ESPOSA M4TA A SU ESPOSO INFIEL EN REYNOSA — EL CELULAR REVELÓ LA TRAICIÓN
Dos imágenes, una selfie. Mariela y Óscar sonriendo frente a su casa, él con la mano en su hombro, ella con los ojos brillantes. La otra, una calle estrecha en Reyosa, viaturas con torretas encendidas, una camilla rodeada de paramédicos, una mujer de espaldas con las manos esposadas, vecinos asomados desde los portones.
Entre esas dos fotografías caben 3 años de matrimonio, semanas de sospechas y una sola noche de furia. Todo comenzó con un nombre guardado en un celular, Gabi. Un contacto que vibraba a desoras, que dejaba notificaciones sin respuesta, que aparecía en pantalla justo cuando Óscar juraba estar trabajando horas extra.
Mariela había intentado convencerse de que estaba exagerando, de que el cansancio le jugaba malas pasadas. Pero esa noche de mayo, cuando las notificaciones no pararon y ella finalmente leyó los mensajes, la verdad salió a flote con la misma violencia con la que explotó el enfrentamiento. Reyosa es el tipo de lugar donde las paredes son delgadas, donde los gritos atraviesan portones de herrería y donde el barrio entero escucha lo que preferirías mantener en silencio.
Y esa noche todos oyeron. Reyosa, Tamaulipas. Ciudad fronteriza donde el calor pega duro y las colonias populares crecen rápido, sin muchos lujos, pero con gente que se conoce de vista, que saluda al pasar, que nota cuando algo cambia en la rutina del vecino. El fraccionamiento Villas del Roble es uno de esos lugares.
Casas de una planta con portones de herrería, banquetas angostas, cables eléctricos cruzando de poste a poste. Durante el día, las mujeres tienden ropa mientras los hombres salen temprano rumbo a las maquiladoras de la zona industrial. Durante la noche, los perros ladran si pasa alguien extraño y las luces de la calle parpadean con regularidad mecánica.
Mariela Castañeda y Óscar Vázquez vivían en la casa del número 47, una construcción sencilla pintada de beige, con una reja verde y una pequeña jardinera donde Mariela intentaba mantener vivas unas suculentas. Él tenía 32 años, operador de máquinas en una maquiladora que producía componentes para la industria automotriz. Ella, 28, se había quedado en casa después del matrimonio cuidando del hogar mientras planeaba retomar sus estudios de enfermería en algún momento.
Se habían casado 3 años atrás en una ceremonia modesta celebrada en un jardín de eventos al sur de la ciudad con mariachis contratados por horas y una pista improvisada donde bailaron hasta el amanecer. La selfie que Mariela subió a sus redes sociales en febrero de ese mismo año mostraba a una pareja aparentemente feliz.
Óscar con una sonrisa amplia, ella recargada en su hombro, ambos frente al portón de su casa en un domingo cualquiera. Los comentarios de amigos y familiares llenaban la publicación con corazones y felicitaciones. Nadie habría imaginado que apenas tres meses después esa misma calle estaría bloqueada por vehículos de emergencia.
Doña Neri Salinas, vecina del 45, llevaba 15 años viviendo en esa cuadra. Había visto crecer familias, había presenciado mudanzas, había escuchado suficientes discusiones a través de las paredes como para saber cuándo una pareja estaba pasando por una mala racha. Y en las últimas semanas, las voces que salían de la casa de Mariela y Óscar habían empezado a subir de tono con más frecuencia, pero nadie esperaba lo que vendría después.
Reyosa es el tipo de ciudad donde las noticias viajan rápido. Un accidente en la carretera, un operativo policial, una ambulancia estacionada frente a una casa. Todo se convierte en tema de conversación antes de que termine el día. Y cuando los vecinos de Villas del Roble vieron las luces rojas y azules iluminando su calle aquella noche de mayo, supieron que algo grave había pasado.
Lo que no sabían todavía era que todo había comenzado con un nombre, un nombre que Óscar nunca mencionó en voz alta, pero que su celular repetía una y otra vez. Gabi. La rutina de Mariela era predecible. Despertaba cuando Óscar salía rumbo a la maquiladora. preparaba café, limpiaba la casa, veía algún programa en la televisión mientras el calor empezaba a apretar afuera.
Por las tardes a veces visitaba a su madre, que vivía a 10 minutos en autobús, o pasaba tiempo con doña Nery tomando agua fresca en la sombra del portón. La vida era sencilla, sin grandes sobresaltos, o al menos lo había sido hasta hacía unos meses. Óscar trabajaba en turnos rotativos, pero desde finales del año anterior había empezado a llegar tarde con más frecuencia.
“Me pidieron quedarme unas horas extra”, decía mientras dejaba las llaves en la mesa y se dirigía directo a la regadera. Mariela no cuestionaba. La maquiladora pagaba bien por tiempo extra y necesitaban el dinero. Pero algo en la forma en que él evitaba su mirada, en cómo revisaba el celular apenas cruzaba la puerta, empezó a sembrar una incomodidad que ella no sabía cómo nombrar.
Las primeras señales fueronsutiles, el celular siempre boca abajo, la contraseña cambiada sin aviso, las duchas inmediatas al llegar, como si quisiera borrar algo antes de sentarse a cenar. Mariela intentó no darle importancia. “Estás paranoica”, se decía a sí misma mientras lavaba los platos, pero la sensación no se iba. Una tarde, mientras limpiaba la sala, el teléfono de Óscar vibró sobre el sofá.
Él estaba en la regadera. Mariela miró la pantalla. Una notificación de WhatsApp. Gabi. El mensaje decía, “¿Ya saliste?” Mariela sintió el estómago apretarse. No abrió la conversación, pero la duda quedó instalada como una astilla. Esa noche, durante la cena, intentó sacar el tema de manera indirecta. ¿Cómo estuvo el trabajo?, preguntó.
Óscar respondió con monosílabos, la vista fija en su plato. Pesado dijo. Nada más. Mariela dejó pasar el silencio, pero por dentro empezaba a Neekuar armar una lista mental de inconsistencias, los turnos extra que nunca se reflejaban en el recibo de nómina, las llamadas que él atendía saliendo al patio, la forma en que últimamente prefería dormir dándole la espalda.
Doña Neri, desde su portón también había notado cambios. Últimamente lo veo llegar más tarde”, le comentó a Mariela una tarde mientras regaba sus plantas. Todo bien. Mariela forzó una sonrisa. Sí, solo está con mucho trabajo. Pero por dentro, la certeza de que algo estaba mal crecía como una grieta silenciosa. Las semanas pasaron y las señales se multiplicaron.
Mensajes que llegaban después de medianoche. Risas apagadas cuando hablaba por teléfono en voz baja. Una vez Mariela encontró un recibo de gasolina de una estación al otro lado de la ciudad, lejos de la ruta que Óscar tomaba para ir al trabajo. Cuando le preguntó, él respondió con irritación. Fui a ver a un compa.
Ahora tengo que reportarte todo. Mariela no insistió, pero esa noche acostada en la oscuridad supo que la versión de Óscar no cerraba y supo también que tarde o temprano la verdad iba a salir. Si estás siguiendo esta historia y quieres saber qué viene después, suscríbete y activa la campanita. Cuéntame en los comentarios desde qué ciudad o estado nos estás viendo.
Abril empezó con temperaturas que ya anunciaban el infierno de mayo. Mariela pasaba las tardes con las ventanas abiertas tratando de que corriera algo de aire, pero el calor se quedaba pegado a las paredes como una segunda piel. Óscar seguía con la misma historia de los turnos extra, pero ahora Mariela revisaba cada detalle con más atención y los detalles no cuadraban.
Una noche, mientras él dormía, Mariela tomó el celular de la mesita de noche. La pantalla estaba bloqueada. intentó la contraseña que siempre había usado. La fecha de su aniversario, acceso denegado. Probó con su fecha de nacimiento. Nada. Sintió el pulso acelerarse. Óscar había cambiado la clave y no le había dicho nada.
Dejó el teléfono en su lugar y se quedó despierta hasta que amaneció con la mirada clavada en el techo y una sola pregunta rebotando en su cabeza. ¿Qué estás escondiendo? Los días siguientes, Mariela empezó a anotar patrones. Óscar recibía llamadas que atendía saliendo al patio con la puerta cerrada. A veces hablaba en voz baja, casi en susurros, y cuando regresaba a la sala su expresión era distinta, más relajada, casi sonriente.
Mariela fingía estar concentrada en la televisión, pero su atención estaba en cada palabra que lograba captar a través de la ventana. Nunca escuchó nombres completos, solo fragmentos. Ahorita no puedo. Mañana te veo. Ya sé, tranquila. Una tarde, Mariela decidió revisar los recibos de nómina que Óscar guardaba en un cajón de la cómoda.
Si realmente estaba trabajando horas extra, el pago debería reflejarlo. Abrió el sobre más reciente y revisó las cifras. Las horas reportadas eran las normales. Ningún tiempo adicional. Ningún bono. Mariela cerró el sobre con manos temblorosas. La mentira ya no era una sospecha, era un hecho.
Intentó confrontarlo esa misma noche, pero con cuidado, sin acusaciones directas. Oye, ¿no te pagaron el extra de este mes? Óscar levantó la vista de su plato sorprendido. Ah, no, se pasó para el siguiente. La respuesta llegó demasiado rápido, demasiado ensayada. Mariela asintió y cambió de tema, pero por dentro algo se había roto definitivamente.
Doña Neri también empezaba a preocuparse. Las discusiones que escuchaba a través de la pared ya no eran murmullos contenidos. Una noche oyó portazos, otra el sonido de algo cayendo al piso. No quiso meterse, pero cuando se cruzaba con Mariela en la calle la notaba más delgada, con ojeras marcadas. ¿Estás comiendo bien, mija hija? le preguntó una vez.
Mariela solo sonrió de forma cansada. Sí, doña Neri, solo es el calor. Pero no era el calor, era el peso de saber que algo estaba mal y no tener todavía la prueba definitiva. Esa prueba llegaría pronto y cuando llegara, Mariela no podría fingir másque todo estaba bien. El nombre apareció por primera vez en una notificación que Mariela alcanzó a ver de reojo.
Óscar había dejado el celular sobre la mesa de la sala mientras iba al baño. La pantalla se iluminó con un mensaje de WhatsApp. El contacto decía simplemente, “Gaby, el texto era corto, ¿sigues ahí?” Mariela no tuvo tiempo de leer más porque escuchó la puerta del baño abriéndose. Desvió la mirada justo cuando Óscar regresó y tomó el teléfono con un movimiento rápido, casi reflejo.
Gabi. El nombre se quedó grabado en la mente de Mariela como una marca de fuego. ¿Quién era? un compañero de trabajo, una amiga de la infancia. ¿Por qué los mensajes llegaban a horas extrañas? Esa noche, acostada junto a Óscar, Mariela escuchó el celular vibrar dos veces más. Él lo ignoró, o al menos fingió ignorarlo, pero ella sabía que en cuanto se quedara dormida, él lo revisaría. Y así fue.
Pasada la medianoche, Mariela sintió el colchón moverse. Abrió los ojos apenas. lo suficiente para ver a Óscar sentado al borde de la cama, la luz azulada del teléfono iluminando su rostro. Escribía algo, borraba, volvía a escribir. Mariela cerró los ojos y contuvo la respiración. Escuchó el sonido de un audio siendo enviado.
La voz de Óscar era apenas un murmullo, pero alcanzó a captar el tono. Suave, íntimo, completamente distinto al que usaba con ella. A la mañana siguiente, Mariela no dijo nada. Preparó el desayuno como siempre, despidió a Óscar en la puerta, lavó los trastes, pero en cuanto escuchó el motor de su camioneta alejarse, tomó su propio celular y escribió el nombre en el buscador de Facebook.
Gabi, demasiados resultados. Intentó en Instagram. Lo mismo, sin apellido, sin foto de perfil clara en el WhatsApp de Óscar. No había forma de saber quién era, pero eso ya no importaba. Lo que importaba era que existía y que Óscar le estaba dedicando atención, tiempo, palabras que ya no le daba a ella. Las notificaciones siguieron llegando durante los días siguientes.
Mariela empezó a contar cuántas veces vibraba el teléfono de Óscar en una sola tarde. Cinco, siete, a veces 10. Todas de Gabi. Y todas recibían respuesta cuando Óscar salía al patio, cuando se encerraba en el baño, cuando fingía buscar algo en la camioneta estacionada afuera. Una noche, Mariela no pudo más. Mientras cenaban, lanzó la pregunta directo sin rodeos.
¿Quién es Gabi? Óscar levantó la vista desprevenido. Hubo un segundo de silencio antes de que respondiera. Un compa del trabajo. ¿Por qué? Mariela sostuvo su mirada. Porque te escribe todo el tiempo. Óscar forzó una risa. Es que estamos organizando una carnita asada. No es nada. Mariela no respondió.
Terminó de cenar en silencio, recogió los platos, se fue a dormir sin decir buenas noches, pero por dentro la rabia empezaba a desplazar al miedo porque sabía, con una certeza que le quemaba el pecho, que Óscar le estaba mintiendo y que Gabi no era un compa. Gabi era la razón por la que su matrimonio se estaba desmoronando. Mayo entró con un calor insoportable y con las discusiones subiendo de volumen.
Lo que antes eran silencios incómodos, ahora eran reproches abiertos. Mariela ya no fingía que todo estaba bien. Óscar ya no se esforzaba por dar explicaciones convincentes. La casa se había convertido en un campo minado donde cualquier palabra podía detonar una explosión. Una tarde, Mariela encontró un recibo arrugado en el bolsillo del pantalón de Óscar mientras separaba la ropa para lavar.
Era de un restaurante en la zona centro, un lugar al que nunca habían ido juntos. La fecha era de dos semanas atrás, un viernes en el que Óscar había dicho que se quedaría trabajando hasta tarde. El ticket mostraba dos órdenes de tacos, dos refrescos, un postre. Mariela sintió que el aire le faltaba, dobló el recibo y lo guardó en su bolsa.
No dijo nada esa noche, pero lo sumó a la lista de mentiras que crecía sin parar. Las notificaciones de Gabi seguían llegando a veces durante la cena, a veces cuando estaban viendo la televisión, Óscar ya ni siquiera intentaba disimular. Tomaba el celular, leía, respondía, lo dejaba boca abajo. Mariela observaba cada movimiento con una mezcla de dolor y furia contenida.
Una noche, cuando él salió al patio para atender una llamada, Mariela se acercó a la ventana y escuchó. La voz de Óscar era suave, casi cariñosa. No, ahorita no puedo. Mañana sí, te prometo. Cuando regresó a la sala, Mariela lo esperaba con los brazos cruzados. ¿Quién era? Óscar ni siquiera levantó la vista. El mismo compa de siempre.
La mentira ya era tan obvia que dolía más el desprecio que la traición misma. Doña Neri había dejado de preguntar, ahora solo observaba desde su portón con una mezcla de preocupación y resignación. Las voces que salían de la casa del 47 ya no eran un murmullo, eran gritos, puertas que se azotaban, silencios largos que se sentían peor que el ruido.
Una noche escuchó a Mariela llorar, otra escuchó a Óscar salir de la casa dando un portazo y arrancar la camioneta con violencia. El fraccionamiento entero estaba al tanto. En Villas del Roble, las paredes no guardan secretos. Las vecinas comentaban en voz baja mientras tendían ropa. Pobrecita, se ve que está pasando algo feo.
Yo digo que él tiene a alguien más. Siempre llega tarde y luego se va otra vez. Los chismes circulaban, pero nadie se atrevía a decir nada directo, porque en estos barrios meterse en problemas ajenos puede traer consecuencias. Mariela ya no salía mucho. Se quedaba en casa, encerrada con sus pensamientos y con la certeza de que necesitaba una prueba definitiva, algo que no pudiera ser negado, explicado o justificado, algo que le diera el derecho de confrontar a Óscar sin que él pudiera voltear la situación y hacerla sentir culpable por desconfiar.
Esa prueba estaba más cerca de lo que imaginaba y cuando la encontrara ya no habría vuelta atrás. La noche del viernes 17 de mayo comenzó como cualquier otra. Calor pegajoso, cielo despejado, el sonido de los televisores encendidos en las casas vecinas. Óscar había llegado pasadas las 8 con la misma excusa de siempre.
Mariela no dijo nada. Cenaron en silencio. Ella lavó los platos mientras él se duchaba. Cuando salió del baño, Óscar se tiró en el sofá con el celular en la mano, la vista fija en la pantalla, ajeno a todo lo demás. Mariela se sentó en el otro extremo de la sala fingiendo ver la televisión, pero su atención estaba en el teléfono de Óscar, que no dejaba de vibrar.
Una notificación, otra, otra más, todas seguidas, como si alguien del otro lado estuviera desesperado por obtener respuesta. Óscar tecleaba rápido con una sonrisa que Mariela no le había visto en meses. Esa sonrisa no era para ella, no lo había sido en mucho tiempo. Pasadas las 10, Óscar se levantó para ir al baño. Dejó el celular sobre la mesa de centro.
Mariela vio la pantalla iluminarse con una nueva notificación. Gabi, el corazón le latió con tanta fuerza que sintió el pulso en las cienes. Esta vez no lo pensó. tomó el teléfono. La contraseña seguía siendo un misterio, pero la notificación mostraba un fragmento del mensaje en la pantalla de bloqueo. Ya extraño verte.
¿Cuándo nos vemos otra vez? Mariela sintió que el piso se movía bajo sus pies. Deslizó el dedo hacia arriba y para su sorpresa, la configuración de Óscar permitía ver más sin desbloquear. Un audio lo reprodujo con el volumen bajo. Una voz de mujer joven coqueta. Ay, no seas malo. Ya dime cuándo vienes. Mariela escuchó la puerta del baño abrirse.
Dejó el celular en su lugar justo a tiempo. Óscar regresó, tomó el teléfono sin mirarla y volvió a escribir. Mariela no podía respirar. La confirmación que había estado buscando durante semanas acababa de llegar y dolía más de lo que había imaginado. No dijo nada en ese momento. Se levantó, fue a la habitación, cerró la puerta, se sentó al borde de la cama con las manos temblando.
Sentía rabia, humillación, traición, pero también una claridad fría que no había sentido antes. Ya no había espacio para dudas, ya no había forma de negarlo. Óscar entró a la habitación media hora después, se acostó dándole la espalda como siempre. Mariela esperó hasta que su respiración se hizo lenta, regular. Entonces se levantó, salió de la habitación, tomó el celular que Óscar había dejado cargando en la cocina.
Esta vez probó combinaciones al azar. A la cuarta, la pantalla se desbloqueó. El corazón le dio un vuelco, abrió WhatsApp, buscó el contacto, Gabi. La conversación estaba ahí completa. Mensajes que se remontaban a meses atrás, fotos, audios, promesas, planes. Mariela leyó todo con una mezcla de horror y fascinación.
Las palabras que Óscar le escribía a esa mujer eran las mismas que alguna vez le había dicho a ella. Te extraño. Eres lo mejor que me ha pasado. Pronto nos vemos. Mariela dejó el celular donde lo había encontrado. Regresó a la habitación. Se acostó en silencio, pero por dentro algo se había quebrado definitivamente.
Y cuando Óscar despertara, tendría que enfrentar lo que había hecho, porque Mariela ya no iba a quedarse callada. Lo que pasó dentro de la casa entre la medianoche y las 2 de la madrugada nunca quedó del todo claro en los reportes iniciales, pero lo que sucedió afuera en la calle quedó grabado en la memoria de todos los vecinos de Villas del Roble.
Doña Neri estaba a punto de quedarse dormida cuando escuchó los primeros gritos. No eran inusuales. Ya había oído discusiones antes, pero esta vez el volumen era distinto, más agudo, más desesperado. Alcanzó a captar palabras sueltas atravesando la pared. ¿Quién es Gabi? La voz de Mariela, rota pero firme. No me engañas, es tu amante.
Luego vino la respuesta de Óscar, menos clara, pero igual de alterada. Doña Neri se incorporó en la cama alerta.Su esposo le dijo que no se metiera, que dejara a los vecinos resolver sus problemas, pero ella no podía ignorar lo que estaba escuchando. Hubo un golpe seco, como si algo pesado cayera al piso. Luego, silencio.
Ese silencio fue peor que los gritos. Doña Neri se levantó y salió al patio trasero. Desde ahí podía ver parte de la ventana de la casa de al lado. Las luces estaban encendidas, sombras moviéndose rápido, otro golpe, un grito ahogado y después nada, solo el sonido de los grillos y los perros ladrando a lo lejos.
Unos minutos más tarde, la puerta de la casa del 47 se abrió de golpe. Doña Neri vio a Mariela salir corriendo hacia la calle, gritando algo que no alcanzó a entender. Otras vecinas también habían salido de sus casas atraídas por el ruido. Alguien preguntó qué pasaba. Mariela no respondió, solo gritaba con las manos en la cabeza caminando en círculos frente a su portón.
Fue el vecino de enfrente, don Rubén, quien llamó a emergencias. Hay una emergencia en Villas del Roble, calle Jacarandas, número 47. Parece que alguien está herido. La operadora pidió detalles. Don Rubén no tenía muchos. Solo sabía que algo malo había pasado y que Mariela estaba en estado de shock. Las primeras en llegar fueron las patrullas de la policía municipal.
Dos unidades con torretas encendidas iluminaron la calle estrecha. Los oficiales bajaron con linternas y chalecos antibalas acercándose con cautela. Mariela seguía afuera, ahora sentada en la banqueta con la mirada perdida. Uno de los policías intentó hablar con ella. ¿Qué pasó, señora? Mariela balbuceció algo incoherente.
Se cayó. Fue un accidente. Se cayó. Pero cuando los paramédicos llegaron y entraron a la casa, encontraron a Óscar tendido en el piso de la sala. Había rastros visibles de una pelea, muebles fuera de lugar, objetos tirados y Óscar, inconsciente con heridas que no coincidían con una simple caída. Los paramédicos trabajaron rápido, revisaron signos vitales, estabilizaron, pidieron refuerzos.
La ambulancia llegó minutos después. Sacaron una camilla y con cuidado trasladaron a Óscar hacia la calle. Doña Neri observaba desde su portón con las manos apretadas contra el pecho. Otros vecinos salieron en pijama formando un semicírculo de curiosidad y horror. Mariela fue escoltada por dos policías. No estaba formalmente arrestada todavía, pero le colocaron esposas por protocolo mientras intentaban entender qué había pasado.
Ella no resistió. Solo repetía una y otra vez. Fue un accidente, pero los oficiales ya habían visto la escena y sabían que aquello no había sido un accidente. La calle Jacarandas se convirtió en un escenario iluminado por luces rojas y azules. La ambulancia estaba estacionada en diagonal, bloqueando el paso.
Los paramédicos trabajaban sobre Óscar con movimientos precisos, conectando suero, revisando constantes, preparándolo para el traslado. Desde la camilla su rostro lucía pálido, los ojos cerrados, la respiración asistida por una mascarilla de oxígeno. Mariela permanecía de pie junto a una patrulla con las manos esposadas a la espalda.
Una oficial de la policía estatal la custodiaba mientras otro agente tomaba fotografías de la escena. Mariela no lloraba, no gritaba, solo miraba al frente con expresión ausente, como si su mente estuviera en otro lugar. Cuando la oficial le preguntó su nombre, respondió en voz baja. Cuando le preguntaron qué había pasado, su versión empezó a cambiar. Estábamos discutiendo.
Él quiso quitarme el celular. Forcejeamos. Se resbaló. El agente que tomaba notas levantó la vista. Se resbaló. Mariela asintió. Sí. Se golpeó con la mesa. El oficial intercambió una mirada con su compañera. Habían revisado el interior de la casa, la disposición de los muebles, las marcas en el piso, los objetos caídos.
Nada sugería un simple resbalón. Mientras tanto, los vecinos seguían reuniéndose en la calle. Doña Neri estaba en primera fila con los brazos cruzados observando todo. Otra vecina más joven grababa con su celular desde la distancia. Un grupo de hombres comentaba en voz baja cerca del portón de don Rubén. Yo sabía que esto iba a terminar mal.
Llevaban semanas peleando. Pobre mujer. Seguro él la traía loca. Los paramédicos cerraron las puertas traseras de la ambulancia. El vehículo arrancó con las sirenas encendidas, abriéndose paso por la calle Angosta. Óscar iba rumbo al hospital general de Reyosa. Su estado era crítico. Los minutos siguientes serían determinantes.
En la casa, los peritos de la policía estatal comenzaron a trabajar. Tomaron fotografías de cada rincón de la sala. Marcaron con cinta amarilla las áreas de interés. Recogieron objetos que podrían servir como evidencia. Un jarrón roto, una lámpara volcada, el celular de Óscar que había quedado tirado debajo del sofá.
Uno de los peritos lo levantó con guantes, lo metió en una bolsa de evidencia y lo etiquetó. Afuera, unagente del Ministerio Público llegó en una camioneta blanca. Bajó con un portafolios, saludó a los oficiales presentes y se dirigió hacia Mariela. Señora Castañeda, necesito que venga conmigo para rendir su declaración.
Mariela asintió sin decir nada. La subieron a la parte trasera de una patrulla. Antes de cerrar la puerta, doña Neri se acercó. Mariela, mi hija, ¿necesitas que llame a alguien? Eh, Mariela la miró con ojos vacíos. A mi mamá, dígale que estoy bien. Pero no estaba bien y todos lo sabían. La patrulla arrancó con Mariela adentro.
Las luces de emergencia seguían iluminando la calle. Los vecinos empezaron a dispersarse lentamente, murmurando entre ellos, procesando lo que acababan de presenciar. Doña Neri regresó a su casa, cerró la puerta con llave y se sentó en la sala con las manos temblorosas. Afuera, la cinta amarilla acordonaba la casa del 47.
Y en el hospital general, los médicos luchaban por mantener con vida a Óscar Vázquez. En la agencia del Ministerio Público, Mariela fue conducida a una sala de entrevistas, paredes blancas, una mesa metálica, dos sillas, un agente y una asistente del MP se sentaron frente a ella. Le ofrecieron agua. Mariela negó con la cabeza.
tenía la mirada fija en sus propias manos, que ya no estaban esposadas, pero que temblaban ligeramente. Señora Castañeda, necesitamos que nos cuente exactamente qué pasó esta noche. Mariela respiró hondo, empezó a hablar con voz quebrada. Estábamos viendo la televisión. De repente empezamos a discutir. Él se enojó. Quiso quitarme mi celular.
Forcejeamos. Perdió el equilibrio y se cayó. se golpeó con la orilla de la mesa. El agente tomaba notas sin levantar la vista. ¿Por qué discutían? Mariela dudó. Por cosas de la casa, nada importante. La asistente del MP intervino. Segura porque varios vecinos reportaron que escucharon gritos muy fuertes.
Algunos mencionaron que usted gritaba un nombre, Gabi. Mariela se pensó. No, no sé de qué hablan. El agente dejó la pluma sobre la mesa y la miró directo. Señora, encontramos el celular de su esposo en la escena. Vamos a revisarlo. Si hay algo que quiera decirnos ahora, es el momento. Mariela bajó la mirada, permaneció en silencio durante varios segundos, luego cambió su versión. Está bien.
Sí, estábamos discutiendo por el celular porque yo sospechaba que me estaba siendo infiel. Encontré mensajes. Quise confrontarlo. Él se puso violento. Intentó arrebatarme el teléfono. En el forcejeo, él él se cayó. El agente intercambió una mirada con la asistente. La historia ahora tenía más sentido, pero seguía sin cuadrar con lo que habían visto en la casa. Su esposo la agredió físicamente.
María la negó. No, solo quiso quitarme el celular. ¿Y usted lo empujó? Silencio. Fue sin querer. Solo intentaba defenderme. Mientras Mariela rendía declaración, los peritos seguían trabajando en la casa. Uno de ellos revisaba el celular de Óscar. La pantalla estaba agrietada, pero el dispositivo encendió sin problemas.
No tenía contraseña activa en ese momento. Abrió WhatsApp. La última conversación era con un contacto guardado como Gabi. Mensajes recientes, audios, fotos. El perito tomó capturas de pantalla y las envió a la gente a cargo. En el hospital, Óscar seguía en estado crítico. Los médicos habían logrado estabilizarlo temporalmente, pero las lesiones eran graves.
Traumatismo craneal, hemorragia interna. Los doctores informaron a la familia que acababa de llegar que las próximas horas serían decisivas. De vuelta en el Ministerio Público, el agente recibió las capturas del celular. Las revisó en silencio, luego las colocó sobre la mesa frente a Mariela. ¿Reconoce estas conversaciones? Mariela miró las imágenes.
Sintió una punzada en el pecho. Ahí estaba todo. La prueba de la traición, pero también la prueba de que ella había tenido un motivo. Sí, dijo finalmente. Por eso estábamos discutiendo. El agente asintió. Entiendo, pero eso no explica las lesiones que presenta su esposo. Los peritos encontraron inconsistencias. Las marcas no coinciden con una simple caída.
Mariela levantó la vista asustada. Yo no quise hacerle daño. Fue un accidente. El agente cerró su libreta. Vamos a necesitar que se quede aquí mientras terminamos la investigación. Por el momento queda bajo custodia del Ministerio Público. Mariela no protestó. solo cerró los ojos y dejó que las lágrimas que había contenido toda la noche finalmente salieran.
El celular de Óscar se convirtió en la pieza central de la investigación. Los peritos forenses descargaron todo el contenido, mensajes, audios, fotos, registros de llamadas, datos de ubicación. Lo que encontraron no solo confirmaba la infidelidad, sino que desarmaba por completo la versión de los hechos que Mariela había intentado sostener.
Las conversaciones con Gabi se remontaban a se meses atrás. Los primeros mensajes eran casuales,intercambios breves, pero con el paso de las semanas el tono cambió. Se volvieron más frecuentes, más íntimos. Había fotos que Óscar nunca había compartido con Mariela, audios donde hablaba con una ternura que ella ya no reconocía, planes para verse en moteles de la zona centro, promesas de arreglar las cosas en casa para poder estar juntos sin esconderse.
Pero lo más revelador no eran los mensajes, sino los metadatos. Los registros de ubicación mostraban que Óscar había estado en lugares completamente distintos a los que le decía a Mariela. Los viernes que supuestamente trabajaba hasta tarde, su celular registraba conexión en un motel sobre la carretera a San Fernando.
Las tardes de junta con el supervisor lo ubicaban en un restaurante del otro lado de la ciudad. La cronología era implacable. El agente del Ministerio Público presentó estos hallazgos en una reunión con el equipo de investigación. Tenemos motivo claro, infidelidad confirmada. Tenemos oportunidad. estaban solos en la casa y tenemos medios.
Las lesiones de la víctima no coinciden con una caída accidental. Uno de los peritos agregó, “Las marcas sugieren impacto múltiple. No fue un solo golpe, hubo forcejeo prolongado. Mientras tanto, en el hospital general, el estado de Óscar empeoraba. A pesar de los esfuerzos del equipo médico, las hemorragias internas no pudieron controlarse.
En la madrugada del sábado 18 de mayo, Óscar Vázquez fue declarado muerto. La causa traumatismo cráneofálico severo con complicaciones hemorrágicas. La noticia llegó al Ministerio Público a las 6 de la mañana. El caso, que hasta ese momento se investigaba como lesiones graves, cambió de clasificación. Homicidio.
Mariela, que había pasado la noche en una celda de retención, fue informada del fallecimiento de su esposo. No dijo nada, solo se quedó sentada en el camro con la vista clavada en la pared. El agente regresó a interrogarla esa misma tarde. Esta vez el tono era distinto. Señora Castañeda, su esposo falleció esta madrugada, ahora estamos hablando de homicidio.
¿Quiere cambiar su declaración? Mariela levantó la vista con los ojos hinchados. Yo no quería matarlo, solo quería que me dijera la verdad. El agente dejó pasar unos segundos antes de continuar. Los peritos revisaron su celular. Sabemos que usted leyó los mensajes con Gabi horas antes del incidente. Sabemos que lo confrontó.
¿Qué pasó después? Mariela respiró temblorosa. Le pregunté quién era. Él dijo que no era nadie. Le mostré los mensajes. Se puso furioso. Intentó quitarme el teléfono. Yo no quise soltarlo. Empezamos a forcejear. Él me empujó. Yo yo tomé lo primero que encontré y no terminó la frase, pero no hacía falta.
El agente ya tenía suficiente. La fiscalía procedió a formalizar la acusación. Mariela Castañeda quedó detenida bajo los cargos de homicidio doloso. El celular de Óscar, con todas las conversaciones con Gabi, sería presentado como evidencia del móvil. Las declaraciones de los vecinos, especialmente la de doña Neri, sustentarían la cronología de los hechos.
El caso estaba cerrado, pero las consecuencias apenas comenzaban. La Fiscalía General del Estado de Tamaulipas presentó formalmente la carpeta de investigación contra Mariela Castañeda, los cargos homicidio doloso agravado por ventaja y por haberse cometido en el domicilio de la víctima. La pena sugerida por el Ministerio Público oscilaba entre 25 y 40 años de prisión.
La audiencia inicial se llevó a cabo en el juzgado de control de Reyosa, dos semanas después del incidente. Mariela llegó escoltada por agentes estatales, vestida con la misma ropa que llevaba la noche del crimen. Su abogado defensor, un litigante de oficio asignado por el Estado, argumentó que se trataba de un crimen pasional cometido en estado de emoción violenta.
Mi clienta descubrió una infidelidad que la había devastado emocionalmente durante meses. La confrontación escaló de forma imprevista. No hubo premeditación. El representante del Ministerio Público rebatió con firmeza. La acusada tuvo tiempo suficiente para alejarse, para llamar a las autoridades, para buscar ayuda.
En lugar de eso, tomó un objeto contundente y agredió a la víctima con violencia letal. No estamos hablando de un arranque momentáneo, estamos hablando de un ataque sostenido que resultó en la muerte de Óscar Vázquez. El juez escuchó ambas partes. Revisó las pruebas presentadas, fotografías de la escena, reportes periciales, capturas del celular de Óscar, declaraciones de testigos.
Doña Neri fue citada como testigo desde el estrado. Relató lo que había escuchado esa noche. Primero fueron gritos, luego un golpe fuerte, después silencio. Yo sabía que algo malo había pasado. El juez dictaminó prisión preventiva oficiosa. Mariela permanecería recluida en el Centro de Reinserción Social Femenil de Reyosa mientras el proceso continuaba.
No hubo derecho a fianza. La defensaapeló, pero la solicitud fue rechazada. Los meses siguientes transcurrieron entre audiencias de preparación, peritajes complementarios y negociaciones fallidas. La defensa intentó un acuerdo abreviado argumentando homicidio en Riña, pero la fiscalía lo rechazó.
Las pruebas eran contundentes, no había espacio para atenuantes significativos. Finalmente, en septiembre de 2024 se celebró la audiencia de juicio oral. Mariela declaró por primera vez de manera extensa. Habló de los meses de sospechas, de las mentiras, de la humillación de encontrar los mensajes con Gabi.
Yo solo quería que me dijera la verdad. Cuando vi esas conversaciones, algo dentro de mí se rompió. No sé qué pasó después. Todo fue muy rápido. El Ministerio Público presentó como testigo a un perito en psicología forense que evaluó a Mariela. La acusada presenta rasgos compatibles con trastorno adaptativo, con ansiedad y rabia contenida.
Sin embargo, en el momento de los hechos mantenía capacidad de juicio y control de impulsos. No hay evidencia de un estado disociativo que anule su responsabilidad. La familia de Óscar estuvo presente en todas las audiencias. Su madre, devastada exigió justicia. Mi hijo cometió errores, pero no merecía morir así.
Mariela tuvo muchas opciones: divorciarse, alejarse, pedir ayuda. Eligió la violencia. El tribunal deliberó durante 3 días. El veredicto fue unánime, culpable de homicidio doloso. La sentencia, 32 años de prisión en régimen ordinario. Mariela escuchó el fallo sin mostrar emoción. Su abogado anunció que apelarían, pero todos sabían que las posibilidades eran mínimas.
Mariela fue trasladada de vuelta al penal. Desde entonces permanece recluida cumpliendo su condena. Su madre la visita cada 15 días. Nunca volvieron a hablar de Óscar, nunca volvieron a mencionar el nombre de Gabi. Han pasado meses desde aquella noche de mayo. La casa del número 47 en Villas del Roble permanece cerrada.
Los familiares de Óscar retiraron sus pertenencias semanas después del funeral. Mariela firmó documentos desde prisión autorizando la venta del inmueble, pero hasta ahora nadie ha querido comprarlo. En el fraccionamiento todos saben lo que pasó ahí y esas historias no se olvidan fácil. Doña Neri sigue viviendo en la casa de al lado.
A veces, cuando pasa frente al portón cerrado, recuerda la selfie que Mariela compartió en redes meses antes del crimen. Esa imagen de una pareja sonriente que parecía tenerlo todo bajo control. Uno nunca sabe lo que pasa detrás de las puertas, dice cuando alguien le pregunta. Todos creíamos que eran una pareja normal hasta que dejaron de serlo.
La familia de Óscar organizó una misa en su memoria dos meses después de su muerte. Asistieron amigos, compañeros de trabajo, vecinos. Mariela no estuvo presente. Desde el penal envió una carta manuscrita pidiendo perdón a la madre de Óscar. La carta nunca fue respondida. Algunos dolores no encuentran palabras que los reparen.
En el Centro de Reinserción Social Femenil, Mariela lleva una rutina monótona. Trabaja en el taller de costura, asiste a sesiones de terapia psicológica obligatorias. Recibe las visitas de su madre cada 15 días. No habla mucho con las demás internas. Cuando le preguntan por qué está ahí, responde con evasivas. Problemas familiares, dice nada más.
El celular de Óscar, que fue clave en el proceso judicial, quedó resguardado como evidencia en los archivos de la fiscalía. Gabi nunca fue contactada por las autoridades. No era necesario. Su presencia en los mensajes fue suficiente para establecer el móvil del crimen. Nunca se supo si ella sabía que Óscar estaba casado.
Nunca se supo si siguió con su vida sin enterarse de lo que sus mensajes desencadenaron. La madre de Mariela sigue visitándola. Lleva comida casera, ropa limpia, noticias del barrio. Nunca le pregunta por esa noche. Mariela tampoco ofrece explicaciones. Entre ellas se ha instalado un silencio pesado que ninguna de las dos se atreve a romper, porque hay cosas que una vez dichas no tienen vuelta atrás.
Doña Neri cerró su relato con una frase que resume lo que muchos en Villas del Roble piensan. Uno cree que conoce a la gente, que sabe cómo van a reaccionar, pero cuando la traición entra por la puerta, el control se va por la ventana y lo que queda es esto. Una familia destruida, una mujer en prisión, un hombre en el cementerio, todo por un nombre en un celular.
La selfie de Mariela y Óscar sigue circulando en redes sociales locales, compartida cada vez que alguien cuenta la historia. Es un recordatorio visual de que las apariencias no dicen nada, que detrás de una sonrisa puede haber sospechas, mentiras, dolor acumulado y que cuando todo explota las consecuencias son irreversibles.
La traición fue la chispa, pero quién decidió el resto fue el impulso, la rabia, la incapacidad de detenerse a tiempo. El celular solo contó la verdad que nadie quiso enfrentar antes de quefuera demasiado tarde. Si este recorrido te resonó, suscríbete y activa las notificaciones para no perder el siguiente capítulo.
Antes de irte, deja en los comentarios desde qué ciudad o estado nos ves. Me encantará saberlo.















