechos humanos señalaron, cuando el Estado falla, los ciudadanos toman medidas desesperadas.
No podemos celebrar la venganza, pero tampoco ignorar el abandono institucional. El gobierno no emitió declaraciones. La fiscalía dijo, “La justicia por mano propia no es justicia. En Tepepán, Lupita vive con rutina carcelaria. Una tarde, su compañera preguntó, ¿se arrepiente?” Lupita miró por la ventana. Cada noche le rezo a mi dulce.
Le cuento que hice lo que pude, que los que le quitaron la vida ya no van a quitarle la vida a ninguna otra niña. Tal vez soy una asesina. Pero esos 13 ya no le van a hacer daño a nadie más. Tocó su medalla de la Virgen. Y si Dios me juzga, que me juzgue. Yo ya juzgué a los que mataron a mi niña. Si esta historia te dejó pensando, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo.
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