ha-“TAQUERO JUSTICIERO” DE ACAPULCO: MANUEL LÓPEZ ELIMINÓ A MÁS DE 12 EXTORSIONADORES DEL CJNG QUE…

“TAQUERO JUSTICIERO” DE ACAPULCO: MANUEL LÓPEZ ELIMINÓ A MÁS DE 12 EXTORSIONADORES DEL CJNG QUE… –

 

Manuel López Ruiz nunca imaginó que su taquería en la costera Miguel Alemán se convertiría en el escenario de una venganza meticulosa. 38 años. Padre de familia, dueño de un negocio honesto. Pero cuando los sicarios del CJNG asesinaron a su hermana Claudia frente a las cámaras de un hotel y el sistema judicial archivó el caso sin investigar.

Algo se quebró en su interior. No hubo gritos, no hubo amenazas. Solo un taquero que conocía las plantas tóxicas de la sierra guerrerense y tenía acceso directo a quienes destruyeron su familia. 12 extorsionadores comieron en su local entre septiembre y diciembre de 2022. Ninguno sobrevivió para contar lo que había en la salsa.

La madrugada del 28 de diciembre de 2022 amaneció fría en Acapulco. Patrullas de la Policía Ministerial rodearon la taquería Los tacos de Manu en colonia y cacos, mientras las primeras luces del día apenas rozaban la costera Miguel Alemán. Manuel López Ruiz, de 38 años, estaba preparando salsas como cada mañana desde hacía 16 años.

escuchó los golpes en la puerta trasera y supo exactamente qué venía. No corrió, no gritó, simplemente se limpió las manos en el delantal rojo con el logo de su negocio. Caminó hacia la entrada y abrió con la misma calma con la que servía tacos al pastor a las 2 de la madrugada. “Ya sabía que vendrían”, dijo mientras extendía las muñecas.

Las esposas cerraron con un click metálico que resonó en la cocina vacía. Afuera, una ambulancia de la Cruz Roja esperaba como parte del protocolo en operativos de alto riesgo. Los paramédicos atendían a uno de los agentes que había sufrido una crisis de nervios durante el despliegue. Vecinos en Picama observaban desde sus ventanas.

Una mujer se cubrió la boca al ver a Manuel siendo escoltado hacia la patrulla. Es el de los tacos, susurró alguien, el que siempre nos daba salsa extra. Manuel López había nacido en Chilpancingo en 1984. Llegó a Acapulco en 2006 con un sueño sencillo, abrir una taquería que le permitiera mantener a su familia.

Su esposa Leticia, sus dos hijos Emiliano y Sofía, y su hermana menor Claudia formaban el centro de su universo. La taquería funcionaba de 11 de la mañana a 2:30 de la madrugada, días de 17 horas de trabajo que le dejaban las manos callosas y pequeñas cicatrices de quemaduras en los antebrazos, pero los ingresos eran estables entre 12,000 y 18,000 pesos semanales, dependiendo de la temporada turística.

El local estaba ubicado en la esquina de calle Horacio Nelson y la cosera a 200 m de la playa. Zona turística relativamente segura donde taxistas, policías de turística y trabajadores nocturnos se detenían a comer antes del amanecer. La especialidad era el taco al pastor con salsa de la casa, una receta secreta que Manuel heredó de su madre y que solo compartía con Claudia.

Cada domingo a las 10 de la mañana, los hermanos se reunían en la cocina de la taquería para preparar los ingredientes de la semana. Claudia cortaba cebollas mientras Manuel tostaba chiles. Emiliano y Sofía jugaban entre las mesas vacías. Eran los únicos momentos en que Manuel no pensaba en números ni en pagos pendientes, porque había pagos.

Desde 2019, Manuel entregaba 5000 pesos mensuales a una célula local del cártel Jalisco Nueva Generación, que controlaba colonia y cacos. Era el derecho de piso, el impuesto invisible que cientos de comerciantes pagaban para operar sin problemas. Manuel lo veía como un gasto más, como la renta del local o la luz.

Los cobradores comían regularmente en su taquería. Tacos gratis como cortesía, una relación funcional donde nadie hacía preguntas incómodas. El gerero, el flaco, la changa. Rostros que Manuel memorizaba con la misma precisión con que recordaba las preferencias de sus clientes regulares. Sin cebolla, extracilantro, salsa aparte.

Esa memoria facial era producto de 16 años atendiendo a más de 150 personas diarias. Manuel reconocía patrones. ¿Quién pedía siempre lo mismo? ¿Quién venía los martes? quién pagaba con billete de 500 y nunca pedía cambio. Esa habilidad le permitía anticiparse a los pedidos y mantener la operación fluida incluso en las noches más pesadas, pero también le permitía otra cosa, observar sin ser notado, registrar detalles que otros pasaban por alto, como el tatuaje CJNG, apenas visible bajo la manga larga del

hero, o la calavera en el cuello de uno de los que llegaban en moto, o la forma en que el flaco siempre pedía tres tacos al pastor sin cebolla, Los martes y jueves a las 8:30 de la noche, Manuel guardaba 85,000es en una caja fuerte oxidada bajo el piso de su casa.

Ahorros de 3 añospara abrir una segunda sucursal en zona diamante. Leticia soñaba con inscribir a los niños en una escuela mejor. Claudia planeaba su boda con Javier, un maestro de primaria con quien llevaba 4 años de relación. La fecha estaba marcada en el calendario de la cocina. 15 de diciembre de 2022. Claudia había escogido un vestido sencillo color marfil.

Manuel sería quien la entregaría en el altar. Eres lo más cercano a un padre que tengo”, le había dicho ella una tarde mientras probaban una nueva receta de salsa verde. Manuel había asentido sin hablar con ese nudo en la garganta que aparecía cada vez que recordaba el accidente de 2010 que les quitó a sus padres.

Los agentes de la Fiscalía General del Estado revisaron cada rincón de la taquería aquella madrugada de diciembre encontraron un frasco etiquetado, control de plagas. En la bodega trasera dentro había 2.3 kg de polvo fino mezclado con chile piquín seco. También encontraron una libreta con 12 nombres, direcciones y horarios escritos con letra apretada y una foto de Claudia con su delantal de trabajo sonriendo frente a un tazón de salsa roja guardada dentro de una caja de metal junto a una veladora apagada y flores secas.

El agente ministerial Héctor Maldonado, encargado de la investigación, sostuvo la libreta frente a Manuel. Esto es suyo. Manuel miró la foto de su hermana antes de responder. Sí, todo es mío. Claudia López Ruiz tenía 32 años cuando la mataron. Trabajaba como recepcionista en el hotel El Cano, a 15 minutos caminando de la taquería de su hermano.

Turno nocturno de 3 a 11. 5 días a la semana. Sueldo modesto pero estable, suficiente para ahorrar junto con Javier para el enganche de un departamento pequeño en Colonia Centro. Era la menor de los dos hermanos López, 6 años más joven que Manuel, cuando sus padres murieron en un accidente de autobús en la carretera Chilpancingo, Acapulco, en 2010, Manuel tenía 28 años y Claudia apenas 22.

Él ya estaba casado con Leticia y tenía a Emiliano recién nacido. Claudia se mudó con ellos durante un año hasta que consiguió trabajo en el hotel y pudo rentar un cuarto propio, pero la distancia nunca rompió el vínculo. Cada domingo a las 10 de la mañana, Claudia llegaba a la taquería con una bolsa de chiles comprados en el mercado central.

Manuel ya tenía el metate listo y las cebollas cortadas. Trabajaban en silencio durante la primera hora. Cada uno concentrado en su tarea. Después venían las pláticas. Claudia contaba anécdotas de huéspedes groseros o turistas que dejaban propinas generosas. Manuel le daba consejos sobre cómo manejar el dinero de la boda.

No gastes todo en un día. La fiesta es importante, pero el departamento lo es más. Claudia se reía. Suenas como papá. Y Manuel sonreía porque era el mejor cumplido que podía recibir. Javier Soto aparecía alrededor del mediodía con pan dulce de una panadería en progreso. Se sentaba en una de las mesas mientras Claudia terminaba de empacar salsas en frascos reciclados.

Los tres comían juntos antes de que Manuel abriera el local. Emiliano y Sofía ya eran parte del ritual. La niña ayudaba a Claudia a etiquetar frascos con marcador negro. El adolescente preguntaba sobre la preparación de las carnes. ¿Por qué el pastor tiene ese color? Manuel explicaba el proceso del achi chiote, el vinagre, el jugo de piña.

Es química básica. Todo se trata de balancear ácidos y grasas. Javier anotaba en su celular. Voy a enseñarle esto a mis alumnos de sexto. Claudia lo miraba con esa expresión que solo aparece cuando alguien está profundamente enamorado. El hotel El Cano era un edificio de cuatro pisos pintado de amarillo deslavado, 43 habitaciones, tarifas accesibles para turistas nacionales de clase media.

La recepción era un mostrador de madera oscura con una computadora vieja y un teléfono de disco que ya nadie usaba. Claudia trabajaba sola después de las 9 de la noche. El gerente, un hombre de 50 años llamado Roberto Campos, salía a las 8 para cenar con su familia. La instrucción era clara.

Si había emergencia, llamar al celular del gerente o al 911. Si llegaba alguien pidiendo habitación después de las 10, cobrar por adelantado y no aceptar pagos en efectivo. El hotel había tenido problemas con estafas y robos menores en el pasado. Julio de 2022 trajo un cambio violento a la zona turística de Acapulco.

El CJ decidió aumentar las cuotas de extorsión de 5,000 a 15,000 pesos mensuales para negocios con mayor capacidad de pago. hoteles, restaurantes grandes, farmacias de cadena. El mensaje se entregaba personalmente. Dos hombres jóvenes con tatuajes visibles y actitud amenazante aparecían durante horas de pocaactividad.

La plaza está caliente, los costos subieron o cooperan o enfrentan consecuencias. Algunos pagaban de inmediato, otros, especialmente cadenas nacionales con seguros contra extorsión, se negaban y reportaban a la policía. Las denuncias se archivaban sin investigación. La impunidad era una institución paralela tan sólida como la fiscalía misma.

El hotel Elcano se negó a pagar el incremento. Roberto Campos tenía un seguro que cubría hasta 50,000 pesos en caso de extorsión. Presentó denuncia formal ante el Ministerio Público el 2 de agosto. Le asignaron un número de carpeta FG Grow A791 2022. Un agente tomó su declaración en una oficina sin aire acondicionado.

¿Tiene nombres, placas de vehículos, fotografías? Roberto no tenía nada de eso, solo la amenaza verbal y el plazo. Hasta el viernes oprendemos esto. El agente cerró la carpeta. Vamos a investigar. Mientras tanto, Extreme precauciones. Traducción real: No esperar a que nadie haga nada. El 7 de agosto de 2022.

Un domingo, Claudia pasó la mañana en la taquería con Manuel preparando salsas. Tenía harina bajo las uñas de tanto amasar tortillas para un lote de prueba que Manuel quería perfeccionar. Se fue alrededor de la 1 de la tarde. Nos vemos el próximo domingo dijo antes de cerrar la puerta.

Manuel estaba limpiando el metate. Saluda a Javier. Díganle que el sábado cenamos en casa. Claudia agitó la mano sin voltear. Esa fue la última vez que Manuel la vio con vida. El turno de Claudia comenzó a las 3 de la tarde. El hotel estaba tranquilo. 28 habitaciones ocupadas, la mayoría por familias que salieron temprano a la playa.

Roberto se despidió a las 8. Cualquier cosa me llamas. No abras la puerta trasera por ningún motivo. Claudia asintió. ya había trabajado cientos de turnos nocturnos sin incidentes. A las 9:47, dos hombres entraron al lobby. Uno era delgado con tatuaje setning en el antebrazo derecho. El otro tenía una calavera tatuada en el cuello lateral, ropa deportiva oscura, tenis blancos, mirada fija.

Claudia reconoció la situación de inmediato. Había escuchado las historias de otros recepcionistas. Sabía que esto no terminaría bien. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué pasó después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.

Necesitamos hablar con tu jefe, dijo el hombre del tatuaje CJNG. Claudia mantuvo las manos visibles sobre el mostrador. El gerente ya salió. Regresa mañana a las 9 de la mañana. El otro hombre, el de la calavera en el cuello, se acercó más. No nos hagas perder tiempo. Dile a tu jefe que tiene hasta el viernes. 25000 pesos.

Prendemos este lugar. Claudia sintió el pánico subiendo por su garganta, pero mantuvo la voz firme. Puedo darle el teléfono del gerente si gustan hablar con él. El primero sonrió sin humor. No queremos su teléfono. Queremos que entiendas el mensaje y se lo pases bien clarito.

Claudia sabía que debajo del mostrador había un botón de pánico conectado directamente con una caseta de policía turística a tres cuadras del hotel. Roberto le había mostrado su ubicación durante su primer día de trabajo. Solo si es emergencia real. Si lo presionas y no pasa nada grave, nos multan. Claudia deslizó la mano izquierda lentamente hacia el borde del mostrador, mientras con la derecha fingía buscar un bolígrafo.

Sus dedos rozaron el botón, lo presionó dos veces seguidas. Un click silencioso que los hombres no escucharon, pero el flaco, el del tatuaje, notó el movimiento. Su expresión cambió de amenazante a Violenta en un segundo. Está llamando a la policía. El disparo al techo hizo que dos huéspedes que bajaban por las escaleras gritaran y corrieran de regreso a sus habitaciones.

Claudia levantó las manos. No hice nada, por favor. Pero el pollo, el de la calavera, ya había sacado su arma. Calibre 38. Empuñadura de plástico negro. Apuntó al pecho de Claudia. Esto es para que aprendan. El disparo sonó seco, casi anticlimático. Claudia cayó detrás del mostrador con un golpe sordo.

Los dos hombres salieron corriendo hacia la calle donde una motocicleta itálica negra sin placas esperaba con el motor encendido. Aceleraron hacia la costera en dirección a Zona Diamante. Hora del disparo, según el reporte oficial, 9:51 de la noche. Un huésped del segundo piso llamó al 911 a las 9:53.

Hubo disparos en el hotel Elcano. Una mujer está herida. Dos patrullas de policía turística llegaron 8 minutos después. Encontraron a Claudia detrás del mostrador en un charco de sangre que se extendía por las baldosas blancas. Uno de los agentes verificó signos vitales.

Pulso débil, respiración irregular. Necesitamos una ambulanciaya. La Cruz Roja llegó a las 17. Los paramédicos trabajaron durante 3 minutos intentando estabilizarla antes de subirla a la camilla. Trasladaron a Claudia al Hospital General de Acapulco con sirenas abiertas. Llegó sin signos vitales a las 10:29. El médico de urgencias la declaró muerta a las 10:15.

Javier Soto estaba cenando con su madre cuando recibió la llamada del hospital. ¿Es usted familiar de Claudia López Ruiz? Necesitamos que venga de inmediato. No le dijeron más. Javier condujo con las manos temblando desde colonia centro hasta el hospital. Le tomó 18 minutos que se sintieron como horas.

En urgencias le informaron que Claudia había fallecido por un disparo en el tórax. Javier no lloró, no gritó, solo se quedó de pie en el pasillo mirando el piso del linio verde mientras una enfermera le explicaba los trámites para retirar el cuerpo. Después marcó el número de Manuel. Eran las 10:3 de la noche.

Manuel estaba cerrando la taquería cuando sonó su celular. Manu, Claudia está en el hospital. Fue un asalto. Manuel dejó caer el trapo con el que limpiaba la parrilla. ¿Qué hospital? Javier apenas podía hablar. El general, ven rápido. Manuel no cerró el portón de metal, subió a su camioneta Nissan 2015 y manejó a velocidad imprudente por la costera.

Semáforos en rojo, cambios de carril sin intermitente, claxon constante. Llegó al hospital a las 10:27. Javier lo esperaba en la entrada de urgencias. Su expresión lo dijo todo antes de que abriera la boca. No lo logró, ya se fue. Manuel exigió ver el cuerpo. Los médicos inicialmente se negaron argumentando que necesitaba esperar al Ministerio Público, pero Javier intervino identificándose como prometido de la víctima.

Los llevaron a una sala de reconocimiento en el sótano del hospital. Temperatura fría, olor a desinfectante y algo más que Manuel no pudo identificar. Una doctora descubrió el rostro de Claudia. Tenía los ojos cerrados. La piel ya perdiendo color. Alrededor del cuello llevaba un collar de plata con un dije en forma de sol que Manuel le había regalado cuando cumplió 15 años. Claudia nunca se lo quitaba.

Manuel tocó la mano fría de su hermana, notó la harina bajo las uñas, restos de la mañana que pasaron juntos preparando salsas. Algo dentro de él se apagó en ese momento. No fue dramático. No hubo colapso emocional. solo un interruptor que se desconectó sin hacer ruido.

La Fiscalía General del Estado abrió una carpeta de investigación FG GR A1847 2022. Dos agentes llegaron al hotel alrededor de medianoche. Aordonaron el lobby con cinta amarilla. Fotografiaron el charco de sangre, el mostrador, el botón de pánico. Entrevistaron a cuatro huéspedes que escucharon los disparos.

Las descripciones coincidían. Dos hombres jóvenes, uno con tatuaje zeskaa en gtebrazo, el otro con calavera en el cuello, ropa deportiva oscura, huyeron en motocicletas sin placas. Las cámaras de seguridad del hotel captaron sus rostros, pero la calidad de imagen era insuficiente para reconocimiento facial.

La grabación mostraba la secuencia completa. Entrada de los hombres, conversación tensa, movimiento de mano de Claudia, disparo al techo. Segundo disparo, caída, huida. Duración total 43 segundos. El Ministerio Público asignado, licenciado Arturo Mendoza, tomó declaración a Roberto Campos el 8 de agosto.

Usted presentó denuncia por extorsión. Roberto confirmó y proporcionó el número de carpeta anterior. El MP revisó el expediente en su computadora. Carpeta archivada por falta de elementos. Sin seguimiento, sin investigación activa. Puede identificar a los agresores si le mostramos fotografías. Roberto negó.

Yo no estaba cuando pasó. Solo sé lo que me dijeron los huéspedes y lo que vi en las cámaras. El MP cerró su libreta. Vamos a cruzar información con inteligencia sobre células activas del cejo ng en la zona. Si encontramos coincidencias, lo contactamos. Roberto no preguntó cuánto tardaría eso. Ya sabía la respuesta.

El velorio de Claudia se realizó el 9 de agosto en la funeraria Jardines del Recuerdo en Colonia Progreso. Ataú de madera clara con manijas plateadas, arreglos florales enviados por compañeros del hotel y vecinos de la familia. Cerca de 80 personas pasaron durante las 6 horas que duró la ceremonia.

Manuel llegó a las 5 de la tarde con Leticia y los niños. Emiliano llevaba camisa blanca y pantalón negro. Sofía un vestido gris que le quedaba grande. Leticia intentó que Manuel comiera algo antes de salir de casa, pero él rechazó todo. No tengo hambre. Su voz sonaba hueca, como si hablara desde el fondo de un pozo.

Javier estaba sentado en primerafila con la madre de Claudia, una tía que vivía en Chilpancingo y había viajado en autobús durante 4 horas para el funeral. La mujer lloraba sin parar. Javier mantenía la mirada fija en el ataúd. Manuel se sentó junto a él sin hablar. No hubo abrazos, no hubo palabras de consuelo, solo dos hombres sentados uno al lado del otro compartiendo un silencio que dolía más que cualquier conversación.

A las 7 de la noche comenzaron a llegar personas que Manuel no conocía, compañeros de trabajo de Claudia, clientes regulares del hotel que la apreciaban, una pareja de turistas de Monterrey que había tratado con ella tr días antes. Era muy amable. nos ayudó a encontrar un restaurante barato cerca de la playa.

Manuel asintió automáticamente sin procesar las palabras. A las 7:30, un hombre de aproximadamente 30 años entró a la funeraria. Manuel lo reconoció de inmediato. El gero, uno de los cobradores que comían gratis en su taquería dos o tres veces por semana. Siempre pedía cuatro tacos de bistec con salsa verde.

Siempre pagaba con un billete de 100 pesos y decía, “Quédate con el cambio.” Aunque fueran solo 5 pesos. Manuel nunca había sabido su nombre real, pero conocía su función. Cobrador, extorsionador, miembro de la misma organización criminal que había matado a Claudia. El gerero se acercó con expresión compungida.

Llevaba camisa de vestir azul marino y jeans oscuros. Nada de tatuajes visibles. Podría pasar por cualquier trabajador honesto de la ciudad. “Lo siento mucho, carnal”, dijo el gerero en voz baja. Manuel lo miró sin expresión. Fue un desmadre. No debió pasar. Oh. Las palabras confirmaron lo que Manuel ya sospechaba.

Este hombre sabía exactamente qué había ocurrido. Quizás no estuvo presente durante el asesinato, pero conocía a los responsables. Trabajaban para la misma estructura, compartían órdenes del mismo jefe. El gerero extendió la mano. Manuel la estrechó mecánicamente. Gracias por venir.

El gerero asintió y se retiró después de persignarse frente al ataú. Manuel lo siguió con la mirada hasta que salió de la funeraria. Una certeza fría se instaló en su pecho. Ustedes la mataron y van a pagar cada uno de ustedes. El entierro fue al día siguiente en el panteón jardín a las afueras de Acapulco.

Ceremonia breve bajo un sol que quemaba la nuca. El padre Gonzalo leyó un salmo mientras los empleados del cementerio bajaban el ataúd cuerdas gruesas. Leticia sostenía a Sofía que lloraba contra su hombro. Emiliano estaba de pie junto a Manuel, con las manos en los bolsillos y la mandíbula apretada.

Javier arrojó un puñado de tierra sobre el ataúd. Manuel hizo lo mismo. La tierra golpeó la madera con un sonido hueco que resonó en sus oídos durante el resto del día. Cuando todos se fueron, Manuel se quedó 15 minutos más mirando la tumba recién cubierta. No rezó, no lloró, solo memorizó la ubicación exacta.

Sección B, fila 7, lugar 14. Como si algún día necesitara regresar a informar que las cuentas estaban saldadas. De regreso a casa, Leticia intentó hablar. Sé que estás sufriendo, todos lo estamos, pero los niños te necesitan presente. Manuel conducía mirando la carretera. Estoy presente. Su tono no admitía conversación.

Leticia no insistió. Conocía a su esposo lo suficiente para saber que cuando Manuel se cerraba de esa forma, presionarlo solo empeoraba las cosas. Esa noche Manuel no durmió. Se quedó sentado en la sala oscura mirando una foto de Claudia que tenían en la repisa. Una imagen de 3 años atrás tomada durante una Navidad.

Claudia sonreía con un gorro de Santa Claus ridículo. Manuel sostenía una cerveza y hacía una mueca cómica. Tiempos en los que la peor preocupación era si alcanzaría el dinero para los regalos de los niños. Los siguientes días pasaron en una neblina. Manuel abrió la taquería porque no sabía qué más hacer.

El trabajo era lo único que mantenía su mente ocupada. Leticia notó que hablaba menos, que respondía con monosílabos, que se quedaba mirando la pared durante minutos sin parpadear. ¿Quieres que cerremos unos días? Nos podemos ir con mi hermana a Puebla. Manuel negó. El negocio no se maneja solo. Emiliano preguntó cuándo volverían a ver a la tía Claudia.

Leticia le explicó con palabras cuidadosas que Claudia estaba en el cielo. Sofía preguntó si el cielo tenía taquerías. Manuel salió de la habitación sin responder. El 15 de agosto, una semana después del funeral, Manuel comenzó a observar con más atención a los cobradores que frecuentaban su local. El gerero llegó un martes a las 8de la noche. Pidió lo mismo de siempre.

Manuel lo sirvió con la misma cordialidad de siempre. ¿Qué tal todo, jefe? El cuero masticó su taco. Tranquilo, ya sabes cómo es esto. Manuel limpió la barra. Sí, ya sé. Cuando el gerero se fue, Manuel anotó mentalmente. Martes, 8 de la noche, cuatro tacos de bistec, salsa verde. Rutina predecible.

Dos días después llegó otro cobrador, más joven, tal vez 25 años. Tatuaje visible en el antebrazo derecho. Manuel sintió que algo se encendía en su interior al ver ese tatuaje. Las mismas cuatro letras que los testigos describieron. Ch, NG. Este era el flaco, uno de los dos que entraron al hotel.

El flaco pidió tres tacos al pastor sin cebolla. Manuel lo preparó con manos firmes. Primera vez que vienes. El flaco negó. He venido antes, pero no seguido. Manuel sonríó. Ah, bueno, bienvenido. Entonces, conversación casual, sin tensión. El flaco comió, pagó 45 pesos y se fue en una moto estacionada a media cuadra.

Manuel memorizó todo. Rostro, complexión, tatuaje, horario, vehículo. Esa noche, después de cerrar, sacó una libreta vieja que usaba para apuntar pedidos de proveedores. En una página en blanco escribió el flaco, martes y jueves, 8:30, pm, tres tacos, pastor sin cebolla, moto negra, tatuaje sequit antebrazo derecho.

Debajo escribió una sola palabra. Primero, Manuel López no era un hombre violento. 16 años trabajando en servicio al cliente habían pulido su capacidad para resolver conflictos sin alzar la voz. Clientes borrachos que no querían pagar, turistas que se quejaban del picante, adolescentes que intentaban robar refrescos de la hielera.

Manuel manejaba todo con paciencia profesional, pero lo que ahora germinaba en su interior no tenía nada que ver con conflictos laborales. Era algo más antiguo y elemental. Una certeza, el sistema no haría justicia. La carpeta de investigación del asesinato de Claudia permanecería archivada hasta que todos los involucrados olvidaran el caso y él no podía permitir eso.

El 20 de agosto, Manuel cerró la taquería más temprano de lo habitual. Le dijo a Leticia que tenía que recoger un pedido de especias en el mercado central. Mentira. condujo hasta la biblioteca pública Miguel Alemán en Colonia Centro, un edificio de dos pisos con pintura descascarada y aire acondicionado ruidoso.

Manuel no había pisado una biblioteca desde la secundaria, pero sabía exactamente qué buscaba. Evitó usar internet. Las búsquedas en línea dejaban rastros digitales. Necesitaba información analógica, invisible para cualquier sistema de vigilancia. pidió acceso a la sección de ciencias naturales. La bibliotecaria, una mujer de 60 años con lentes gruesos, lo guió hacia una estantería polvorienta.

Manuel escaneó los lomos de los libros hasta encontrar uno con título prometedor. Flora medicinal y tóxica de Guerrero, por el doctor Héctor Ríos, publicado en 1998. Páginas amarillentas, fotografías a color deslavadas. Manuel se sentó en una mesa alejada de las ventanas y comenzó a leer.

Buscaba algo específico, una planta que creciera en la región, que fuera letal en dosis controladas, que no dejara rastros evidentes en una autopsia rutinaria. En la página 112 encontró lo que necesitaba. Risinus Comunis. Nombre común, higuerilla, Risino, Palma Cristi, planta silvestre que crecía en laderas de la Sierra Guerrerense.

Las semillas contenían risina, una toxina proteica extremadamente letal. Dosis letal estimada 1 a 2 mg por kilogramo de peso corporal. Síntomas aparecían entre 24 y 48 horas después de la ingesta. náusea severa, vómito, diarrea con sangre, deshidratación aguda, falla renal, paro cardíaco. El libro incluía una nota al margen.

Las autopsias rutinarias generalmente no detectan risinas sin análisis toxicológico específico. Procedimiento costoso raramente realizado en México, salvo casos de alto perfil. Manuel leyó esa oración tres veces, memorizó cada palabra, tomó notas en una hoja suelta, dosis, síntomas, tiempo de reacción.

Después buscó información sobre métodos de extracción. El proceso era sorprendentemente simple. Tostar semillas secas para reducir humedad, moler hasta obtener polvo fino, mezclar con otro ingrediente de textura similar para disimular el libro. advertía sobre el manejo, usar guantes, evitar inhalar polvo, lavar utensilios con cloro después del contacto.

Manuel arrancó las páginas 112 y 113 con cuidado, las dobló y las guardó en el bolsillo trasero de su pantalón. Devolvió el libro a su lugar. Salió de la biblioteca sin que nadie notara nada inusual. Esa noche, después de cerrar la taquería, Manuel llamó a su primo Esteban, que vivía en un ejido a 30 km de Chilpancingo.

Esteban trabajaba cultivando maíz y frijol en un terreno heredado. La señal de teléfono era mala. Primo, ¿qué pasó? Hace meses que no sé de ti. Manuel fue directo. Necesito un favor. ¿Conoces una planta que le dicen niguerilla? Esteban se rió. La que crece por todos lados. Claro. ¿Para qué la quieres? Manuel ya tenía la respuesta lista.

Tengo problema de ratas en la bodega. Me dijeron que las semillas de esa planta funcionan bien como veneno. Esteban no cuestionó la lógica. Te puedo mandar medio kilo. Aquí hay por kilos. Nada más dime a dónde. Manuel le dio la dirección de la terminal central de autobuses. Mándalo a nombre de Manuel López.

Yo paso a recogerlo. Esteban aceptó. Te lo mando mañana en el autobús de las 10. Llega como a las 3 de la tarde. Manuel agradeció y colgó. Al día siguiente, efectivamente, el paquete llegó. Pequeña caja de cartón envuelta en papel periódico y amarrada con mecate. Dentro. 500 g de semillas secas de higuerilla en una bolsa de plástico transparente.

Costo del envío 30. Sin registro, sin rastreo, invisible para cualquier autoridad. Manuel guardó las semillas en su casa, en una repisa alta del cuarto de lavado donde Leticia nunca revisaba. Durante los siguientes días continuó trabajando normalmente. Atendió clientes, preparó salsas, limpió parrillas, pero su mente estaba en otro lugar.

Cada vez que el gerero o el flaco entraban a la taquería, Manuel los observaba con nueva intensidad. Estudiaba sus movimientos, sus palabras, sus rutinas. El flaco siempre llegaba solo. Comía rápido en menos de 10 minutos. pagaba en efectivo y se iba sin despedirse. El gerero era más sociable. A veces se quedaba media hora platicando con otros clientes.

A veces llegaba con otro cobrador, un tipo bajo al que llamaban el pitufo. La noche del 31 de agosto, Manuel esperó a que Leticia y los niños se durmieran. Eran las 12:30. bajó al cuarto de lavado con la bolsa de semillas, un sartén viejo que ya no usaban y el metate que había traído de la taquería.

Cerró la puerta con seguro, encendió la estufa a fuego bajo y colocó el sartén. Vertió 200 g de semillas, las tostó lentamente durante 15 minutos, revolviéndolas con una cuchara de madera. El olor era extraño, ligeramente amargo, como café quemado mezclado con nuez rancia. Cuando las semillas estuvieron secas y quebradizas, las retiró del fuego y las dejó enfriar.

Después vino el trabajo más delicado. Manuel colocó el metate sobre una toalla en el piso. Comenzó a moler las semillas con movimientos circulares lentos. Había hecho esto miles de veces con chiles, especias, achiote. El proceso era idéntico, solo que ahora el resultado final no era condimento, sino veneno.

Le tomó 2 horas reducir las semillas a polvo fino, un polvo café claro que parecía pimienta molida gruesa. Manuel lo guardó en un frasco de vidrio vacío que antes contenía salsa picante. Lo etiquetó con marcador negro. Control de plagas. Lo escondió en la parte trasera de la alacena de la taquería, detrás de latas de chiles chipotles y bolsas de especias.

A simple vista era un producto más de limpieza. Nada sospechoso. Ahora venía la parte más difícil, probar la efectividad. Manuel no podía arriesgarse a que la dosis fuera insuficiente. Necesitaba estar seguro. Durante tres noches consecutivas capturó ratas en la bodega trasera de la taquería usando trampas de resorte con carnada de tocino.

Tres ratas adultas, cada una de aproximadamente 300 g, las mantuvo en una jaula improvisada hecha con rejas de metal. La primera noche mezcló medio gramo del polvo con carne molida y se lo ofreció a la primera rata. El animal comió sin dudar. Manuel anotó la hora. 2:15 a del 2 de septiembre. 36 horas después, la rata estaba muerta.

Posición rígida, ojos abiertos, pequeñas manchas de sangre seca alrededor del hocico. La segunda rata recibió una dosis menor,3 g. murió en 42 horas. La tercera recibió solo punto2 g. Sobrevivió, pero mostró convulsiones severas durante el tercer día. Manuel ejecutó a esa rata con un golpe rápido, no por crueldad, sino por practicidad.

Ahora tenía sus parámetros. Para un humano de 70 kg, medio gramo debería ser suficiente. Mezclado con la grasa del taco al pastor, el picante de la salsa y el sabor fuerte de la carne, sería imposible de detectar al gusto. El flaco pesaba aproximadamente 70 kg.

Comía tres tacos, dosis total, 1 gr y medio, más que suficiente. El martes 6 de septiembre de 2022 amaneció nublado en Acapulco. Manuel abrió la taquería a las 11 de la mañana. Como siempre, preparó el trompo de carne al pastor, cortó cebollas, lavócilantro, organizó las salsas en sus recipientes de plástico, todo exactamente igual que cualquier otro día, pero en su mente repasaba cada paso del plan.

El flaco llegaría alrededor de las 8:30 de la noche, pediría tres tacos al pastor sin cebolla. Manuel tendría listos dos lotes de tacos, uno normal para clientes regulares y otro con el polvo mezclado en la carne, exclusivamente para el flaco. No podía haber confusión. Un error significaría matar a un inocente o desperdiciar la oportunidad.

Leticia llegó a las 3 de la tarde para ayudar con el turno vespertino. ¿Te ves cansado? ¿Dormiste bien? Manuel asintió mientras picaba jitomate. Sí, solo es el calor. Mentira, no había dormido más de 3 horas en los últimos 4 días, pero su apariencia cansada era normal en alguien que trabajaba turnos de 17 horas. Nadie sospecharía nada.

Leticia se quedó hasta las 7. Después se fue a casa para ayudar a los niños con la tarea. Manuel quedó solo con un ayudante de cocina, un muchacho de 19 años llamado Toño, que trabajaba a la parrilla mientras Manuel atendía la caja y servía las mesas. A las 8:23 de la noche, la motocicleta negra se estacionó frente a la taquería.

El flaco entró con su camisa deportiva oscura y jeans. Se sentó en un banquito junto a la barra. Tres al pastor sin cebolla. Manuel asintió. Enseguida. Jefe, fue a la cocina. Toño estaba cortando más carne del trompo. Manuel le indicó, “Yo preparo estos. Tú atiende a la señora de la mesa cuatro.” Toño no cuestionó. Manuel tomó tres tortillas, las calentó en el comal, cortó carne del trompo y la colocó en las tortillas.

Después agregó cilantro y salsa roja normal. Pero antes de servir los tacos, fue al área de preparación trasera. Sacó el frasco etiquetado, control de plagas. Midió cuidadosamente medio gramo de polvo por taco usando una cuchara de medición de acero inoxidable. Espolvo el polvo sobre la carne.

Se mezclaba perfectamente con el color rojizo del adobo. Manuel regresó a la barra con los tres tacos en un plato de unicel. Listo. ¿Algo de tomar? El flaco pidió un refresco de cola. Manuel lo sirvió de la hielera. El flaco comenzó a comer mientras revisaba su celular. Manuel limpió la barra cerca de él, observando discretamente.

El flaco masticaba con normalidad, sin muecas, sin comentarios sobre el sabor. Terminó los tres tacos en menos de 8 minutos. Pagó 45es. Están buenos. Voy a venir más seguido. Manuel sonrió. Cuando quieras, aquí andamos. El flaco salió, arrancó su moto y se perdió en el tráfico de la costera.

Hora exacta de salida, 8:56 de la noche. Manuel continuó trabajando hasta las 2:30 de la madrugada. Atendió a 37 clientes más. Limpió la parrilla, barrió el piso, lavó los trastes. Toño se despidió cerca de las 2. Nos vemos mañana, don Manuel. Manuel cerró el portón de metal y condujo a casa. Leticia dormía, los niños dormían.

Manuel se sentó en el sofá de la sala con las luces apagadas. No sentía culpa, no sentía miedo, solo una espera fría y calculada. Si las pruebas con las ratas eran precisas, el flaco empezaría a sentir síntomas entre el miércoles por la noche y el jueves por la mañana. En 48 horas estaría muerto.

El jueves 8 de septiembre, Manuel abrió el periódico El Sur de Acapulco mientras tomaba café antes de ir a la taquería. En la página 9, sección de policía y seguridad encontró una nota breve. Fallece joven por intoxicación en Progreso. Cristian Vega, 25 años, fue encontrado sin vida en su domicilio por su madre.

Autoridades presumen intoxicación alimentaria aguda. El cuerpo fue trasladado al Sémefo para determinar causa exacta de muerte. Manuel leyó la nota tres veces. Christian Vega, 25 años, era el flaco. La edad coincidía, la colonia coincidía. Manuel recortó la nota con tijeras y la guardó en su libreta.

Después desayunó tranquilamente. Pan dulce con café. Leticia preguntó por qué estaba de mejor humor. Sin razón, solo dormí bien anoche. Esa tarde, don Rafa, su proveedor de chiles del mercado central, llegó con un pedido. Era un hombre de 62 años con bigote gris y camisa de cuadros. Había conocido a Manuel desde que abrió la taquería.

Mientras descargaban costales de Chile Guajillo, don Rafa comentó, “¿Te enteraste? Mataron a uno de los del CO TNG que cobraban por aquí. Manuel fingió sorpresa. En serio, ¿quién? Don Rafa bajó la voz, aunque no había nadie más cerca. Un tal Cristian le decían el flaco. Lo encontraron muerto en su casa.

Dicen que fue intoxicación, pero quién sabe. A lo mejor fue ajuste de cuentas interno. Manuel asintió. Qué lástima. Aunque no voy a decir quelo siento mucho. Don Rafa lo miró con entendimiento. Nadie va a llorar a esos. Hicieron mucho daño. Después cambió de tema. Oye, necesito conseguir semillas de higuerilla.

Tu primo de Chilpancingo todavía tiene Manuel sintió un escalofrío, pero mantuvo la expresión neutral. ¿Para qué las necesitas? Don Rafa explicó. Tengo problemas con ratas en mi bodega. Me dijeron que funciona bien. Manuel sonríó. Mi primo puede conseguir. Te paso su número. Don Rafa agradeció y se fue. Manuel respiró profundo.

Nadie sospechaba nada. El plan había funcionado perfectamente, pero Manuel no estaba satisfecho. El flaco era solo uno. Faltaban más. El gerero que fue al velorio de Claudia y tuvo el descaro de dar el pésame. El pollo, el otro tirador del hotel, la changa, la supervisora de cobros, el pitufo, el novato que siempre acompañaba a los demás.

Manuel sabía que eliminar a uno podría pasar desapercibido. Dos empezarían a levantar sospechas. Tres definitivamente activarían una investigación, pero a esas alturas ya no le importaba. Claudia merecía justicia y si el estado no la proporcionaría, él lo haría. Sacó su libreta y escribió una segunda entrada. El gero. Viernes 7 pm.

Cuatro tacos bistec, salsa verde. Viene solo con el pitufo. Tatuaje CJNG oculto bajo manga larga. Fue al velorio de Claudia. Debajo escribió, “Segundo.” Manuel cerró la libreta y la guardó en el cajón de la caja registradora, debajo de los rollos de papel para tickets. Nadie revisaba ahí, excepto él. Esa noche durmió mejor que en semanas, no porque estuviera en paz, sino porque finalmente sentía que estaba haciendo algo. Claudia no moriría en vano.

Su muerte tendría consecuencias y esas consecuencias tenían nombre y apellido. El viernes 20 de septiembre llegó con lluvia ligera. Acapulco en temporada de huracanes era impredecible. Cielos grises que descargaban aguaceros repentinos durante 20 minutos y después se despejaban como si nada hubiera pasado.

La taquería de Manuel tenía toldo de lámina que protegía las mesas exteriores, pero aún así los clientes preferían las mesas internas cuando llovía. Esa noche Manuel esperaba a alguien específico. El gero, el cobrador de 30 años que había comido gratis en su taquería durante 3 años.

El que se apareció en el velorio de Claudia con expresión de pésame falso. El que sabía exactamente quién había matado a su hermana y nunca dijo nada. El gerero llegó a las 7:12 de la noche. Venía solo usando gorra de los Dodgers y chamarra deportiva gris. Se sentó en su lugar habitual, una mesa esquinera cerca de la parrilla.

Manuel lo saludó con la cordialidad de siempre. ¿Qué tal, jefe? Lo de siempre. El gerero asintió. Cuatro de bistec con salsa verde y un jarritos de tamarindo. Manuel anotó mentalmente, aunque no necesitaba hacerlo. Conocía el pedido de memoria. Fue a la cocina donde Toño preparaba carnitas para otro cliente. Yo hago estos.

Tú ve preparando los órdenes que siguen. Toño obedeció sin preguntar. Manuel repitió el proceso de la semana anterior. Cuatro tortillas calentadas, carne de bistec recién cortada, cebolla picada, cilantro fresco. Pero antes de agregar la salsa verde, Manuel espolvoció medio gramo del polvo en cada taco.

2 g en total. Más que suficiente para alguien de 75 kg, como el gero. Manuel cubrió el polvo con la salsa verde y decoró con cilantro adicional. Los tacos se veían perfectos, apetitosos, mortales. Los llevó a la mesa con el refresco. Aquí están, jefe. Buen provecho. El gerero ya estaba mirando videos en su celular.

Gracias Manu, siempre la mejor comida de la costera. Mientras el gerero comía, Manuel atendió a otros clientes. Una pareja de turistas de Guadalajara que pedían recomendaciones, tres taxistas que llegaban por su cena habitual, un policía de turística que siempre ordenaba seis tacos para llevar. Manuel funcionaba en automático, sonreía, tomaba órdenes, cobraba, limpiaba mesas, pero parte de su atención estaba puesta en el gero.

El cobrador terminó sus cuatro tacos en 15 minutos. Se limpió las manos con una servilleta. Órale, Manu. Voy a traer a mi compadre la próxima semana. Tiene que probar esto. Manuel sonríó. Claro que sí, cuando gusten. El gerero dejó 50 pesos en la mesa, aunque la cuenta era de 60. Me debes 10.

Manuel le devolvió el cambio. El gerero lo rechazó. Quédatelo. Eres buen tipo. Se fue caminando hacia una camioneta Nissan gris estacionada a media cuadra. Manuel recogió el plato vacío y las servilletas usadas, los tiró a la basura, limpió la mesa con cloro. Nadie notó nada inusual. El resto de la noche transcurrió normalmente.

Manuel cerró la taquería a las 2:30 de la madrugada, condujo a casa, seduchó y se acostó junto a Leticia, que dormía profundamente. Puso una alarma para las 9 de la mañana. Necesitaba estar despierto para revisar el periódico del domingo. Si todo salía según lo planeado, el gerero empezaría a sentir síntomas el sábado por la noche.

Para el domingo estaría muerto. El domingo 22 de septiembre, Manuel compró el periódico en un Oxo cerca de su casa. Página 11, nota pequeña. Muere cobrador del CJ UNG en su domicilio. Óscar Medina, conocido como El Gerüero, fue hallado sin vida en su departamento de colonia centro. Familiares reportan que había estado enfermo desde el sábado con síntomas de intoxicación severa.

Autopsia preliminar sugiere envenenamiento por alimentos contaminados. Familia demanda investigación a Marisquería, donde cenó el viernes. Manuel leyó la última línea dos veces. La familia culpaba a una marisquería. Pista falsa perfecta. Las autoridades investigarían un negocio equivocado.

Nadie conectaría las muertes. Todavía no. Manuel guardó el recorte junto al del flaco. Dos nombres, dos caras, dos objetivos eliminados, pero aún quedaban más. sabía que eventualmente la fiscalía comenzaría a anotar el patrón. Miembros de la misma célula del CJ muriendo con síntomas similares en un lapso corto, pero confiaba en la incompetencia institucional.

En Guerrero, donde el 98% de los homicidios quedaban impunes, era poco probable que dedicaran recursos significativos a investigar las muertes de criminales, especialmente si las autopsias sugerían causas naturales o accidentales. Durante las siguientes semanas, Manuel continuó observando.

La changa, la supervisora de los cobradores, apareció un miércoles por la tarde. Mujer de 28 años con cabello rapado estilo militar y tatuaje de un escorpión en el antebrazo izquierdo. Ordenó cinco tacos de carnitas para llevar. Manuel preparó el pedido personalmente. Agregó el polvo en tres de los cinco tacos, no en todos, para reducir sospechas si alguien más comía del mismo pedido.

La changa pagó, agradeció y se fue. Tres días después, nota en el periódico. Fallece mujer vinculada al CG TNG por complicaciones de salud. Adriana Zúñiga, de 28 años, murió en el Hospital General tras ingresar con falla renal aguda. Autoridades investigan posible envenenamiento. El Pitufo, el novato de 23 años, que siempre acompañaba a otros cobradores, llegó un sábado con un amigo. Ambos ordenaron tacos de chorizo.

Manuel solo adulteró el pedido del pitufo. Cuatro tacos, 2 gr totales. El amigo comió tacos normales y se fue sin problemas. El pitufo murió 5co días después. Nota en el periódico Joven muere por intoxicación en Progreso. Luis Hernández, de 23 años, fue encontrado muerto tras presentar síntomas similares a otros casos recientes.

La nota mencionaba que autoridades comenzaban a investigar posible conexión entre las muertes. Manuel leyó eso con preocupación. El reloj empezaba a correr. Octubre trajo más objetivos. Manuel identificó a dos sicarios que patrullaban la zona en una motocicleta negra.

Uno tenía la calavera tatuada en el cuello. El pollo. El segundo tirador del hotel, el Cano, el que disparó a Claudia. Manuel sintió que su pulso se aceleraba cada vez que los veía pasar frente a la taquería, pero necesitaba ser paciente, esperar el momento correcto. El 15 de octubre, ambos sicarios estacionaron la moto frente a un changarro en Colonia Progreso.

Manuel había seguido sus rutinas durante semanas. Sabía que se detenían ahí cada tres días alrededor de las 9 de la noche. Esa tarde, Manuel preparó una bolsa de tacos para llevar. 12 tacos al pastor con salsa especial. Condujo hasta el changarro y se estacionó a media cuadra. Esperó hasta que vio la motocicleta llegar.

Los dos sicarios bajaron y se quedaron afuera del establecimiento fumando cigarros. Manuel bajó de su camioneta con la bolsa. Buenas noches. Estoy repartiendo muestras gratis del nuevo menú de mi taquería. ¿Gustan probar? Los sicarios se miraron con desconfianza. ¿De dónde? Manuel mintió. Los tacos del rey en la costera.

Estamos abriendo sucursal nueva y queremos que la gente conozca la comida. El pollo tomó la bolsa. Sale. Gracias. Manuel regresó a su camioneta y se fue antes de que abrieran la bolsa. Condujo directamente a casa sin pasar por la taquería. Dos días después, ambos sicarios aparecieron muertos en una casa de seguridad. La fiscalía finalmente conectó los puntos.

Siete miembros de la misma célula del CJNG muertos en 6 semanas, todos con síntomas idénticos. La teoría oficial, guerra interna del cartel o envenenamiento por organización rival. Asignaron un equipode tres agentes para investigar, pero seguían buscando en la dirección equivocada. Pensaban en carteles enemigos, no en un taquero silencioso con conocimientos de botánica.

Noviembre llegó con temperaturas más frescas y turismo en aumento. Acapulco se llenaba de visitantes que escapaban del frío del centro del país. La taquería de Manuel operaba a capacidad máxima. Filas de 20 personas esperando mesas. Toño trabajaba a tiempo completo y Manuel tuvo que contratar a un segundo ayudante, un muchacho llamado Darío, que lavaba platos y limpiaba mesas.

Leticia anotó el incremento en ingresos. Deberíamos aprovechar para ahorrar más. Tal vez podemos comprar ese terreno en diamante que vimos el año pasado. Manuel asintió distraídamente. El terreno ya no importaba. Nada de eso importaba. Durante las primeras dos semanas de noviembre, Manuel eliminó a tres objetivos más.

Uno era otro cobrador que frecuentaba la taquería. Otro era un sicario que había visto participando en operativos de intimidación contra comerciantes de la zona. El tercero era un contador que manejaba las finanzas de la célula, un hombre de 40 años con apariencia de oficinista que comía tacos de suadero cada jueves.

Manuel los trataba a todos con la misma profesionalidad. Servía, cobraba, sonreía y agregaba medio gramo de polvo en sus tacos. Las muertes empezaron a generar pánico dentro de la organización criminal. El teniente Rodrigo Zamora, líder regional del CJNG, que operaba desde Chilpancingo, llegó a Acapulco el 18 de noviembre.

Convocó una reunión de emergencia con los operativos sobrevivientes. La reunión se realizó en una casa de seguridad en Colonia Progreso. 18 personas asistieron. El teniente era un hombre de 42 años con cicatrices visibles en el rostro. y reputación de extrema violencia. “Tenemos un problema”, dijo mientras caminaba frente a los presentes.

“Nueve de ustedes han muerto en tres meses. Eso no es casualidad. Alguien nos está atacando.” Los sicarios intercambiaron miradas nerviosas. Uno preguntó, “¿Creen que sean los guerreros unidos?” El teniente negó, “No tienen capacidad para esto. Esto es diferente, más silencioso, más efectivo.” Ordenó que todos extremaran precauciones.

No coman en lugares desconocidos. No acepten comida de extraños. Muévanse en grupos. Reporten cualquier cosa sospechosa. También mando traer a un sicario de élite desde Guadalajara, un hombre conocido como el comandante, especialista en identificar infiltrados y traidores. Su trabajo era descubrir quién estaba detrás de las muertes.

El comandante llegó a Acapulco el 20 de noviembre, hombre de 35 años, complexión atlética, entrenamiento militar. Comenzó investigando cada una de las muertes. Entrevistó familiares, revisó autopsias, buscó patrones. Descubrió que todas las víctimas habían comido en múltiples lugares antes de morir. Taquerías, marisquerías, fondas, puestos callejeros.

Imposible determinar el origen exacto del envenenamiento. Los análisis toxicológicos no se habían realizado porque los presupuestos forenses no alcanzaban. Las muertes se archivaban como intoxicaciones alimentarias o fallas orgánicas, pero el comandante era metódico. Hizo algo que las autoridades no hicieron.

Elaboró un mapa con las ubicaciones donde cada víctima había sido vista por última vez antes de enfermarse. Marcó las taquerías, restaurantes y negocios que aparecían repetidamente. Tres nombres surgieron con frecuencia. Los tacos del rey, mariscos, el puerto y los tacos de mano. El comandante visitó cada establecimiento.

En los tacos del rey encontró que el dueño había estado en Cuernavaca durante las fechas relevantes. En mariscos, el puerto. El dueño era una mujer de 60 años sin vínculos con el CGHNG. Pero los tacos de mano era diferente. El comandante comió ahí una noche de finales de noviembre.

se sentó en una mesa cerca de la parrilla y observó. Manuel lo atendió con la misma amabilidad de siempre. Bienvenido. Primera vez que viene, el comandante asintió. Recomendaciones. Manuel sugirió los tacos al pastor. El comandante ordenó cuatro. Manuel los preparó personalmente, pero esta vez sin agregar nada.

No por precaución, sino porque el comandante no estaba en su lista. Manuel solo atacaba a personas que confirmaba habían participado en la muerte de Claudia o en actividades de extorsión directas. Mientras comía, el comandante observó a Manuel. Notó manos expertas, la memoria para rostros, la forma en que Manuel reconocía clientes regulares.

Después preguntó casualmente, “¿Usted conocía a alguien llamado el gerero? Creo que comía aquí.” Manuel asintió su intención. Sí, venía seguido. Pobrehombre, escuché que murió hace unas semanas. Intoxicación o algo así. El comandante estudió la reacción de Manuel. No vio nada sospechoso, solo un taquero respondiendo una pregunta.

¿Recuerda qué pidió la última vez que vino? Manuel se encogió de hombros. Bistec con salsa verde. Siempre pedía lo mismo. El comandante terminó su comida y pagó. dejó propina generosa. Buena comida, voy a regresar. Manuel agradeció cuando guste. Después de que el comandante se fue, Manuel se permitió respirar profundo.

Sabía que eventualmente alguien empezaría a hacer preguntas correctas, pero confiaba en que su cobertura era sólida. No había evidencia física, no había testigos, solo coincidencias que podrían explicarse de múltiples formas. Además, ya había eliminado a nueve de los responsables de la muerte de Claudia.

Su lista estaba casi completa. El 25 de noviembre, el comandante presentó su informe al teniente No encontré nada concreto. Las muertes podrían ser obra de un rival silencioso o un infiltrado que conoce nuestros movimientos. Recomiendo que cambien todas las rutas de cobro, eviten lugares habituales y refuercen seguridad en casas de seguridad.

El teniente aceptó las recomendaciones, pero también decidió organizar una posada navideña para levantar la moral de los operativos sobrevivientes. Necesitamos mostrar que no tenemos miedo, que seguimos fuertes. La posada se programó para el 18 de diciembre en una casa de seguridad en calle Libertad.

Manuel se enteró de la posada a través de don Rafa. El proveedor de Chiles tenía contactos en todos lados. Oye, Manu, ten cuidado. Estas semanas los del CJ andan más nerviosos que de costumbre. Van a hacer una fiesta grande el 18. Seguro van a andar borrachos y violentos. Manuel preguntó dónde sería la fiesta.

Don Rafa le dio la dirección sin sospechar nada. Calle Libertad 112, en progreso. Yo no voy ni de broma, aunque me inviten. Manuel agradeció la información. En su mente, las piezas comenzaron a caer en su lugar. Una reunión con 20 o más operativos del Se, todos en un solo lugar. Era la oportunidad perfecta para el golpe final.

Pero Manuel necesitaba ser más cuidadoso que nunca. No podía simplemente aparecer con tacos y entregarlos. Necesitaba un intermediario, alguien que no supiera lo que estaba entregando. Pensó en contratar a un repartidor de aplicación, Rapy, Did Foot, Ubers, alguien que simplemente siguiera instrucciones sin hacer preguntas.

La posada era en 11 días. Manuel tenía tiempo suficiente para preparar el lote más grande hasta ahora. 60 tacos, cada uno con pun3 g de risina. dosis reducida para asegurar que el mayor número posible de personas consumiera antes de que los síntomas aparecieran. No quería matar a todos inmediatamente.

Quería incapacitar a muchos, crear caos, enviar un mensaje que nadie pudiera ignorar. El 15 de diciembre, 3 días antes de la posada, Manuel comenzó los preparativos finales. Calculó que necesitaría aproximadamente 18 g de polvo de risina para 60 tacos, suficiente para incapacitar gravemente a cualquiera que comiera dos o más tacos.

Trabajó durante dos noches consecutivas después de cerrar la taquería. Toño y Darío ya se habían ido. Manuel se quedaba solo en la cocina moliendo las últimas semillas que le quedaban, mezclándolas con chile piquín para disimular textura y color. El polvo resultante se veía idéntico a cualquier condimento mexicano común.

La tarde del 16 de diciembre, Manuel abrió la aplicación de Rapia en su celular. Buscó repartidores disponibles cerca de su zona. Encontró a Kevin Martínez, 16 años, calificación de 4.8 estrellas, más de 200 entregas completadas. Manuel creó un pedido falso. Entrega especial de tacos para evento corporativo.

Pago en efectivo 200 pesos. Instrucciones de entrega. Llevar a calle Libertad 112, colonia Progreso. Decir que son cortesía de taquería los reyes. Regalo navideño. Manuel sabía que los Reyes era su competencia directa. Si alguien investigaba después, las sospechas caerían sobre ese negocio, no sobre el suyo.

Kevin aceptó el pedido. Manuel le envió un mensaje. Pasa mañana, 18 de diciembre, a las 7 de la tarde por la taquería. Los tacos estarán listos y empacados. Kevin respondió con un emoji de pulgar arriba. Todo estaba en marcha. El 17 de diciembre, Manuel preparó 60 tacos con cuidado obsesivo. Carne al pastor recién cortada, tortillas calentadas, cilantro fresco, cebolla picada y el polvo.

Pun3 g por taco distribuidos uniformemente en la carne antes de agregar las salsas. Manuel empacó los tacos en seis cajas de cartón enceradas, 10 tacos por caja. Las selló con cinta adhesiva y las colocó en dos bolsas grandes de papel craft con el logo inventado de Taquería los Reyes impreso.

El 18 de diciembre a las 7 de la tarde Kevin llegó en bicicleta a la taquería. Manuel salió con las bolsas. Aquí están. 60 tacos para el evento. La dirección es calle libertad 112. Llegas, tocas, dices que son regalo de taquería los reyes y entregas. ¿Quedó claro? Kevin asintió. Sí, señor. Regalo navideño. Manuel confirmó. Exacto.

Aquí están los 200 pesos. le entregó el dinero en efectivo, sin transferencia, sin rastro bancario. Kevin guardó el dinero, colocó las bolsas en la canasta trasera de su bicicleta y se fue pedaleando hacia Colonia Progreso. Manuel regresó a la taquería y continuó trabajando como si nada hubiera pasado.

Atendió clientes, preparó pedidos, limpió mesas, pero su mente estaba en otro lugar. Imaginaba la escena. Kevin tocando la puerta de la casa de seguridad. Algún sicario abriendo, aceptando las bolsas con desconfianza inicial, pero finalmente llevándolas adentro. La posada ya estaría en marcha. Música de banda sonando, gente bebiendo cerveza, mesas con botanas y ahora 60 tacos gratis.

Cortesía de un competidor que supuestamente quería ganar favores. ¿Lo aceptarían? Manuel apostaba a que sí. La comida gratis siempre era bienvenida en cualquier fiesta mexicana. Kevin llegó a calle Libertad 112 a las 7:32 de la noche. La casa era de dos pisos, pintura verde deslavada, portón de metal.

Música fuerte salía desde el interior. Kevin bajó de su bicicleta y tocó. Un hombre de unos 25 años abrió. ¿Qué onda, Kevin? Levantó las bolsas. Traigo tacos. Cortesía de taquería los reyes. Regalo navideño para ustedes. El hombre frunció el seño. Los reyes, qué raro. Se volteó y gritó hacia adentro. Changa, ¿trajeron tacos de los reyes? La changa, no, espera.

Manuel recordó que la changa ya estaba muerta. Había sido una de sus víctimas anteriores. Entonces, quien respondió fue otro supervisor, una mujer diferente que Manuel no conocía. Los reyes, nosotros pedimos eso. El sicario en la puerta negó, no dice que es regalo. La mujer se acercó, revisó las bolsas. Bueno, están selladas y con el logo y todo.

A lo mejor quieren congraciarse con nosotros o están compitiendo contra otra taquería y quieren que los promocionemos. Se encogió de hombros. Déjalas pasar. Comida gratis es comida gratis. El sicario tomó las bolsas y cerró la puerta. Kevin se subió a su bicicleta y se fue sin pensar más en el asunto. Dentro de la casa, 18 adultos y cuatro niños celebraban.

Los niños eran hijos de algunos sicarios que los habían traído porque no tenían con quién dejarlos. Corrían entre las mesas jugando. Los adultos bebían cerveza, victoria y modelo. Había un trompo de carne al pastor ya casi terminado, que alguien había traído de otra taquería. Botanas en mesas de plástico, un equipo de sonido conectado a un celular reproduciendo música de banda.

El teniente no había llegado todavía, pero había mandado aviso de que llegaría alrededor de las 9. Las cajas de tacos se abrieron a las 7:40. Órale, 60 tacos. Uno de los sicarios distribuyó las cajas en diferentes mesas. Échenle. Hay para todos. Los adultos comenzaron a comer. Los tacos se veían bien, olían bien, sabían bien. Nadie notó nada inusual.

Los niños prefirieron seguir comiendo pizza que había en una mesa separada. Solo uno de los niños comió un taco porque su padre se lo ofreció. Los otros tres siguieron con sus refrescos y pizza. 18 adultos comieron entre uno y cuatro tacos cada uno. Algunos comieron más. Algunos menos, pero todos consumieron al menos uno.

A las 11 de la noche, la fiesta seguía. Nadie presentaba síntomas todavía. La risina necesitaba tiempo, entre 24 y 48 horas. Para la madrugada del 20 de diciembre, los primeros efectos comenzarían. Manuel cerró su taquería esa noche a la hora habitual. condujo a casa, se duchó, se acostó, pero no durmió. Sabía que las próximas 72 horas serían críticas, o su plan funcionaba completamente o algo saldría terriblemente mal.

A las 3 de la mañana seguía despierto mirando el techo. Pensaba en Claudia, en su sonrisa en los domingos preparando salsas en el collar de plata que llevaba puesto cuando murió. “Por ti”, susurró en la oscuridad. Todo esto es por ti. El 20 de diciembre a las 4 de la madrugada el primer sicario comenzó a vomitar.

Para las 6 de la mañana, tres más presentaban síntomas severos. A las 8, cinco estaban en camino al Hospital General de Acapulco. Para el mediodía del 20, 12 personas habían sido hospitalizadas. Los doctores no entendían qué estaba pasando.

Síntomas idénticos enmúltiples pacientes, deshidratación extrema, falla renal, vómito con sangre. Uno de los médicos, un internista de 50 años llamado Drctor Vargas, llamó a la fiscalía. Tenemos una emergencia, 12 pacientes con intoxicación severa. Todos estuvieron en el mismo lugar. Necesitamos apoyo. El 21 de diciembre por la mañana.

Siete de los hospitalizados habían muerto, cinco más estaban en terapia intensiva. El hospital general colapsó. No había suficientes camas, no había suficiente personal. Familiares de las víctimas llenaban los pasillos gritando, exigiendo explicaciones. El teniente llegó al hospital como huracán.

¿Quién trajo esos tacos? interrogó a los sobrevivientes. Uno recordaba, un chavo en bicicleta dijo que de taquería a los reyes. El teniente mandó a tres de sus hombres a buscar esa taquería inmediatamente. Los sicarios llegaron a taquería a los Reyes a las 3 de la tarde del 21 de diciembre. El dueño, un hombre de 52 años llamado Ricardo Flores, estaba preparando carnitas.

Ustedes mandaron tacos a una fiesta el domingo. Ricardo negó confundido. ¿Qué fiesta? Yo no mandé nada a nadie. Los sicarios lo amenazaron. No nos mientas. 60 tacos. Dijeron que eran de aquí. Ricardo mostró su registro de ventas. El domingo estuve en Cuernavaca con mi familia. Tengo testigos. Facturas de hotel. No mandé ningún taco.

Los sicarios verificaron. Ricardo no mentía. Alguien había usado su nombre como cobertura. El teniente entendió entonces que esto no era accidente, era un ataque coordinado. Alguien había planeado envenenar a su gente usando un nombre falso. Ordenó investigación completa. Quiero saber quién contrató al repartidor.

Quiero saber de dónde salieron esos tacos. y quiero saber quién está detrás de esto. La fiscalía también aceleró su investigación. El agente ministerial Héctor Maldonado, asignado al caso, comenzó rastreando al repartidor. Con ayuda de la plataforma Rapi, identificaron a Kevin Martínez en menos de 24 horas.

El 22 de diciembre a las 10 de la mañana, dos agentes de la policía ministerial tocaron la puerta de la casa de Kevin Martínez en colonia Emiliano Zapata. La madre de Kevin, una mujer de 38 años que trabajaba limpiando casas, abrió la puerta con desconfianza. ¿Qué se les ofrece? Los agentes mostraron placas.

Necesitamos hablar con Kevin Martínez. ¿Está él? La madre palideció. ¿Qué hizo? Uno de los agentes mantuvo tono neutral. No ha hecho nada malo, señora. Solo necesitamos que nos ayude con información sobre un pedido que entregó. Kevin bajó las escaleras con expresión nerviosa. Tenía 16 años, pero se veía menor. Delgado, piel morena, cabello corto.

Yo, el agente asintió. El domingo 18 entregaste tacos en Calle Libertad 112. Necesitamos que nos digas quién te contrató. Kevin tragó saliva. Su madre intervino. Quiero estar presente si van a interrogar a mi hijo. Los agentes aceptaron. Podemos hacerlo aquí. o en las oficinas de la fiscalía. Usted decide.

La madre eligió ir a la fiscalía. Vamos para allá. No quiero problemas. En las oficinas de la Fiscalía General del Estado, el agente Maldonado condujo el interrogatorio. Kevin estaba sentado con su madre a un lado. Una trabajadora social de la institución también estaba presente por tratarse de un menor de edad.

Kevin, nadie te está acusando de nada, comenzó Maldonado. Pero necesitamos información. ¿Recuerdas el pedido del domingo? Kevin asintió. Sí. Un señor me pidió entregar 60 tacos a una casa en progreso. Maldonado tomó notas. ¿Cómo era ese señor? Kevin describió. Como de 38 años.

Delgado, moreno, usaba camiseta blanca, creo. Tenía una taquería. Maldonado mostró fotografías de varias taquerías de la zona. ¿Puedes identificar cuál? Kevin revisó las imágenes lentamente. Se detuvo en una foto de los tacos de mano. Esa esa es. Ahí me dio las bolsas. Maldonado sintió que algo encajaba. El nombre de la taquería.

Kevin recordó los tacos de mano está en la cosera. Maldonado revisó sus archivos mentalmente. Ese nombre había aparecido antes en la investigación de los envenenamientos previos. El comandante había comido ahí. Había mencionado que era lugar frecuente de varios de los fallecidos. ¿Qué te dijo exactamente el señor? Kevin repitió las instrucciones que los tacos eran regalo navideño de taquerí a los reyes, que los entregara y dijera eso.

Maldonado conectó los puntos. Alguien había usado el nombre de los Reyes como cobertura, pero los tacos venían de los tacos de Manu. ¿Te pagó en efectivo? Kevin asintió. Sí, 200 pesos. Sin transferencia bancaria, sin rastro digital. Maldonado agradeció a Kevin y a su madre. Eso estodo por ahora.

Si necesitamos más información, los contactaremos. Después de que Kevin y su madre se fueron, Maldonado convocó reunión de emergencia con su equipo. Tres agentes se sentaron alrededor de una mesa con expedientes de las últimas 10 muertes relacionadas con el CJNG. Maldonado habló mientras colocaba fotografías en un tablero. Patrón claro.

Nueve miembros de la célula de extorsión de icacacos muertos entre septiembre y noviembre. Todos con síntomas de envenenamiento. Las autopsias sugirieron intoxicación alimentaria, pero nunca se realizaron análisis toxicológicos completos. Ahora tenemos siete muertos más y cinco en terapia intensiva, todos envenenados en la posada del 18 de diciembre.

Uno de los agentes preguntó, “¿Qué tienen en común?” Maldonado señaló el mapa. Todos comieron en establecimientos de la zona turística días antes de morir. Tres nombres se repiten: Los tacos del rey, mariscos el puerto y los tacos de Manu. Ya descartamos los primeros dos. Queda los tacos de mano.

Otro agente agregó, el dueño es Manuel López Ruiz, 38 años, sin antecedentes penales, casado, dos hijos. Opera la taquería desde 2006. Maldonado sintió que algo más faltaba. Busquen si tiene alguna conexión con las víctimas. Motivo personal. Un agente revisó bases de datos. Después de 20 minutos encontró algo.

Miren esto. Manuel López tiene una hermana, Claudia López Ruiz, asesinada el 7 de agosto de 2022 en el Hotel Elcano por dos sicarios del CJ durante intento de extorsión. Carpeta FGE Croa 2847 2022. Maldonado sintió que todo cobraba sentido. Venganza. Manuel perdió a su hermana por culpa de esta célula y decidió tomar justicia en sus propias manos. Revisó las fechas.

Las muertes comenzaron un mes después del asesinato de Claudia. La primera víctima fue el flaco, uno de los dos tiradores identificados por testigos en el hotel. “Necesitamos evidencia física”, dijo Maldonado. “No podemos arrestarlo solo con teorías. Necesitamos pruebas de que él preparó los tacos envenenados.

” ordenó vigilancia discreta en la taquería. Durante dos días, agentes en ropa civil comieron ahí observando. No notaron nada sospechoso. Manuel atendía clientes con normalidad, sonreía, bromeaba, preparaba comida. No había señales de actividad criminal, pero Maldonado sabía que necesitaban actuar rápido.

Si Manuel sospechaba que estaba siendo investigado, podría destruir evidencia o huir. El 26 de diciembre, Maldonado presentó su caso ante el juez de control. Tenemos motivo, venganza por hermana asesinada. Tenemos método, acceso a ingredientes y conocimiento de preparación de alimentos. Tenemos oportunidad.

Nueve víctimas eran clientes regulares de su taquería y tenemos conexión directa. El repartidor identificó su negocio como origen de los tacos de la posada. El juez revisó el expediente. ¿Tienen evidencia física? ¿Testigos directos? Maldonado admitió que no.

Pero tenemos suficientes elementos circunstanciales para solicitar orden de cateo y aprensión. El juez tardó 6 horas en deliberar. Finalmente emitió la orden el 27 de diciembre a las 4 de la tarde. Orden de aprensión contra Manuel López Ruiz por 12 homicidios calificados con premeditación, alevosía y ventaja, orden de cateo para los tacos de mano y domicilio del sospechoso.

Maldonado programó el operativo para la madrugada siguiente. Quería evitar confrontación pública y minimizar riesgo de que Manuel huyera. Ocho elementos de la policía ministerial participarían. Ambulancia en standby por protocolo. El operativo se ejecutaría a las 5:47 de la mañana del 28 de diciembre.

Esa noche, Manuel cerró la taquería como siempre, pero había notado movimientos extraños. Dos hombres que comieron ahí tres veces en dos días. Nunca pedían lo mismo, siempre observaban demasiado. Manuel sabía lo que significaba vigilancia. El cerco se cerraba. Esa madrugada, después de cerrar, Manuel limpió la parrilla con más cuidado del habitual.

Lavó el metate tres veces con cloro. Revisó la bodega. El frasco con el polvo restante seguía ahí. Decidió dejarlo. Si venían por él, necesitarían evidencia. y él se la daría. No tenía sentido huir. Ya había cumplido su objetivo. Claudia estaba vengada. Regresó a casa a las 3 de la madrugada. Leticia dormía.

Entró al cuarto de Emiliano y Sofía. Los observó dormir durante 5 minutos. Después fue a su habitación, sacó una hoja de papel y escribió una carta. Leticia, perdón por lo que hice. Lo hice por Claudia. No podía dejar que su muerte quedara impune. Cuida a los niños. Explícales que su padre no es un monstruo, solo alguien que amaba demasiado a su hermana. Los amoa los tres.

Manuel guardó la carta en el cajón de su buró. Se acostó vestido. No durmió, solo esperó. A las 5:45 de la mañana del 28 de diciembre, dos patrullas Chevrolet Silverado Blancaverde de la Policía Ministerial se estacionaron silenciosamente frente a los tacos de Manu. Una ambulancia de la Cruz Roja esperaba media cuadra atrás. Ocho agentes descendieron con chalecos tácticos y armas largas.

El agente Maldonado lideraba el operativo. Las instrucciones eran claras. Entrada rápida. Asegurar al sospechoso, minimizar resistencia. No esperaban violencia. Manuel López no tenía historial de armas ni comportamiento agresivo, pero el protocolo exigía precaución. Manuel había llegado a la taquería a las 5:30, como cada mañana.

Estaba preparando salsas en la cocina trasera cuando escuchó los golpes fuertes en la puerta de metal. Policía ministerial, abra la puerta. Manuel dejó el cuchillo con el que cortaba jitomates. Se limpió las manos en el delantal rojo, respiró profundo, caminó hacia la puerta y abrió sin dudar.

Tres agentes con armas apuntandolo recibieron. Manuel López Ruiz. Manuel asintió. Sí, soy yo. Extendió las manos hacia adelante. Ya sabía que vendrían. No voy a pelear. Maldonado se adelantó mostrando la orden. Queda detenido por homicidio calificado múltiple. Tiene derecho a permanecer callado. Cualquier cosa que diga puede ser usada en su contra.

Tiene derecho a un abogado. Manuel escuchó sin expresión. Dos agentes le colocaron esposas metálicas en las muñecas detrás de la espalda. Las esposas apretaron con click metálico. Manuel no se resistió. No preguntó nada, solo dijo, “¿Puedo cerrar la parrilla? Está encendida.

” Un agente verificó y apagó el gas. Ya está. Manuel asintió. Gracias. Lo escoltaron hacia afuera. La escena que se desarrolló frente a la taquería fue exactamente la capturada en la foto, que más tarde se volvería viral. Manuel en el centro izquierda, camiseta blanca con manchas de grasa y sudor, jeans oscuros, delantal rojo todavía puesto, dos agentes a cada lado guiándolo hacia la patrulla.

A la derecha la ambulancia con puertas traseras abiertas. Uno de los agentes había sufrido crisis de ansiedad durante el operativo. Los paramédicos lo atendían con máscara de oxígeno en una camilla desplegada. Protocolos estándar en operativos de alto riesgo. Detrás de Manuel, la taquería con portón semiabierto, la parrilla visible, las mesas de acero inoxidable donde había preparado miles de tacos durante 16 años.

En el piso, conos amarillos marcaban evidencia incautada: frascos de salsa, bolsas de chiles, especias, utensilios y la libreta. Esa libreta con 12 nombres escritos con letra apretada. Vecinos comenzaban a salir de sus casas. Una mujer mayor en bata cubría su boca con la mano.

Un hombre en camiseta blanca se apoyaba en el marco de su puerta mirando la escena con incredulidad. Alguien del segundo piso sacó su celular y fotografió. Esa imagen se convertiría en la miniatura del caso. Subieron a Manuel a la patrulla. Hora exacta, 5:52 de la mañana. Lo trasladaron a las oficinas de la Fiscalía General del Estado en Avenida Cuautemoc.

Procesamiento estándar, foto Mogshot con placa negra donde escribieron Manuel López Ruiz, FG Guerrero, toma de huellas dactilares, registro de pertenencias personales. Manuel cooperó en todo. No pidió abogado inicialmente. Cuando le ofrecieron defensor público, aceptó con indiferencia. Como ustedes digan, la foto Mogshot capturó a un hombre exhausto, pero no arrepentido.

Rostro alargado, barba de candado con canas, ojeras profundas, pared beige manchada detrás, luz fluorescente dura que acentuaba cada línea de cansancio en su rostro. Manuel miraba directamente a la cámara con expresión vacía, no desafiante, no sumisa, solo agotada, como alguien que había corrido un maratón y finalmente cruzaba la meta sin importar el tiempo.

El interrogatorio formal comenzó a las 9 de la mañana. Maldonado y otro agente sentados frente a Manuel en una sala sin ventanas. Grabadora de audio en la mesa. Defensor público, un licenciado de 50 años llamado Ramírez, sentado junto a Manuel. Maldonado abrió expediente. Manuel, te voy a hacer unas preguntas.

Tienes derecho a no responder, pero te conviene cooperar. Manuel lo miró sin parpadear. Pregunta, “¿Conocías a las víctimas?” Manuel asintió. Algunos comían en mi taquería. Maldonado mostró foto del flaco Cristian Vega. ¿Lo recuerdas? Manuel confirmó. Venía los martes y jueves.

Tres tacos al pastor sin cebolla. Maldonado mostró foto de El Gerüero. Óscar Medina. Manuel asintió. Cuatro tacos de bistec con salsa verde. Viernes generalmente.Maldonado continuó mostrando fotos. Manuel reconoció a cada uno, sus pedidos, sus horarios, detalles que solo alguien con memoria fotográfica y años de servicio al cliente podría recordar.

¿Por qué lo hiciste? Manuel permaneció en silencio 30 segundos. Su abogado le susurró algo. Manuel lo ignoró. Mataron a mi hermana Claudia el 7 de agosto en el hotel Elcano. Dos de sus sicarios le dispararon porque ella presionó un botón de pánico. La carpeta de investigación se archivó sin que nadie hiciera nada, sin arrestos, sin justicia, nada.

Su voz era plana, sin emoción, solo hechos. Esperé un mes. Pensé que tal vez la fiscalía haría algo. No hicieron nada. Entonces decidí actuar. Maldonado preguntó sobre el método. ¿Cómo los envenenaste? Manuel explicó sin titubear. Risina extraída de semillas de higuerilla. Las conseguí en chilpancingo.

Las molí hasta hacerlas polvo. Las mezclé con chile piquín para que se vieran normales. Agregaba medio gramo por taco. Suficiente para matar a una persona de 70 kg en 48 horas. Hablaba como si describiera una receta de cocina sin dramatismo, solo técnica. ¿Probaste el veneno antes? Manuel asintió. Con ratas, tres ratas, diferentes dosis.

Necesitaba estar seguro de que funcionaba. Maldonado tomaba notas. Cada palabra de Manuel era evidencia que fortalecía el caso. “¿Te arrepientes?”, Manuel miró directamente a los ojos de la gente. Silencio de 8 segundos. Me arrepiento de que no pude eliminar a todos antes de que me atraparan.

No había vacilación en su voz. No había duda. El defensor público intentó intervenir. Manuel, no digas más. Estás perjudicando tu caso. Manuel lo ignoró. Ellos mataron a mi hermana. El sistema no hizo nada. Yo hice lo que tenía que hacer. Cada uno de ellos merecía morir por lo que le hicieron a Claudia.

Maldonado cerró su libreta. Tenía confesión completa, con detalles, sin coersión, grabada en audio. El caso estaba cerrado. ¿Algo más que quieras decir, Manuel? Negó. No, ya dije todo. Mientras tanto, agentes registraban la taquería y la casa de Manuel. En la taquería encontraron el frasco etiquetado, control de plagas. con 2.

3 kg de polvo café claro. Análisis preliminar de campo confirmó presencia de toxinas vegetales. También encontraron el metate con residuos microscópicos. En la casa, en el cuarto de lavado encontraron el sartén usado para tostar semillas y la libreta completa con 12 nombres, direcciones, horarios, descripciones físicas.

Evidencia física abrumadora. En la habitación de Manuel encontraron la carta dirigida a Leticia. Un agente la leyó y la catalogó como evidencia. También encontraron una caja de metal en el closet. Dentro una foto de Claudia sonriendo con su delantal de taquería, una veladora apagada, flores secas y el collar de plata con el dije de sol que Claudia llevaba puesto cuando murió.

Manuel lo había recuperado de las pertenencias de su hermana después del funeral. Era lo único que conservaba de ella, además de los recuerdos. La noticia del arresto explotó en medios locales y redes sociales en cuestión de horas. Para el mediodía del 28 de diciembre, la foto de Manuel esposado frente a su taquería circulaba en X, Facebook, grupos de WhatsApp.

Los titulares variaban según el medio, el sur de Acapulco. Taquero confesó 12 asesinatos en venganza por hermana. Milenio, justicia por mano propia. El caso del taquero justiciero. Proceso. Impunidad lleva a comerciante a convertirse en serial killer. La polarización fue inmediata. Hashagtaquerousticiero se volvió tendencia nacional.

Los comentarios en redes se dividían. Un sector significativo expresaba apoyo. Hizo lo que el gobierno no hace. El sistema falló primero. No es un criminal, es un héroe. Otro sector condenaba, asesinato es asesinato. La ley existe por algo. Esto solo genera más violencia. Activistas de derechos humanos emitieron comunicados señalando la peligrosidad de normalizar la justicia por mano propia.

Familias de víctimas de extorsión en otros estados expresaban comprensión hacia Manuel. El debate nacional sobre impunidad y falla del Estado se reavivó con intensidad. Leticia recibió la noticia cuando agentes tocaron su puerta a las 8 de la mañana. ¿Es usted esposa de Manuel López? Ella confirmó temiendo lo peor.

Cuando le explicaron que su esposo estaba detenido por múltiples homicidios, Leticia sintió que el piso desaparecía bajo sus pies. Tiene que haber un error. Manuel estáo. Él no mata a nadie. Los agentes fueron directos. Su esposo confesó, “Lo sentimos.” Leticia pidió ver a Manuel. Le dijeron que tendría que esperar a que completaran el procesamiento. Emiliano y Sofía estabanen la escuela cuando ocurrió el arresto.

Leticia los recogió temprano. “Necesitamos hablar.” Los llevó a casa de su hermana en colonia Centro. Ahí, con su hermana presente como apoyo, intentó explicar lo inexplicable. Su papá hizo algo muy malo para estar lejos por mucho tiempo. Sofía lloró sin entender completamente.

Emiliano, con 13 años comprendió más. ¿Por qué Leticia no tenía respuestas que aliviaran el dolor? Por la tía Claudia, por lo que le pasó. Emiliano procesó la información en silencio. Después preguntó, “¿Vamos a poder verlo?” Leticia no sabía qué responder. El proceso judicial se desarrolló rápidamente.

En enero de 2023, Manuel fue trasladado al cerezo de Acapulco, celda individual por seguridad, dado que el SEG manej probablemente ordenaría su ejecución si tenía oportunidad. Durante los primeros meses, Manuel no recibió visitas. Leticia estaba en shock intentando procesar la destrucción de su vida familiar, el negocio cerrado, los ahorros congelados por la investigación, dos niños traumatizados y un esposo que había confesado ser un asesino serial motivado por venganza.

En abril de 2023 comenzó el juicio oral. Juez de control, licenciado Fernando Campos. El defensor público argumentó homicidio en estado de emoción violenta, buscando reducir la sentencia. Mi cliente actuó bajo extremo dolor emocional tras la muerte violenta de su hermana y la falla absoluta del sistema judicial en procesar a los responsables.

La fiscalía rechazó el argumento. Los hechos demuestran premeditación clara, 4 meses de planeación, investigación de métodos, pruebas con animales, 12 víctimas. Esto no es pasión, es cálculo frío. La evidencia presentada fue abrumadora. Testimonio de Kevin Martínez identificando a Manuel.

Análisis forense del polvo encontrado en el frasco confirmando risina. Residuos en el metate coincidiendo con la toxina. La libreta con nombres y detalles de las víctimas. Las confesiones grabadas en audio. Conexión documentada entre Manuel y Claudia López. Carpeta archivada del asesinato de Claudia, demostrando falla institucional.

Todo encajaba perfectamente. El caso era irrefutable. Manuel se declaró culpable de 12 homicidios calificados. No apeló. No mostró remordimiento. Durante su declaración final ante el juez, habló con la misma voz plana de siempre. Maté a 12 personas. Todas ellas eran criminales que extorsionaban, amenazaban y asesinaban gente inocente.

Una de esas personas inocentes era mi hermana. El Estado no hizo nada para protegerla. Tampoco hizo nada para castigar a sus asesinos. Entonces, yo lo hice. No me arrepiento de eliminarlos. Me arrepiento de no haber encontrado otra forma. Pero no había otra forma.

El 15 de mayo de 2023, el juez dictó sentencia. La muerte violenta de Claudia López no justifica que el señor Manuel López tome la justicia en sus propias manos. Vivimos en un estado de derecho. Las fallas del sistema judicial, aunque reales y lamentables, no autorizan a los ciudadanos a convertirse en verdugos.

Los hechos demuestran premeditación, alevosía y ventaja. 12 víctimas asesinadas con método calculado. Por lo tanto, sentencio a Manuel López Ruiz a 240 años de prisión. 20 años por cada víctima, sin posibilidad de reducción de sentencia. Leticia no asistió a la lectura de sentencia. ya había tomado decisiones.

En julio de 2023 solicitó el divorcio. Manuel ya no es el hombre con quien me casé. Mis hijos necesitan un futuro sin este estigma. El divorcio se concedió en septiembre. Leticia vendió todo lo que pudo de los bienes compartidos. La taquería fue rentada a una farmacia similares en marzo de 2023.

El letrero de los tacos de Manuido. Solo quedó una silueta decolorada en la fachada donde alguna vez estuvo. Leticia se mudó con Emiliano y Sofía a Puebla, donde su familia extendida podía apoyarla. Los niños cambiaron de escuela. En su escuela anterior, el bullying fue insoportable. “Hijos del taquero asesino!” Les gritaban compañeros.

Sofía llegaba llorando todos los días. Emiliano se metió en tres peleas defendiendo a su hermana. Los maestros intentaron mediar, pero el daño estaba hecho. Leticia tomó la decisión de mudarse. En Puebla, con nombres cambiados y nueva escuela, los niños pudieron respirar, pero las pesadillas continuaron.

Ambos recibían terapia psicológica dos veces por semana. Leticia prohibió que los niños visitaran a Manuel en prisión. No quiero que su última imagen de su padre sea verlo detrás de barrotes. Manuel aceptó la decisión sin protestar. Le escribió cartas que Leticia nunca entregó. En las cartas, Manuel intentabaexplicar. No soy un monstruo.

Soy solo alguien que amaba tanto a su hermana que perdió el rumbo. Cuiden a su mamá. Estudien. sean mejores que yo. Las cartas se acumularon en una caja de zapatos que Leticia guardó en el fondo de su closet. Algún día, cuando los niños fueran adultos, tal vez se las entregaría o tal vez no.

En el cerezo de Acapulco, Manuel fue asignado a la cocina del penal. Ironía cruel o castigo psicológico. Preparaba comida para 100 internos, 6 horas diarias picando verduras, guisando frijoles, haciendo tortillas. El trabajo era automático. Sus manos recordaban los movimientos después de 16 años de experiencia.

Pero ya no cocinaba para su familia. Ya no veía a Claudia los domingos. Ya no escuchaba risas de sus hijos jugando entre las mesas. Solo el ruido metálico de cucharones contra ollas industriales y el olor a comida institucional que nunca sabía bien. Compañeros de Zelda reportaban que Manuel era callado.

Nunca hablaba de sus crímenes, no se jactaba, no mostraba remordimiento, solo existía. Cumplía rutinas, trabajaba, comía, dormía. En su celda individual del bloque C número 47, Manuel tenía un solo objeto personal. La foto de Claudia con delantal sonriendo frente a un tazón de salsa.

La había colocado en la pared con cinta adhesiva. Era lo único que miraba antes de dormir cada noche. En mayo de 2024, la revista B México solicitó entrevista. Manuel rechazó múltiples medios, pero aceptó uno. El periodista preguntó, “¿Lo volvería a hacer?” Manuel no titubió. Sí, cada uno de ellos merecía lo que recibió.

Pregunta siguiente, ¿valió la pena? Manuel miró por la ventana de barrotes. Pregúntale a mis hijos. Pregúntale a Leticia. Silencio. ¿Qué diría Claudia si lo viera ahora? Manuel bajó la mirada. Ella me diría que soy un idiota, que destruí todo por lo que trabajamos y tendría razón. Las consecuencias se extendieron más allá de Manuel.

Nueve miembros del CJNG muertos, cinco más arrestados cuando la fiscalía usó la libreta de Manuel como mapa de la estructura criminal. La célula de extorsión en Icacos quedó desarticulada. El teniente fue capturado en junio de 2023 en un operativo no relacionado directamente, pero debilitado por las pérdidas que Manuel había causado.

Las extorsiones en la zona turística disminuyeron temporalmente, pero nuevos grupos criminales llenaron el vacío en cuestión de meses. La violencia no terminó, solo cambió de rostro. Javier Soto, el prometido de Claudia, asistió a una sesión del juicio de Manuel. Escuchó la confesión, vio las fotos de evidencia, después dio una breve declaración a la prensa.

Entiendo su dolor. Yo también perdí a Claudia, pero ella nunca hubiera querido esto. Claudia era pacifista, odiaba la violencia. Manuel no honró su memoria con venganza, solo agregó más muerte al mundo. Javier se mudó a Monterrey en 2024 intentando dejar atrás el trauma. No se volvió a casar. La ausencia de Claudia lo acompañó el resto de su vida.

Manuel López Ruiz cumple actualmente sentencia en el cerezo de Acapulco. 240 años. Morirá en prisión. Su esposa e hijos no lo han visitado desde su arresto. La taquería que construyó durante 16 años es ahora una farmacia. El negocio con el que soñaba expandirse nunca existió. Los 85,000 pesos que ahorró se usaron en costos legales y manutención de su familia antes del divorcio.

Su nombre pasó de Manuel Taquero Amable a El Taquero Asesino en la memoria colectiva de Acapulco. La venganza tuvo un precio. Manuel eliminó a 12 criminales responsables de extorsión y violencia, pero al hacerlo destruyó su propia vida, la de su familia y el futuro de sus hijos. Claudia obtuvo venganza, pero perdió todo lo que hubiera querido que su hermano conservara.

Su libertad, su familia, su negocio, su identidad. El dilema queda abierto. Hizo lo correcto. Es justicia cuando el sistema falla. o simplemente más violencia disfrazada de rectitud moral. No hay respuestas simples, solo consecuencias que resonarán por generaciones. Si esta historia te dejó pensando sobre los límites de la justicia y el costo de la venganza, suscríbete y activa las notificaciones para no perder nuestros próximos casos.

Antes de irte, comparte en los comentarios. Manuel es un héroe o un asesino? ¿Hasta dónde llegarías tú para proteger a tu familia? Y cuéntanos, ¿desde qué ciudad o estado nos estás viendo. Tu perspectiva importa en este debate sobre justicia, impunidad y consecuencias. Amen.a